¿Cuándo dejaron de ser importantes las palabras en la gastronomía? Tienen el poder de construir mundos y sabores que no existen hasta que alguien los nombra. Con ellas se levantan catedrales y universos, se sueña con personajes, se convoca la dicha, la tristeza, la nostalgia, el placer.
Basta con un verbo bien elegido para sentir el frío de un páramo, el amor eterno, el olor de un amanecer o el sabor de un plato sin probarlo. Esa es la magia del lenguaje, hablado o escrito: va más allá de representar una realidad; es capaz de darle forma y de hacerla tangible.
Esta columna también se puede escuchar en formato pódcast:
“Pan, qué fácil y qué profundo eres”. Oda al pan, Neruda.
LEA TAMBIÉN
Desde que existimos contamos historias alrededor del fuego, mucho antes de que surgiera la escritura. La palabra hablada nos hizo comunidad; la escrita, memoria. Ambas transportan a lugares donde ni el cuerpo ni la mente han estado: un mercado, un cultivo, un mar, un bosque, una ciudad o la cocina de una abuela.
No deja de ser perturbador que un sector que estimula los sentidos renuncie al poder del lenguaje. Cada vez encuentro más cartas de restaurantes que me dejan con hambre de palabras. En nombre del minimalismo las han reducido a información. “Trucha y menta”. “Langosta y tucupí”. Una enumeración de productos y precios que no sazona.
“No hay adjetivo sonoro, que apologice fielmente, una empanada caliente con su encajito de oro”, Daniel Lemaitre.
LEA TAMBIÉN
Entiendo la intención. Se busca que el comensal descubra el plato sin anticipaciones, que la sorpresa llegue intacta a la boca. Pero en el camino se corre el riesgo de perder la antesala que prepara el apetito, alimenta la imaginación y construye el antojo.
“El amor es como una piña: dulce e indefinible”, Piet Hein.
Hoy a la mesa le falta poesía. No se trata de convertir un menú en una obra literaria ni de llenar las cartas de textos interminables. Tampoco de explicar un plato mediante una lista infinita de ingredientes, técnicas, proveedores, regiones o procesos. Se trata de encontrar las palabras precisas: las que insinúan un sabor/olor y logran que el comensal imagine lo que va a comer.
“Morder el verano, morder el sol”. Pedro Mairal sobre un durazno.
LEA TAMBIÉN
Con las redes sociales se reemplazaron las palabras por imágenes. Hoy vemos miles de fotografías de platos en las plataformas, curiosamente acompañadas de frases como “y ahora un poema”, que terminan pareciéndose entre sí hasta volverse invisibles.
No, una imagen no siempre vale más que mil palabras. Damos por hecho que basta con mostrar un plato para que el comensal lo desee. Creo en la alquimia de la creación con las palabras: inspiran, hacen salivar, imaginar y emocionar; basta con una gran frase para que la mente recree un sabor/olor, lo recuerde, lo anhele.
Le preguntaron a Borges para qué servía la poesía. Respondió con otra pregunta: “¿Para qué sirve un amanecer? ¿Para qué sirven las caricias? ¿Para qué sirve el olor del café?”. “Para el placer, para la emoción, para vivir”. La poesía alimenta. La mesa se cocina con el latir de los sentidos. Buen provecho.