Matria es una afirmación, una decisión y una corrección que le debemos a una lengua que eligió al padre y borró a la madre. La palabra patria viene de pater, de patriarcal. La usamos sin pensarlo, por costumbre, por inercia, como si las palabras no tuvieran peso ni significado ni valor.
Cada una que elegimos para comunicarnos y relacionarnos con el mundo carga una historia, una intención, una jerarquía, un propósito y un concepto. Y la cocina, que lleva siglos describiendo este país antes que cualquier discurso, lo sabe mejor que nadie.
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Fue leyendo a Julián Estrada, el gran antropólogo culinario colombiano, donde encontré esta palabra por primera vez y me fasciné con ella. La emplearon intelectuales, escritoras y poetas a lo largo de los siglos –y también el intérprete y compositor Caetano Veloso en la canción Língua: “no tengo patria, tengo matria”–, circuló en el castellano del XVII y se le atribuye a Plutarco de Queronea, el historiador griego, quien habría hablado de la matria como la nación emocional, la tierra que se siente.
La gastronomía colombiana es, en su origen, pura matria. Fue construida por mujeres: las indígenas que domesticaron el maíz y supieron leer el fuego, las africanas que trajeron saberes en el cuerpo cuando no les permitieron traer nada más, las mestizas que convirtieron la escasez en sazón y la sazón en un lenguaje propio. Y siguió creciendo con cada migración, con cada encuentro de mundos, con las monjas que encerraron en los conventos siglos de saber dulcero, con las mujeres de otras tierras que llegaron con sus propias tradiciones culinarias y las mezclaron con las de aquí. Antes del himno y la bandera, las arepas y el tamal ya eran identidad.
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Ese origen sigue vivo en las plazas de mercado, en las cocineras campesinas que alimentan regiones enteras, en las mujeres que deciden qué semilla se guarda, qué preparación no se pierde. Son ellas quienes gobiernan desde el fogón, con conocimiento acumulado de generación en generación, fuera de academias, sin certificados, con una autoridad que no necesita ser validada porque lleva siglos siendo real.
Y luego están las de hoy: las chefs que dirigen cocinas profesionales, las empresarias y emprendedoras que construyen proyectos gastronómicos desde sus casas, desde ideas pequeñas que crecen con criterio propio. Mujeres que eligen la gastronomía como sueño de vida y de trabajo. Desde ahí también se ejerce autoridad. Desde ahí también se construye la matria.
La mesa donde se alimenta una familia, el fogón donde se guardan los saberes, el mercado donde se decide qué se come y qué se recuerda, todo eso ha sido territorio femenino desde antes de que existiera la palabra para describirlo. No hay institución más antigua en este país. Ni más nuestra.
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Decir matria, desde la gastronomía, no es un gesto poético. Es una decisión política. La más antigua que guarda este territorio. Una palabra que la Real Academia aún no reconoce. Y que ya es hora de incorporar a nuestro lenguaje cotidiano. Buen provecho.