Juan Montoya es uno de los pioneros del diseño de interiores; se fue de Colombia cuando tenía 20 años y se instaló en Nueva York sin un solo peso y sin hablar ni jota de inglés; ha diseñado las casas de figuras como Britney Spears o Fernando Botero, y en París uno de sus primeros clientes fue un diplomático chino. Y tiene el buen gusto en la sangre: su bisabuelo fue Jorge Isaacs.
Un bogotano que les vendía maquetas de casas a sus amigos por tres o cinco pesos y que define su ojo profesional como el de una rata que mete su nariz en cada esquina es el punto en común entre Fernando Botero y Britney Spears. Juan Montoya no ha corrido autos ni es familiar del ex piloto de Fórmula 1 Juan Pablo Montoya, pero en su campo también es una superestrella: el mundo creativo y el diseño de interiores. Montoya se metió entre las líneas curvas y las figuras robustas de Botero para ponerlas en sus muebles y en los espacios de la casa del maestro en 1984. E hizo lo mismo con la ‘princesa del pop’ en la época en la que Britney usaba trenzas, una falda gris y una camisa de colegio amarrada arriba del ombligo.
Carolina Gómez en la portada de Bocas. Foto:Hernán Puentes / Revista BOCAS
Su habilidad para meterse en la mente de sus clientes es lo que lo ha llevado a ser considerado uno de los pioneros del diseño de interiores en el mundo y uno de los más respetados de la industria. Tiene un diploma que lo posiciona como miembro del Interior Design Hall of Fame desde 1990, recibió un Doctorado Honorario en Bellas Artes de Parsons University School of Design, de donde se graduó en los 80, y ha ganado premios como el Star of Design Award en el 2006 y el Legends Award del Pratt Institute en el 2004. El logro que más lo enorgullece, hasta hoy, es haber sido nombrado uno de los 30 diseñadores de interiores más importantes del mundo en el 2010, por Deans of Design, y como Gran Maestro en la A-List de Elle Decor.
Juan Montoya. Foto:Yohan López / Revista BOCAS
Montoya odia las plantas de plástico. Puede perderse por horas en tiendas de muebles usados o antigüedades. Tiene una guillotina en su casa, diseñada y fabricada por él mismo, que usa solo cuando quiere ocultar el televisor que está en una de sus salas, porque al cerrar las cuchillas, la “fea pantalla color negro” queda escondida.
Intentó ser sacerdote, a pesar de que de pequeño en las paredes de su casa había una pintura del sagrado corazón de Jesús que lo seguía con la mirada y lo atormentaba por las noches. La vida religiosa no funcionó. Luego, le pidieron matrimonio, pero tampoco se casó. Se fue a hacer la especialización a Parsons cuando apenas llegaba a los 20 años. Desde entonces, no pensaba en volver a vivir en Colombia por largo tiempo, hasta que conoció Barichara, el lugar en el que está construyendo La Troja, su más reciente proyecto, en un terreno que compró con solo darle dos vueltas y que ahora hace parte de un portafolio de proyectos que entretienen a Montoya y que deleitan al mundo por su buen gusto.
Juan Montoya. Foto:Yohan López / Revista BOCAS
Los héroes de Montoya, sus grandes inspiraciones, y los que merecerían una foto en su salón personal de la fama, son Jean-Michel Frank, que colaboró en el diseño del apartamento de los Rockefeller en Nueva York y desarrolló proyectos como el hotel Llao Llao, en Bariloche; Émile-Jacques Ruhlmann, el diseñador francés más reputado del periodo art déco por su refinamiento estético. Y, en su lista de referentes, tampoco pueden faltar el arquitecto sueco Erik Gunnar Asplund, el estonio Louis Isadore Kahn y el cubano Emilio Terry.
Montoya nunca decidió cuál de las corrientes de diseño tomar y optó por hacer una mezcolanza de lo antiguo con lo moderno, el art déco, los elementos griegos y hasta diseños mayas, que terminaron por definir una identidad ecléctica que lleva su sutil firma en cada espacio que crea. Siempre conserva dos detalles: un storytelling tipo cebolla, que hace que los visitantes de un lugar descubran su esencia con lentitud y capa por capa: un juego de escalas, que emplea con decoración enorme, exuberante y pequeña o discreta. Montoya dice que materializó la imagen de su visita a la casa del músico Guillermo Uribe Holguín, cuando era niño. En esa visita le intrigó el tamaño de los muebles de la casa, que parecían diseñados para gigantes. Le preguntó al violinista por qué y él le respondió que creía en los elefantes, algo que en su cabeza se tradujo como “más vale poco, pero bien escogido”.
Su mente podría ser una especie de hall lleno de puertas y cada una le da la entrada a un recuerdo especial, como la tarde en la que era un niño y en un almacén se enranchó con su tía para que le comprara un Mercedes Benz de juguete. Luego de tanto insistir y pegarse a la falda de su tía, lo consiguió. Horas después, se sentó en el suelo a desarmarlo, solo para ver cómo funcionaba. Esto le costó una tunda que hasta el día de hoy tiene presente. En cada marco de madera de esas puertas se almacenan los recuerdos que recolectó en cada ciudad en la que vivió. De Nueva York guarda con especial cariño los conocimientos que obtuvo al especializarse en diseño de interiores en Parsons School of Design y la memoria del primer carro que compró, sin siquiera tener parqueadero: un Beetle. De París conserva las visiones que obtuvo al compartir baño y habitación con otras cuatro personas de 1972 al 74. Y de Milán, la importancia que tiene una buena silla, un mueble o una decoración personalizada en la vida cotidiana de las personas, al diseñar cada una de estas piezas entre el 75 y el 76.
Montoya se identifica hoy con un estilo minimalista. Siente que entre más pasa el tiempo, menos quiere. Aun así, es coleccionista de muebles, cuadros, lámparas y todo tipo de artilugios que sean difíciles de conseguir. También se ha acercado a las personas de la industria nacional al convertirse en el embajador de Monogram Colombia, una marca que se dedica al lujo silencioso y al diseño atemporal de electrodomésticos. Además, conserva sus apartamentos en Bogotá y París, las propiedades que tiene en la Gran Manzana, y su nueva casa en Barichara.
La revista tiene doble portada con Carolina Gómez. Foto:Hernán Puentes / Revista BOCAS
LEA TAMBIÉN
Sus casas, para él, son como lienzos en blanco, y tarda años en pintarlos. La Formentera, su propiedad ubicada en Garrison, a las afueras de Nueva York y a orillas del río Hudson, es uno de los proyectos en los que ha encapsulado su mente y al que le ha dedicado una década de remodelaciones y decoración. Muchos ven la casa y sus alrededores como un refugio de piedra, pero para él es su niña consentida, rodeada de jardines que completan 35 hectáreas, y el lugar en el que se interna sábados y domingos para tener paz. Todo el empeño que puso en esta casa quedó registrado en el libro La Formentera, The Woodland Refuge of Juan Montoya, editado por The Monacelli Press.
¿Qué diseños han pasado por sus manos?
La casa de Britney Spears, la de Elsa Klensch, que fue una periodista de moda muy reconocida. Trabajé con Fernando Botero, y con los Rothman, los dueños de Secret Building. Un montón, un montón, un montón de gente.
¿Cómo sabe qué diseños hacer para cada persona?
Por lo general, el cliente ya ha hecho un estudio sobre mi compañía o sobre mí. Hay una especie de conexión entre lo que yo voy a hacer y lo que ellos han visto. Muchas veces son clientes que han ido a una casa que diseñé antes. Pero siempre hay una serie de preguntas que le hago al cliente; les pregunto por las cosas más íntimas: ¿qué hace usted cuando llega a su casa? ¿Qué es lo primero que hace? Por eso digo que soy como una rata, me meto a cada rincón. Les pregunto si cogen las cosas con la derecha o la izquierda, también ¿a qué se dedica? ¿Cómo es su día? ¿Qué le gusta? Otra parte importante es mi análisis. Veo cómo se viste, qué joyas tiene o qué joyas no tiene. Veo hasta cómo caminan.
¿Cuál fue su primer gran proyecto como diseñador de interiores?
La Galería Marlborough me llamó y me dijo: “tengo un cliente para usted”. Eso fue en el 84 o en el 83. Yo tenía una oficinita en un edificio cerca de mi casa, no muy grande, pero ya tenía como tres empleados. Me reuní con el cliente en la sede de la galería. Lo reconocí y le dije: “¿cómo está?”. Me respondió: “Bien, mucho gusto, Fernando Botero”. Hablamos de primerazo en español. Nos sentamos en el salón de conferencias y me contó que acababa de comprar un apartamento en Nueva York. “Quiero que lo vea, pero no le estoy diciendo que lo voy a contratar. Quiero que me dé unas ideítas”. La reunión terminó así. Me voy, lo veo y le digo qué hacer. Me contrató. Por esos años, yo apenas empezaba mi trayectoria y utilizaba materiales industriales que convertía en decoración para la casa. Me iba a los sitios más recónditos de Nueva York a buscar materiales especiales que podría utilizar en mi diseño.
Su bisabuelo fue el autor de María, Jorge Isaacs, ¿la vena artística viene desde ahí?
Creo que el arte viene por dentro, es innato. Yo lo he nutrido con la historia, como lo hizo el bisabuelo. Últimamente me ha fascinado el desarrollo de nuestro pueblo. Desde la Conquista hasta hoy. Hemos pasado por tantos altibajos, injusticias, y lo he entendido al leer La magia del pueblo, de Raúl Gómez Quintero. Es un libro interesante sobre Barichara, que habla de la fundación del pueblo, la historia que se ha desarrollado desde el descubrimiento de América, cómo llegamos a lo que hoy es Colombia y lo que se vivió en contra de los indígenas. A ellos los expropiaron, esclavizaron y los robaron. Hay algo en esa historia que es fascinante, por ejemplo, cómo la Iglesia empieza a influir en el pueblo, al igual que los permisos del rey, las órdenes de los comandantes. Isaacs es un poeta que he leído y es demasiado abstracto. Lo que él palpó fue un amor platónico. Eso me hizo ver cómo se desarrolla un pensamiento a través de los años, la historia, la fantasía de los viajes que hizo por el Magdalena, por la selva, el Amazonas. No es Gabriel García Márquez, no habla de un pueblo en sí, pero sí te remonta a cosas maravillosas.
LEA TAMBIÉN
Hablando de Barichara, ahí está desarrollando su más reciente proyecto, ¿qué ha encontrado tras esta casa histórica?
Yo llegué a este pueblo mágico porque me invitaron a un cumpleaños de una señora muy encopetada. No pude ir, pero Barichara me quedó sonando. Alguna vez le dije a un amigo que quería ir y me comentó que era a ocho horas de Bogotá. Alquilamos un carro y nos fuimos. Él había programado que fuéramos a ver esta casa, esta otra casa, de no sé quién. En todo ese tour encontré que el lugar me atraía tanto, que quise ver algo que estuviera en venta. Pasé por una calle que se llama La Loma y vi un aviso que advertía que la propiedad se vendía o arrendaba. Entré, le di dos vueltas al terreno y lo compré. La señora me dijo: “Pero si usted ni siquiera ha visto la casa”. Lo que quiero decir con este cuento es que hay sitios, elementos o momentos que hacen que uno compulsivamente esté atraído por un espacio. Este fue el caso de la casa. Fue construida cerca de 1700. Cuando Barichara se fundó (1705), ya la casa existía. Pertenecía a un arriero. En ese entonces, no era elegante, no tenía baños, ni cocinas. Se llamaba La Troja y decidí conservar su nombre. La troja era un espacio para guardar granos y frutos en la antigüedad. Aquí venía el ganado, los caballos y la gente que vivía cerca e intercambiaba café por frijol y lo que hubiera en la cosecha.
¿De dónde llegó la vocación de ser sacerdote?
Fue algo curioso. Un primo mío, que ya falleció, era sacerdote y me dijo: “¿por qué no ensaya?” Yo tenía las calificaciones magníficas en ese momento, estaba como en tercero de primaria. Él me comentó que había un seminario que se llamaba San Benito. Quedaba en la carretera que va hacia el sur, ¡una cosa! Era un sitio mágico. Fui y me enamoré del lugar porque tenía lago, piscina, de todo. Lo malo era que uno se tenía que levantar a las 5 de la mañana para ir a ayudar al cura con la misa. Tenía 12. Para llegar ahí, me salí del colegio. Todo el mundo estaba aterrado. “Marica, ¿qué está haciendo?”, me reprochaban algunos. Pasaron tres meses y no tenía muchos amigos. Pero me gustaba el ambiente y por eso me quedé. Cuando llegaron los retiros espirituales y una semana en que no se podía hablar, y lo único que se podía hacer era rezar para que se produjera cualquier clase de milagro, me empaniqué. Uno caminaba por el seminario y escuchaba a un par de amigos decir que crearon un milagro. Solo me decía a mí mismo: “yo nunca voy a poder crear un milagro”. Después de esa semana, me salí.
¿Y cómo ha cambiado su relación con Dios?
No sé si soy religioso. Soy espiritual. Siento una espiritualidad bastante profunda desde pequeño. Cuando estaba en el colegio, me acuerdo mucho que me iba a graduar de bachiller y las notas estaban bien bajas. Eso iba a significar un problema. A la hora de entrar a la universidad hice un peregrinaje a la iglesia de Nuestra Señora de Lourdes en Chiquinquirá. Me tardé 5 horas caminando. Siempre ha habido algo que me protege. En casos en los que no hay salida, me he inspirado y he logrado entenderme con Dios.
¿Y cuándo apareció la idea de ser arquitecto?
Tenía un amigo en bachillerato del que estaba enamorado. Era venezolano, hijo del embajador de Venezuela en Colombia. Me pidió que fuéramos juntos a la misma universidad, pero quería que fuera abogado, que yo estudiara derecho. Cuando me decía que fuera para ir a hacer las inscripciones a la Universidad del Rosario, yo me escondía. Es una universidad maravillosa y todo, pero no quería esa vida. Siempre supe que lo mío era estudiar arquitectura. Cuando me zafé de ese plan y me metí a lo que quería estudiar, construía casitas de cartón y se las vendía a mis amigos. Una tenía tres garajes, otra uno, otra no tenía garaje, y dependiendo del tamaño se la vendía a un peso, tres pesos o cinco pesos.
Juan Montoya. Foto:Yohan López / Revista BOCAS
¿Cómo descubrió su orientación sexual?
Me alcancé a comprometer con una mujer. Ella me pidió matrimonio. Fue tal la presión, que quiso agarrarme y yo solo pensaba en cómo soltarme. Sabía que si me casaba la iba a hacer sufrir. Me separé y me fui a vivir a Estados Unidos, rápidamente. Esa fue la forma de superar la tusa. Seguimos con la conversación y todo eso. Finalmente, ella se dio cuenta de que yo no estaba interesado.
Estudió en Parsons, pero ¿qué hizo antes?
Mi primer trabajo en Colombia fue en publicidad y como caricaturista, en los Estados Unidos, en una revista que se llamaba Addiction. Ya no existe. Hacía caricatura política, sátira. Y eso me permitió ganar una plata para poder volver a estudiar. Y ahí es donde llegué a Parsons.
¿Cómo fue entrar a una de las universidades más importantes del mundo en temas de diseño?
Cuando migré, yo no tenía los medios para subsistir sin trabajar. Si yo no trabajaba, no vivía, no comía. Papá me dio el tiquete para irme y me dijo, “me la regresa”. Me prestó la plata para irme a estudiar allá. Mi abuelo también intentó persuadirme con comentarios como: “¿Y usted a qué va? A limpiar platos”. Nunca limpié platos, pero sí fui mensajero. Llegué a vivir a Queens, con mi tía, con mi prima. No sabía inglés. Tenía una profesora mexicana que me estaba enseñando inglés en el colegio y con ella aprendí las bases. En realidad, yo no hablaba una palabra. Me sentaba por las noches a las 10:30 a oír a Johnny Carson, un presentador increíble con un acento preciso en inglés. Él me ayudó muchísimo. Ahí desarrollé el deseo de aprender. De hecho, veía a un colombiano o a alguien de habla hispana y me iba. Así me forcé a aprender. En el apartamento al que llegué, en donde vivía con mi familia, empecé a ahorrar. Tenía un librito con mi dinero. Mi tía lo descubrió. Y ahí me dijo: “Ah, yo creo que debes aportar a la casa”. Yo le respondí: “bye, bye”. Me fui a la Universidad de Columbia y les comenté que necesitaba un lugar para poder quedarme. Me encontraron un cuarto en un apartamento. Era enorme, lo tenía una rusa y alquilaba cuartos a diferentes estudiantes de Juilliard School of Music. A mí me dieron un cuartito chiquitico. No pagaba mucho. En el gran salón, la dueña tenía una silla con un espaldar altísimo. “Yo se lo quiero comprar para ponerlo en mi cuarto”, le propuse, y me respondió que no estaba en venta. No sé cómo lo logré, pero me lo vendió por 5 dólares. Todavía tengo esa silla.
Y usted pagó la inscripción en la universidad…
Le dije a un amigo que no tenía suficiente para inscribirme y me prestó el dinero. Así pude pagar el primer año. En el segundo, me gané una beca, igual que el tercer y el cuarto año. Así me gradué de Parsons. Aunque me gradué honoris causa, creo que lo valioso de la experiencia lo resume la pasión con que hago las cosas. Cuando tú tienes una pasión, harás lo que sea. Yo me dediqué a trabajar, a estudiar, a vivir mi momento. Me dediqué a vivir la arquitectura, a empaparme.
¿Por qué, con tanto éxito, se mudó a París?
Un amigo, que conocí al final de mis estudios en Parsons, me preguntó: “¿Por qué no te vienes a vivir conmigo a París?” Yo lo pensé, lo pensé… “¿por qué no?”, fue mi conclusión, y terminamos viviendo cinco hombres en un cuarto, con un solo baño y una cocina. Tenía como 20 y algo más. Luego, otro amigo que tenía el papá que trabajaba como embajador de algo en Casablanca me dijo que me alquilaba su apartamento. Era uno de esos pisos de servicio del edificio. Era diminuto y muy sencillito. Ahí viví 6 o 7 meses. Después me lo pidieron y me fui a vivir a un atelier, que es un estudio de artista que había pertenecido a un gran pintor, Juan Gris, en la época de los 20. No tenía baño, no tenía cocina, no tenía nada, pero era ‘el espacio’. Entonces me inspiré para pintar de nuevo.
¿Su visión del arte lo llevó a ser coleccionista?
No creo que tenga nada que ver con nada. El deseo de adquirir no es por adquirir, es por el proceso que hay tras comprar algo. Esto es más interesante para mí que el objeto en sí. Me gusta comprar cosas que parecen imposibles de comprar. De hecho, no he podido comprar una pintura de Agnes Martin y eso lo hace más interesante. La que más me gustó haber obtenido fue una de Manolo Valdés, el pintor español. La compré en Venezuela en una galería. En su momento dije: “no puedo pagar de una el precio de esta pintura”. Y pregunté si me la dejaban pagar en cuotas.
¿Qué pretendía al llegar a París?
Solo vivir allí. Y, casualmente, se me dio la oportunidad de tener a mi primer cliente. Fue el ministro chino en París. Una muchacha que conocía me mencionó que él estaba interesado en unos diseños, que a lo mejor podía lograr algo. Y se logró. Todas las presentaciones que hacía sobre mis ideas eran en el carro de él. Al llegar al microapartamento en que vivía, me sentaba en el suelo y dibujaba y dibujaba y dibujaba y volvía a hacer otra presentación, hasta que encontramos lo que le gustaba. De ahí, empaqué y me fui a Milán.
LEA TAMBIÉN
¿Por qué Milán?
Porque cuando terminé mi proyecto en París quise buscar un trabajo. En esa época, la gente usaba el periódico para buscar ofertas laborales. Además, me estaban pagando tan poquito, que no me daba ni para pagar el apartamento en que me estaba quedando. “No, yo tengo que buscar otro camino”, me dije, y fue cuando reuní mis ahorros y me daban para irme a Milán. Allí fui diseñador de muebles por seis meses, hasta que un amigo me llamó. “Usted no es Scott Fitzgerald”, me dice y me baja de la nube. “Véngase, que aquí es su casa, aquí es su sitio”. Finalizó la llamada diciendo eso y yo le hice caso. Regresé a Nueva York y empecé a trabajar en oficinas de arquitectos, haciendo casas en el Caribe, trabajos aquí, trabajos allá. También trabajé para unos dentistas. En realidad, estos trabajos se deben a un anuncio que decía: “Busco arquitecto”. Así conseguí mi primer trabajo. Era en una oficina pequeñita, solo estábamos mi jefe y yo. Con varios proyectos, me empecé a cuestionar bastantes cosas: “¿cómo lograr que este sitio donde se venden equipos de odontología se vea cómodo?, ¿o se vea elegante?, ¿o combine con el doctor? Porque hay médicos que son diestros, otros zurdos y yo tenía que hacer todo con precisión, para que no hubiera problemas con la máquina. Además, tenía que generar en las personas que entraran al lugar una impresión importante, para que la gente se sintiera atraída.
¿Desde ahí creó su sello personal en el mundo de la decoración?
He estudiado mucho la idea de la transparencia. He encontrado que visitar un lugar es como ir descubriendo capas. Como si se tratara de una cebolla: tú quitas una capa para llegar a otra. Eso para mí es excitante. Yo no quiero que tú veas todo al mismo tiempo cuando entras a uno de mis proyectos, sino que, a medida que recorras el lugar, veas otra cosa y luego otra cosa y otra cosa.
¿Cuál sería el corazón de tu casa?
Yo soy como una rata. La rata entra y mira cada espacio, cada esquina, cada cosa; cuando ya conoce todo el entorno, se acomoda. Tengo que ver que todo el aspecto del espacio esté en orden para acomodarme. Si no lo veo en orden, no me gusta. Siempre preparo mi casa con anterioridad. No quiero dejar desorden y volver al desorden. No me gusta. Yo no te puedo decir que entro a un espacio y me voy al cuarto, me quito la ropa y me acuesto en mi cama a ver televisión. No, entro a mi casa y, por lo general, miro, doy vueltas y regreso. Luego de eso, planeo en qué lugar me voy a sentar a leer, o a escribir, o a llamar a una persona.
¿En algún momento, el diseño de un espacio está 100 por ciento terminado?
No. Jamás. Algo tiene que dejarse con la expectativa de un cambio. Los lugares estáticos no me gustan. Tiene que haber un proceso de mejoramiento que hace que los espacios se conviertan en algo más maduro. Como una fruta. La fruta verde tú no la comes. La fruta más o menos bien, tampoco te la comes.
Juan Montoya. Foto:Yohan López / Revista BOCAS
¿Cómo fue perder a un hermano?
Perdí dos hermanos. El primer hermano murió a los 18 años. Me acuerdo de que estaba en la cama y me llamó mi papá o mi mamá, no me acuerdo, a decirme que mi hermano murió en un accidente. Fue catastrófico porque yo era muy apegado a mi familia. Nosotros no necesariamente tenemos que querer a nuestra familia, pero yo lo adoraba. Yo soy el mayor. Quedamos mi hermana y yo. El otro hermano dejó dos hijos. Eso me afectó, me afectó porque me sentí responsable de muchas cosas, entre esas, de mi mamá y papá. Yo no estaba acá. Me hubiese encantado envejecer con ellos.
¿En qué se gastó su primer salario?
No soy una persona que ahorre. En esa época menos. Si algo me satisfacía, lo compraba, totalmente. De hecho, antes de tener un trabajo firme me compré un carro. Un amigo de esa época me preguntaba para qué, si me tocaba ponerlo en la calle, porque no tenía garaje. Estatus.
¿Qué lo llevó a crear su propia firma?
Cuando trabajaba para este arquitecto, con el que diseñaba consultorios para dentistas, empezamos a tener éxito. Algún día, tenía una reunión importante. Yo vivía en Nueva York y las oficinas del lugar eran en el Bronx. Justo el carrito que compré con mi primer salario, que era un Volkswagen Beetle, se varó. Tenía que llegar a la reunión a las 8:30 a. m. y entré a las 9. Al abrir la puerta escuché que mi jefe solo decía: “yo hice esto y yo hice lo otro”. Nunca dijo “nosotros”. No me importó mucho, porque en ese momento tenía trabajo, estaba ganando mi salario, estaba creando y mis ideas empezaban a atraer personas a la empresa. Pero en ese momento me di cuenta de que tal vez yo sí quería algo que fuera mío. Además, recordé que nunca fui de tener socios. Cuando estudiaba en Parsons, un amigo me dijo que hiciéramos un negocio vendiendo camisetas. Él las vendía, yo las diseñaba. Éramos íntimos amigos. Empecé a diseñar. Pero un día llamó a insultarme, porque no estaba haciendo nada, según él, no estaba entregando. Yo dejé hasta ahí, porque pensé que prefería su amistad. Eso me indicó que en un futuro no quería tener un socio. Volviendo a la creación de Juan Montoya Design, resulta que los clientes de ese pequeño estudio en el que estaba empezaron a buscarme por aparte. Los dentistas empezaron a llamarme: “Juan, yo quiero que usted me haga un montaje. Es mi dinero. Si no lo quiere, está bien, dígame. Pero yo lo quiero a usted”, decían. Y así fue que monté mi compañía. Poco a poco empecé a escalar. Alquilé un apartamento. Lo diseñé. Detrás de mi cama tenía mi oficina. Y en ese entonces contraté al primer empleado y nos sentábamos ahí a trabajar. Y, poco a poco, progresamos.