“Crecer en Tijuana es hacerlo en dos lugares a la vez. En la frontera entre México y los Estados Unidos, si se pone el dedo en el mapa de México, hay que ir hasta la punta más alta del noroeste para tocarla. Esa línea que separa los dos países es el punto exacto en donde crecí, en donde toda mi familia ha hecho su vida”, escribe Julieta Venegas en su primer libro, Norteña: memorias de un comienzo, que llegó a Colombia en mayo. Casi en simultáneo salió a la luz un disco homónimo, y ambas obras van hacia la Julieta tijuanense, hacia aquella que encontró en la música su lugar en el mundo.
En ella convive este contraste, a lo largo de su vida y de su carrera: un poco de allá, un poco de acá; un poco ácida, un poco salada —definitivamente dulce—; un poco aniñada, pero “viejita”, como le decían sus contemporáneos cuando se elegía la ropa en ferias y sus gustos se inclinaban por lo que nadie veía ni quería. La frontera, lo liminal, será su constante, la zona artística de la que se irá apropiando Venegas para fundar su sello.
Su identidad es como la frontera: un territorio compartido.
Desde el comienzo, su mundo no se ha dividido solo en países, sino en ese par de ojos idénticos que le devuelven la mirada y la mantienen en un estado de armónica dualidad.
La manera en cómo estoy escuchando música, la manera en cómo estoy pensando en mis proyectos, cada vez requiere más de ese tiempo para imaginarlos. No tengo ganas de apurarme para lo siguiente.
¿Cómo aparecen, después de tantos años en la música, las ganas de ir hacia lo literario?
Hace ya varios años que venía con la idea de escribir algún tipo de memoria, pero siempre me quedaba ahí, e iba por otro disco. Y cuando empecé a hacer este último álbum, que se llama Norteña, también se fue convirtiendo en una especie de memoria musical, lo que yo sentía más cercano a mí, los sonidos familiares de mi infancia y mi adolescencia. Lo vi como un proyecto de memoria en el cual también entraba la posibilidad de trabajar el texto que había pensado.
Escribí el disco y lo grabé mientras escribía el libro, y cuando terminé el disco, seguí trabajando. En un momento pensé que iba a ser un gran proyecto que iba a terminar en nada, pero se fue dando.
Las dos obras juntas trabajan casi como una díada y van a esa Julieta más profunda, más tijuanense, más fronteriza, del límite.
La artista mexicana Julieta Venegas presenta su nuevo álbum, ‘Norteña’. Foto:Yvonne Venegas
En el libro varias veces habla de que sus primeras canciones no eran las que cantaría su madre. Esta nueva etapa, ¿cambió algo en las canciones actuales?
Sí, definitivamente. Siento que sí, que llegué a ese punto en el que la creación es una celebración en todo sentido, que se fue hacia la escritura y hacia la música. Este aspecto familiar aparece mucho porque, finalmente, creo que fue mi familia la que formó esa cosa que tengo con la música.
No fue la profesión, ni que estudié piano, viene realmente de mi madre y su familia. Lo tomé todo como una especie de proyecto de memoria completo. Trabajé en dos líneas que me son familiares, a las que les dedico mucho tiempo, porque casi diría que leo más de lo que escucho música en mi casa, hay algo con la palabra que siempre me ha apasionado, no solamente para inspirarme en lo que hago, sino también para vivir.
Por eso me pareció muy bonito que se juntara todo esto a la hora de trabajar el disco. La escritura me relajaba, sentía que era a cocción lenta y me gustó darme cuenta de eso. La escritura tiene que ser a su ritmo, nadie la puede apurar. Además, no había ninguna obligación de terminarlo, se empezó a desarrollar a su ritmo y eso me impuso a mí también un ritmo.
Julieta Venegas confiesa cómo reconcilió su pasado en su álbum ‘Norteña’. Foto:Yvonne Venegas
¿Por qué decidió que el libro terminara con la edición de su primer disco?
Me intrigaba más la pregunta de por qué llegué a la música o cómo me construyó la música que el hecho de sacar ese disco y todo lo que pasó luego. Fui a esa pregunta: cómo llegué a la música, cómo llegué a esta vocación de la música, no a todo lo que pasó después.
LEA TAMBIÉN
Yendo al concepto de memoria, de autobiografía, ¿a qué se debió este alto, esta pausa para hacer una reflexión y una exploración de sus recuerdos?
Estoy en un momento en el que he podido sacarme muchas trabas que tenía con respecto a la escritura. Siempre me ha gustado escribir, toda la vida he escrito diarios, pero siempre de manera oculta. Las canciones me daban una posibilidad, porque a pesar de que son muy autobiográficas, son también muy abiertas a la interpretación. Llegar al texto me parecía más difícil y de mayor exposición, por eso me tomó tiempo. En un momento sentí que era algo que tenía que trabajar, porque lo sentía atorado. Fue un ejercicio sacarme el pudor, decir: ‘Bueno, pues, soy esto’.
LEA TAMBIÉN
Un poco a contramano de estos tiempos, de esta vertiginosidad que casi aturde…
Creo que estoy yendo un poquito en sentido contrario a la rapidez que se nos pide, de esta cosa agitada de la época. Este proyecto fue de cocción lenta, fue muy largo el proceso desde la primera vez que pensé que quería hacer este disco, que fue hace como cinco años, hasta también el libro.
Después de todos los talleres de escritura que tomé en la pandemia empezó a estar este texto pendiente. Me gusta darle su peso y su tiempo, y si algo me he ganado con todos esos años de trabajo, es la posibilidad de hacerlo de esta manera. Este libro se mueve entre los recuerdos personales y una reflexión global, cultural. Habla del amor, de la soledad, de la infancia, de la pertenencia, de la migración.
LEA TAMBIÉN
¿Sintió en algún momento que esta historia suya podría leerse como una historia colectiva?
Cuando lo escribía no pensaba que podría ser algo universal. Pero cuando leo a otras personas hablando de sus cosas, me dan ganas de contar las mías; ojalá que le pase a más gente. Es tan individual lo que vivimos cada quien, y a la vez hay muchas cosas que nos conectan. Pero yo no estaba pensando en eso cuando lo escribía, estaba tratando de encontrar las palabras para contar la mía.
La mexicana es un referente de la música latina. Foto:Getty Images
¿Cómo es la nueva faceta de Julieta escritora?
En cierta manera, es totalmente diferente a la de la música. La escritura te muestra mucho más. Terminé admirando la disciplina de los escritores. La música es mucho más familiar para mí, incluso este es el primer disco que voy a producir yo, porque no le veía sentido a llamar a otra persona para que me tratara de explicar cómo hacer un disco que yo ya tenía tan claro en mi cabeza. Es como un proceso de soberanía.
¿Tuvo inspiraciones artísticas dentro de este género de biografías?
La primera diría que es Vivian Gornick, que me encanta. Fue la primera vez que leí una memoria que me parecía una novela; es brillante, lúcida y todo lo que surge de Vivian Gornick me parece mágico. Y después muchos ensayos personales, desde James Baldwin hasta Virginia Woolf. Me gusta mucho la memoria; voy a decir una obviedad, pero me gustan mucho las memorias de músicos. La vocalista de Everything but the Girl, Tracey Thorn, tiene varios libros muy bonitos. La cantante de Throwing Muses, Kristin Hersh, tiene uno que se llama Rat Girl que es casi una novela. Disfruto mucho, soy el público cautivo de las biografías de música. Estoy de gira y no hay nada mejor que leer un libro de alguien que está de gira.
LEA TAMBIÉN
¿Cómo dialoga hoy ese crisol con la Julieta actual, después de tantos años de carrera?
Esas relaciones son las que me sostienen todo el tiempo, porque también me mantienen con los pies en la tierra. A mí nunca se me han subido los humos, porque llego a Tijuana y me los bajan en dos segundos. Hay una cosa muy natural de cómo me relaciono con la gente ahí. Yo lo aplico en todos lados, no tengo una manera de ser yo, Julieta cantante, y una manera de ser yo, Julieta hija.
En el libro, usted dice: ‘Algo queda de eso que fuimos, tanto ella como yo’ en referencia a su relación con Tijuana, la ciudad que tanto la marcó. ¿Qué queda?
Yo sigo yendo a Tijuana y me sigo sintiendo chica, sigo viendo donde caminábamos con mi hermana, sigo recordándome. Es mi álbum de fotos, por más que haya cambiado mucho la ciudad y haya cambiado mucho yo. Pero sigue siendo un lugar donde me conecto con esa que fui. Mi familia sigue estando ahí, así que seguimos teniendo las mismas cosas que nos gusta hacer, también veo cosas bonitas que han crecido, hay algo cultural en Tijuana que siempre ha existido, pero que ahora cada vez es más autónoma, cada vez es menos dependiente de lo que pasa en la Ciudad de México.
La palabra ‘soledad’ aparece muchas veces en la obra y da título a uno de los capítulos. ¿Cómo es su relación con la soledad?
Es muy fuerte lo que tengo con la soledad. Cuando creces, te remarcan mucho que hay ciertas cosas que no deberías de hacer, y querer estar sola es una de ellas. Te dicen que nadie debería querer estar solo, pero algunos sí lo queremos. No digo que siempre, pero me parece un elemento importante en mi vida y en la vida en general. Siempre he necesitado mucho espacio, mucha distancia de los demás para poder desplegarme. Ahora ya entendí esto, me gusta, pero no me gusta siempre. Antes era un tema mucho más conflictivo para mí. Ahora lo veo más natural y no me parece tan terrible. Hay muchos temas que he revisado en mí misma y he visto que me causaban conflicto porque antes ser mujer implicaba ciertas cosas, una de ellas no era estar sola, era estar en pareja, formar una familia… Todas esas cosas son de mi generación.
LEA TAMBIÉN
Al leer su historia, hay algo indudable: la intuición la acompañó siempre. Para irse de Tijuana, irse de Ciudad de México, vivir en la Argentina, volver a México, reunirse con el productor Gustavo Santaolalla, que además fue clave en su carrera. ¿Qué rol juega esa intuición hoy?
Uno importante. Por ejemplo, mi hija tiene 15 años y se siente ya la distancia generacional. Es adolescente, en camino a convertirse en adulta, y las cosas que no sé de ella, las intuyo. Por más que me cuente cosas que son como de Marte para mí, yo busco en las bases, en qué sentimos cuando somos adolescentes. Se va complejizando la realidad frente a los jóvenes.
A los niños y niñas les toca otra cosa: son personas que han crecido con internet, en un mundo completamente diferente a nosotros. La identidad que se crea dentro de internet es totalmente distinta. Y ahí aplico mucha intuición.
¿El hecho de ser mujer la condicionó a la hora de entrar en el mundo de la industria? ¿Siente que evolucionó en el tiempo o todavía queda por hacer?
En este momento siento que todos partimos de la misma posibilidad, aunque sí creo que a las mujeres nos tocan muchas luchas internas. Como mujer te toca ser muy lista y enfocarte en lo que quieres, cómo lo quieres hacer y todo eso. No tengo un punto de comparación; creo que ahora, de todas maneras, el mercado musical con las plataformas ha abierto mucho las posibilidades. Hay fenómenos mucho más espontáneos y directos. Los proyectos se desarrollan de otra manera, la independencia permite llegar de otras maneras, y eso está buenísimo.
Leo más de lo que escucho música en mi casa, hay algo con la palabra que siempre me ha apasionado