Jairo Ojeda: una vida de fábula para el padre de la canción infantil en el país

El día más feliz en la vida de Jairo Ojeda también fue el de la materialización de su más grande fracaso. En el abrazo con su mamá, Diomisiana, intentaba recuperar los casi tres años que llevaba sin verla, desde que escapó camuflado entre los sacos del maíz que un camión llevaría de Mercaderes, Cauca, a Medellín.
Tenía nueve años y lo más lejos que había soñado ir era de visita a donde sus tíos maternos en la vereda San Juanito, la misma que se veía arriba en las montañas del Macizo Colombiano y donde su madre le había dicho que las casas eran tan altas que tocaban las nubes.
Ya tenía casi doce cuando caía la tarde entre los cafetales de Esparta, un caserío en el Eje Cafetero, en Risaralda, y vio la silueta de una mujer que se acercaba a la finca. Al escuchar su nombre y reconocer la voz, corrió de brazos extendidos y lloró: “Camine pa’ la casa, mijo. Mire cómo está de flaco”.
Aunque no se lo dijo y no hubiera sabido cómo, Jairo sintió una vergüenza profunda pues no tenía los 100 burros cargados de oro con los que esperaba encontrarse en su aventura. Tampoco había liberado a las princesas rubias que estaban secuestradas por ogros y dragones en los cuentos que su hermano Eudoro le mandaba desde Popayán a Mercaderes.
Hoy, sin esas princesas imaginarias, burros, ogros ni duendes, el verdadero tesoro son sus centenares de canciones, rimas, poemas, rondas y relatos que lo convierten en el ‘Padre de la Canción Infantil Colombiana’ y que en la pasada Feria Internacional del Libro de Bogotá (Filbo) lo hicieron protagonista de un homenaje por 50 años de aportes a las generaciones que se aprendieron toda su discografía.
Temas como Chontaduro maduro, Gotica de lluvia, La cocodrílica, Juguemos a la sombra y El granito de maíz están en sus ya clásicos álbumes entre los que se destacan los dos volúmenes de Todos podemos cantar.
Jairo tiene 78 años, vive en una casa del barrio Pampalinda, en el sur de Cali, tiene tres hijas, dos hijos, tres nietos (León, Gabriela y Luana), una compañera y decenas y decenas de seguidores que crecieron cantando sus versos o que se han extasiado con los relatos de los cinco libros que ha publicado.
El compositor caucano con algunos de sus alumnos Foto:Archivo personal
Hace dos meses lanzó El elefante del circo prefiere soñar, una colección de once poemas con QR que muestra las partituras para musicalizarlos en los que, como en toda su obra, están rondando esas historias que la fabularia mayor, como llama a doña Diomisiana, le contó. Ella le intercalaba imaginería de su propia cosecha con apariciones de duendes, patasolas y otras figuras del universo campesino: “Al frente de nuestra casa estaba el caserón del abuelo. Era tan grande que mi mamá me había dicho que en su patio –colindando con el verde de los maizales– nacía la luna; la blanca señora, como ella la llamaba”.
Imaginación vs. tristezas
Su mamá se casó a los 13, escapando de la vida de esclava doméstica a la que la había sometido su papá, Evaristo, obligándola a cocinar y atender a “la peonamenta de las siete fincas que tenían”. El abuelo no perdonó esa traición y no solo la desheredó sino que nunca le ayudó para el sostenimiento de los muchachitos que comenzaron a llegar. A los cinco años, de tuberculosis, murió el esposo. En un lote, frente al caserón de la familia paterna de Diomisiana, con techo de paja y piso de tierra, crecieron Jairo y sus hermanos.
Gracias a las novenas y librillos religiosos, el muchachito aprendió a leer antes de los cinco. Su mamá le obligaba a recitar los rezos y versículos, le pedía que escribiera, primero de manera intuitiva y simplemente copiando la grafía para, poco a poco, ir descifrando los sonidos de una letra unida con otra: “Fui privilegiado. Creo que era el único niño de Mercaderes con acceso a una biblioteca, pues mi tío Gerardo era el profesor del pueblo”. Fue su mentor y guía.
Cuando entró al colegio ya sabía leer y matemáticas. Lo adelantaron a tercer grado. Fue en ese momento cuando sin siquiera pensarlo y cansado de ver los platos casi vacíos a las horas de las comidas, pues el sueldo de panadera de su mamá no alcanzaba para más, se le ocurrió lanzarse a la aventura de encontrar los reinos repletos de oro.
Jairo Ojeda aprendió a tocar guitarra robándole tiempo a un amigo Foto:Archivo personal
Tras dos días de viaje escondido en el camión llegó a Medellín, al mercado Cisneros, y pasmado por la impresión de no saber ¿ahora qué?, estuvo tres días sentado en el andén hasta que un vendedor de frutas se le acercó intrigado, lo convidó a una taza de café con parva –como los paisas de ese tiempo llamaban a panes y bizcochos–. Tres meses trabajó cuidando puestos de los comerciantes, ayudando a hacer cuentas, atendiendo. Hasta que se fue tras un vendedor de cachivaches, pues no podía renunciar al motivo inicial de su viaje.
Así llegó a Pereira, le contaron de la recolección de café, en una finca de la vereda Esparta le dieron trabajo; pero mientras los demás llenaban varios bultos del grano en el día, sus manos pequeñitas a duras penas alcanzaban la mitad de un saco. “Usted no sirve pa’ esto. ¿Es verdad que sabe escribir y multiplicar?”. La maestra del pueblo había huido de miedo a la violencia bipartidista que azotaba la región. Así se convirtió en el profesor de los tres hijos del dueño de la plantación, que incluso eran mayores que él. Luego la bola se regó y llegaron otros niños de las fincas vecinas. En esas estaba, tranquilo y ya hecho a la idea de que no había ogros ni tesoros, cuando vio aparecer a doña Diomisiana.
De nuevo en Mercaderes, lo mandaron a un internado en Tunía, especializado en educación agrícola. Uno de sus compañeros tenía una guitarra que se negó a prestar. Por las noches, mientras dormían, a escondidas la sacaba del estuche y se iba a rasgar las cuerdas en el solar. Siempre siendo el mejor estudiante y con un liderazgo nato, el gobernador lo mandó llamar y le dijo que le daba una beca para estudiar lo que quisiera en la universidad: “No, mijo, eso son mentiras de políticos. Usted lo que tiene es que trabajar”, dijo la mamá.
Una casualidad
Tenía 16, volvió donde el gobernador, rechazó la beca y pidió trabajo. Lo mandaron a Coconucos, para ser profesor de la comunidad indígena: “Fueron algunos de los años más felices”. Aprendió de sus historias, reforzó el amor por la tierra y la naturaleza. A los 18 se fue para Bogotá, terminó los dos años que le faltaban de secundaria, enamorado de la antropología, gracias a su paso por el territorio indígena, ingresó a la Nacional y a la par enseñó en un colegio a niños de tercero de primaria.
“Me di cuenta de que la precariedad del lenguaje de los niños era la mayor causa de las dificultades de aprendizaje. Me propuse enriquecerlos lingüísticamente”. Entonces, con permiso del director, comenzó a sacarlos para dictar clases en el parque frente al colegio, hacía que los niños conocieran las historias de la tendera, del vendedor ambulante, del lechero, el carnicero, la peluquera, el barrendero; que conversaran y aprendieran de historia vivas. Luego creaba con los alumnos historias que fueron el germen de las canciones.
Eran los años de radicalismos de izquierda, con coletazos de la Primavera del 68 y cuando el maoísmo estaban en furor: “Yo tenía todas las condiciones para entender el sentido de esa lucha”. Con otros universitarios, durante las marchas, se colaba en el cementerio Central y lanzaban por encima del muro lozas, ladrillos, piedras que encontraban. Contrario a su propósito, los pertrechos terminaban en manos de los militares que las usaban contra sus propios compañeros. “Nos llamaban traidores”, dice.
Un día, en su trabajo, recibió la visita del actor Jaime Barbini: “¿Usted tiene más canciones como esas que mi hijo llega cantando a la casa? Es que he notado mucha mejoría en él”. Jairo aceptó la idea de grabar que le propuso. Como no era conocido y nadie quería poner la voz, llevó a su primogénita Hitayosara –nombre que escuchó en un viaje de estudios a la Sierra Nevada– para que cantara los temas. Así nació Todos podemos cantar, en 1976. Su nombre ya se posicionó, tanto que el tercer disco fue gracias a la Unicef.
Ha recorrido el continente, ha recibido reconocimientos en Brasil y Uruguay, por solo mencionar dos países, y creó, en Santander de Quilichao (Cauca), la imprenta manual, un proyecto del pedagogo francés Célestin Freinet, que en los 80 propuso transformar a los alumnos en creadores activos de conocimiento. Con herramientas básicas y moldes de letras hechos en madera, Jairo imprime los relatos que los niños crean en las aulas, en su lenguaje, con sus preguntas y búsquedas.
“El país que queremos se construye fundamentalmente en la primera infancia –dice el músico–. Ahí se marca el rumbo de cualquier persona. Priorizar la formación en esa etapa es la mejor inversión que puede hacer una sociedad”.
Fuente de TenemosNoticias.com: www.eltiempo.com
En la sección: EL TIEMPO.COM -Cultura
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