‘La amistad es una experiencia de transformación, no de identificación’: Marina Garcés

Dice Marina Garcés (Barcelona, 1973) que la amistad habita un “espacio terrible” en la psique humana, aquel que crea nuestro deseo de ser amados y nuestro miedo a no serlo. La definimos a menudo precisamente por lo que no es (no es un romance, ni una relación familiar, ni profesional, ni coyuntural) y por lo que pensamos que debería ser: un amor incondicional sin objetivos, un lugar compartido sin imposiciones ni exigencias. En la historia de la filosofía, las relaciones de amistad han quedado para siempre categorizadas por Aristóteles, en el capítulo VIII de la Ética a Nicómaco, como “la unión recíproca y desinteresada de dos personas virtuosas”.
Garcés sospecha de esta uniformidad, de este consenso filosófico en torno a la amistad, y se plantea en su libro La pasión de los extraños si la amistad no es, precisamente, todo lo que se escapa por las grietas de ese ideal aristotélico. Un ideal, por otro lado, fundamentalmente androcéntrico y reservado a lo largo de la historia a ciertas posiciones sociales, y que deja fuera la amistad en la necesidad, en la inclinación hacia el diferente, en los cuidados compartidos…
En La pasión de los extraños plantea que la amistad, desde el punto de vista filosófico, es un ideal que en realidad no existe.
La amistad es una de las grandes cuestiones de la tradición filosófica occidental y ha sido planteada, sobre todo, como un ideal ético, como una épica moral. Mi punto de partida no es tanto negar esta tradición, sino entender por qué y desde dónde se ha construido este ideal, y de qué maneras este ideal sigue entre nosotros a través del lenguaje común, de la literatura, del cine… Seguimos representando relaciones muy idealizadas de la amistad. Actualmente, se piensa la amistad de una forma casi romantizada, como esa vida ideal entre amigos frente a las grandes intemperies, cambios y rupturas de nuestra sociedad actual.
Actualmente, se piensa la amistad de una forma casi romantizada, como esa vida ideal entre amigos frente a las grandes intemperies, cambios y rupturas de nuestra sociedad actual
Hay excepciones. Epicuro y Nietzsche, por ejemplo, le ponen algunos peros a este ideal aristotélico.
Epicuro plantea el gran tabú de la tradición griega sobre la amistad, que es preguntarse si la amistad es útil o no. El ideal aristotélico dice que solo se da entre quienes no se necesitan entre sí. Epicuro viene a decir: “Bueno, más necesario que el amigo no hay nada”. Porque, precisamente, la vida en amistad es una de las vías para perder el miedo: el miedo a la soledad, al sufrimiento, a los dioses. Hoy existe, por ejemplo, lo que llamo la “amistad terapéutica”, que casi limita su valor a sus beneficios para la salud mental… ¿En qué medida estamos cayendo en la trampa, no ya de la utilidad que defendía Epicuro, sino de la instrumentalización de la amistad? Nietzsche, en tiempos de cambios fuertes y sociedades mucho más complejas, plantea por primera vez desde la filosofía la cuestión de la ruptura. Los amigos también rompen, entran en conflicto. Y quizá de lo que se trata es de medir bien quiénes pueden ser nuestros amigos para también saber quiénes pueden ser nuestros enemigos y no quedarnos en fotos edulcoradas y, en el fondo, engañosas de lo que puede ser la amistad.
Hay una dimensión cultural de la amistad, y también histórica. No se es amigo de la misma manera en todos los lugares y en todas las épocas. ¿Qué caracteriza la amistad en esta época nuestra en el mundo occidental?
Yo diría que la situación actual en nuestras sociedades occidentales es paradójica. Por un lado, estamos viviendo una apertura del concepto mismo de amistad, de lo que podemos esperar de los amigos y de quiénes pueden hacerse amigos. La amistad es el único vínculo social sin ley; no está institucionalizado, pero sí está muy pautado socialmente. Y hoy se ha abierto el territorio de lo posible en el campo de la amistad: entre hombres y mujeres, entre edades distintas… Por eso se habla más de la amistad y se habla más de los conflictos y se habla más de las expectativas. Y esta sería la otra cara de la paradoja. Como son tiempos de intemperies, de miedos e incertidumbres, se pasa a reducir el sentido de la amistad a una idea de refugio, de salvavidas, de zona de seguridad. Y claro que los amigos nos pueden dar mucha seguridad (como ya decía Epicuro hace muchos siglos) frente a las preguntas y los miedos, pero esta reducción a la “amistad refugio” es uno de los peligros en los que podemos caer. Si solo nos juntamos con aquellos que nos dan cobijo, nos quedamos sin otra dimensión de la amistad que también abre mundos y sentidos posibles de lo que es vivir en común.
Si solo nos juntamos con aquellos que nos dan cobijo, nos quedamos sin otra dimensión de la amistad que también abre mundos y sentidos posibles de lo que es vivir en común
Quizá esa visión de la amistad se ve exacerbada por la vida virtual, en las “amistades conectadas”, como usted las llama en el libro. Tienen esa tendencia a identificar lo similar y rechazar lo distinto. Nos hacemos un parapeto frente a aquellos que son los extraños, los que piensan diferente. Esto tiene consecuencias no solo en el plano personal, sino también en el social o político.
El libro no solo es un análisis, también es una reivindicación de la extrañeza. De la posibilidad y de la condición que todo amigo tiene de extraño en nuestras vidas. No son aquellos de quienes nos podemos apropiar, sino con quienes nos podemos extrañar de quiénes somos, de cómo somos y, por lo tanto, también transformarnos con ellos. La amistad es una experiencia de transformación, no de identificación solamente. Claro que nos identificaremos en muchas cosas: nos gustará la misma música o viviremos determinadas experiencias juntos. El problema es reducir la amistad a identidad, a identificación. La amistad debería quedar fuera de esta lógica tan excluyente que cada día está moldeando más nuestras vidas. Y no solo en las redes. Las redes polarizan, introducen este sesgo de confirmación en todo lo que pensamos. Pero porque lo estamos buscando en la vida social también. Y la pregunta es: ¿por qué? Todos sabemos que nuestros mejores amigos no siempre son aquellos con quienes estamos de acuerdo, ni nos gusta todo de ellos. Quizá hoy nos da entre miedo y pereza relacionarnos con todo lo que no es directamente transparente, idéntico e inmediato. Esta reivindicación de la extrañeza es una reivindicación también de la vida como aprendizaje. Aprender no es acaparar ni consumir información. Es relacionarnos sin miedo con lo que no conocemos de los demás y de nosotros mismos. De lo contrario, no hay amistad, hay agregación social. Y para eso ya tenemos otras formas de juntarnos.
Marina Garcés estuvo en el Hay Festival de Medellín en enero de 2018. Foto:Guillermo Ossa. ELTIEMPO
La amistad nos define socialmente: cuántos amigos tenemos, cuán buenos amigos son…
Esta capitalización de la vida y del yo hace que lo convirtamos todo en objeto de consumo. No nos exponemos con los demás, sino frente a los demás. A toda esta presión nos someten las redes, a una pseudotransparencia que es lo contrario de la verdadera transparencia: es crear una ficción sobre nosotros mismos que necesitamos alimentar para no desaparecer. Ese es el gran miedo. De hecho, los humanos estamos hechos de este miedo: el miedo al aislamiento, porque es lo que nos anula. Desde la supervivencia más básica hasta la muerte social que tanto nos preocupa hoy. Son códigos alimentados por un capitalismo emocional, de las relaciones. Ahora la amistad pasa a ser un número de contactos infinitamente acumulable. ¿Quiénes somos respecto a eso? Pues seguramente quienes no estamos a la altura ni siquiera del número de amigos que supuestamente estamos exhibiendo. Si no llego ni siquiera a poder ser amigo de mis amigos, a ser capaz de responderles… entonces, no tengo tantos amigos. Y, en cambio, se crea ese déficit de atención que se va instalando en todos los aspectos de la vida y que nos dificulta llevar una vida plena.
Internet y las redes sociales han ampliado nuestras posibilidades de conexión, pero son un modelo de comunicación que prioriza lo inmediato. ¿Sigue siendo amigo nuestro alguien que hace mucho tiempo no contesta nuestro último WhatsApp?
Yo creo que es muy importante que, en las condiciones actuales de vida y de comunicación, aprendamos a distinguir, de nuevo o con significados nuevos, las amistades de los contactos. Y con contacto me refiero no solo a un número y un nombre en una agenda, sino a qué significa estar “en contacto”. Podemos estar en contacto permanentemente con mucha gente porque nos podemos comunicar de forma inmediata, constante, y estamos casi infinitamente disponibles. Pero esto no quiere decir que seamos amigos en el sentido que implica la palabra amistad: un cierto tipo de afecto, de vinculación, de expectativa respecto a esa relación… Que cada uno montará a su manera. No hay un estándar ni un modelo de lo que es o no es una amistad, pero sí tiene una condición cualitativa. No es ese estar en contacto, ese estar siempre, entendido “siempre” como una constante mensurable de tiempo y de inputs y de intercambios de comunicación. Estamos confundiendo una cosa con la otra. Y la pregunta es si las generaciones más jóvenes, que parten ya de esa inmediatez y de esa disponibilidad constante, generarán maneras de crear estos vínculos más cualitativos. Yo pienso que sí, porque es necesario distinguir entre quienes están en contacto con nosotros todo el tiempo y a quienes les importamos verdaderamente.
Yo creo que es muy importante que, en las condiciones actuales de vida y de comunicación, aprendamos a distinguir, de nuevo o con significados nuevos, las amistades de los contactos
En su libro, habla al principio de las fases de la amistad desde el punto de vista biográfico. En concreto, la etapa de la adolescencia ha estado definida siempre por la emancipación de la familia. Ahora, con esta irrupción de los grupos de WhatsApp de los que no se puede desconectar, es una amistad estresante, porque si nos perdemos algo, nos quedamos fuera.
La adolescencia, desde que existe como tal, siempre ha sido vista como un momento inquietante para los adultos. El adolescente es un ser en mutación, alguien que ya no es el niño, pero todavía no es adulto y está desprendiéndose poco a poco de las tutelas. Y eso quiere decir poder ponerlas en cuestión. Se romantiza, por un lado, al adolescente rebelde, contestatario, y se le teme… En estos momentos de tanta paranoia social, por un lado, y de monitorización constante de la vida, por otro, la adolescencia crea mucha inquietud. En las series y en las novelas, los adolescentes a veces aparecen muy victimizados, bien por falta de salud mental o por la patología social: son quienes sufren todos los males de la sociedad. Otras veces aparecen criminalizados, desarrollan de forma grotesca y monstruosa todos los males de nuestra sociedad. Pero no se trata solo de ser víctimas o criminales. Esta estrechez ideológica refleja los miedos de la sociedad adulta, pero se proyecta en ellos de forma muy violenta. Hay que trabajar colectivamente para escucharles, conocer sus historias y hacer posible la expresión de muchos otros deseos y formas de transitar la adolescencia.
Me ha gustado mucho cómo diferencia la soledad del aislamiento. La actual epidemia de soledad no deseada afecta especialmente a los jóvenes. ¿Cree que tiene que ver con esa erosión del concepto de la amistad, o con esa confusión con lo que creemos que debe de ser un amigo?
Para mí, el libro es sobre la amistad y la soledad. No es posible pensar una vida entre amigos sin habernos conocido a solas. Quien solo huye de la soledad no tendrá buenos amigos ni será un buen amigo porque será alguien adicto y dependiente de la aceptación social. Además, escapar de la soledad lo que hace es retroalimentarla: cuanto más huimos de la soledad, más solos estamos. Y estamos solos consumiendo relaciones, vínculos, personas, contactos. ¿Cómo romper ese círculo vicioso? Perdiéndole el miedo a la soledad. Lo decía Epicuro, y lo han dicho otras tantas voces a lo largo de la historia: perder el miedo a la soledad no es quedarnos solos, es precisamente perder juntos el miedo a la soledad. Ese es, para mí, el lugar de la amistad. Ahí, la amenaza del aislamiento se diluye. Y ya no es lo que determina o guía nuestra manera de estar creando ese vínculo o relacionándonos con aquellas personas que, efectivamente, forman parte de nuestras vidas.
(*) Editora de Educación.
(**) Es una organización sin ánimo de lucro que busca compartir ideas y conocimientos académicos con el público. Este artículo es reproducido aquí bajo licencia de Creative Commons y es una versión editada del original.
Fuente de TenemosNoticias.com: www.eltiempo.com
En la sección: EL TIEMPO.COM -Cultura
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