“Así fue la cosa, la cosa fue así…”. La frase aparece apenas uno cruza el pasillo angosto de la Casa Museo Rafael Escalona, una casona amarilla con detalles blancos que resiste en una esquina del norte de Bogotá (carrera 11a No 113-9) rodeada ahora por edificios altos y vidrios modernos.
En uno de sus costados un mural replica la esencia del lugar y anticipa lo que viene adentro: no solo la historia de un compositor, sino la de un hombre que convirtió la vida cotidiana en memoria musical de Colombia.
El texto continúa como si el propio Rafael Escalona, nacido hacer cien años, en Patillal, corregimiento de Valledupar, el 26 de mayo de 1926 y fallecido en Bogotá, el 13 de mayo de 2009, estuviera recibiendo a los visitantes: “Dicen que fue un hacedor de canciones, agricultor, ganadero, diseñador, pintor, diplomático, silbador empedernido, amigo de mis amigos, amante de mi familia”.
LEA TAMBIÉN
Y quizá ahí empieza realmente la dimensión del personaje. Porque detrás del mito vallenato, del compositor inmortalizado por el cantante Carlos Vives y de la figura inseparable del Caribe colombiano, aparece un hombre doméstico, obsesivo con los detalles, enamorado de la conversación y profundamente familiar.
“Para mí siempre será más el papá que vivió en esta casa”, dice Carolina Escalona Zambrano mientras recorre los pasillos convertidos hoy en museo. Habla con una mezcla extraña entre orgullo y nostalgia, como quien todavía escucha pasos en habitaciones vacías. “Era un papá amoroso, pechichón, pendiente de nosotras. Muy de la casa”.
La vivienda conserva casi intacta esa intimidad. A la derecha de la entrada sigue la sala donde Escalona recibía a sus amigos; a la izquierda, el comedor familiar. En las paredes permanecen cuadros, fotografías, manuscritos y recuerdos de parrandas interminables. Hay un armadillo tallado en madera —el “jerre jerre”— que parece custodiar el lugar y un enorme mural pintado por el propio compositor donde aparecen representadas sus canciones: La casa en el aire, La golondrina, El indio de la sierra, La patillalera.
En sus últimos años, el maestro pintó un gran mural donde representa sus canciones. Foto:Casa Museo Escalona.
Todo allí contradice la idea reducida del músico sentado con un acordeón. Escalona ni siquiera tocaba uno. Componía silbando. Golpeaba las mesas con los dedos mientras amigos acordeoneros o guitarristas buscaban traducir la melodía que tenía en la cabeza. Después llegaba la letra. En la llamada sala del pensamiento podía pasar horas enteras encerrado con músicos y amigos hasta terminar una canción.
“Escalona no conocía el pentagrama”, cuenta Carolina. “Él componía era silbando y tocando sobre la mesa”. Tal vez por eso sus canciones parecen habladas antes que escritas. Como si hubieran nacido en medio de una conversación larga bajo el calor de una parranda. El vallenato de Escalona no estaba construido desde la técnica académica, sino desde la oralidad. Desde el relato.
La periodista musical Luisa Piñeros cree que ahí reside parte de su importancia. “Fue el gran relator de una época”, dice. “Gracias a él conocemos una Colombia rural, una cantidad de personajes y un Caribe que quedaron narrados a través de sus canciones”.
LEA TAMBIÉN
Escalona no era intérprete. Otros pusieron la voz. Primero fueron Bovea y sus Vallenatos, Los Hermanos Zuleta, Guillermo Buitrago o Diomedes Díaz, quienes llevaron sus composiciones a los discos y a las radios. Pero la gran explosión nacional llegó en 1991 con la serie Escalona, dirigida por Sergio Cabrera y protagonizada por Carlos Vives.
La producción no solo popularizó su obra entre nuevas generaciones: transformó para siempre la relación del país con el vallenato.
Carlos Vives interpretando a Escalona en la producción audiovisual sobre su historia. Foto:Caracol Televisión
En la Casa Museo todavía recuerdan cómo el propio Escalona eligió a Vives para interpretarlo. Lo llevó a Valledupar, le pidió cortarse el pelo, le mostró cómo vestirse y participó en la construcción del personaje. Carolina lo recuerda como una anécdota familiar más, aunque terminó convirtiéndose en uno de los momentos decisivos de la cultura popular colombiana.
La musicóloga Carolina Correa, líder del Centro de Documentación Musical de la Biblioteca Nacional, sostiene que el fenómeno Escalona no puede entenderse únicamente desde la música. “Todos los elementos se encontraron en el momento correcto”, explica. Habla de su capacidad para narrar la cotidianidad, de sus relaciones con intelectuales y políticos, y de la manera en que sus canciones terminaron dialogando con eso que después el mundo conocería como realismo mágico.
No es casual que Gabriel García Márquez aparezca constantemente en la historia de Escalona. Fueron amigos cercanos. El compositor acompañó al Nobel colombiano a Estocolmo en 1982 y terminó convertido en personaje de Cien años de soledad. Ambos entendieron que el Caribe no era solamente una región geográfica, sino una forma de contar la realidad.
El Premio Nobel Gabriel García Márquez es abrazado por el compositor Rafael Escalona. Foto:EFE/Ricardo Maldonado
Detrás del compositor admirado por presidentes, escritores y músicos también existía un personaje contradictorio, atravesado por los excesos y las pasiones que después terminarían apareciendo en sus canciones. Era mujeriego, parrandero, aficionado a las armas y amante de la noche larga. Su vida personal terminó siendo tan comentada como su propia obra. Se le reconocen cerca de veinte hijos y muchas de sus composiciones quedaron marcadas por sus innumerables relaciones amorosas.
LEA TAMBIÉN
Amigo de todos
La amistad fue uno de los grandes temas de su universo musical. Ahí aparece Jaime Molina, el pintor convertido en personaje inmortal de una de sus canciones más emblemáticas: “Recuerdo que Jaime Molina cuando estaba borracho, ponía esta condición”. Escalona convirtió a sus amigos en memoria cantada y sus parrandas en parte del archivo sentimental del Caribe colombiano.
También entendió muy pronto el valor de su obra. En una época en la que muchos compositores vallenatos no tenían control sobre sus canciones, Escalona defendió la importancia de los derechos de autor y de proteger legalmente su trabajo. Durante años defendió los derechos de autor de los músicos populares y llegó a ocupar la presidencia de la Sociedad de Autores y Compositores de Colombia (Sayco), desde donde insistió en la necesidad de reconocer económicamente el trabajo de los compositores vallenatos.
Y quizá ahí aparecía otra de sus contradicciones: detrás del hombre asociado a la bohemia existía alguien meticuloso con su legado.
Rafael Escalona es autor de, entre otras canciones, El testamento y La brasilera. Foto:Fundación Festival de la Leyenda Vallenata
Rafael Escalona también fue impulsor del Festival de la Leyenda Vallenata junto a Consuelo Araujonoguera y Alfonso López Michelsen, una iniciativa clave para consolidar el vallenato como tradición cultural organizada y de proyección nacional.
En las vitrinas del museo aparece otro Escalona menos conocido: diseñador, pintor, agricultor y escritor. Diseñaba la ropa que usaba, confeccionaba carteras y bolsos, hacía dibujos y se refugió en la pintura tras la muerte de Jaime Molina.
Carolina cuenta que, mientras su amigo vivió, Escalona evitó pintar por respeto. Solo después retomó esa faceta artística. En otra sala reposan los dibujos originales de Nicolás Lagartija, uno de sus libros. Los hizo junto a su nieto Juan Diego tras un síncope cardíaco en 2004.
La familia Escalona recuerda esa etapa como una lucha contra la depresión. Y la escena resume algo esencial del personaje: Escalona siempre encontró la manera de convertir la vida —incluso la enfermedad— en un relato.
LEA TAMBIÉN
La Fundación Escalona
La fundación que lleva su nombre busca preservar un archivo cultural que considera patrimonio del país. Ese incluye manuscritos, cartas, pinturas, fotografías, condecoraciones y grabaciones que hoy siguen siendo organizadas y restauradas. Durante la pandemia, la Fundación Rafael Escalona ganó una convocatoria de preservación patrimonial de la Fundación Latin Grammy y logró rescatar 170 piezas del archivo del compositor. Ese proceso permitió consolidar la actual Casa Museo.
La apuesta es convertirla en un espacio vivo. No solamente en un lugar para mirar vitrinas. Aquí todavía se hacen parrandas, recorridos musicales, talleres y encuentros culturales. En el comedor donde Escalona recibía a sus amigos continúan sirviéndose recetas costeñas y preparaciones heredadas de las matronas guajiras que frecuentaban la casa.
Hoy la mayor parte de su legado físico reposa en la Casa Museo, en la cual habitó sus últimos años. Foto:Andrea Moreno / EL TIEMPO.
La casa no es el único lugar donde Escalona volvió a sonar este mes. El centenario de su nacimiento ha reactivado conversaciones, archivos y homenajes alrededor de un compositor que todavía atraviesa la memoria cultural del país.
Con la declaratoria del Centenario Escalona, el Ministerio de las Culturas, las Artes y los Saberes reconoció a Rafael Calixto Escalona Martínez no solo como uno de los grandes compositores colombianos, sino como una figura esencial para comprender la tradición narrativa y musical del Caribe colombiano.
Desde el 20 hasta el 27 de mayo, la programación conmemorativa ha reunido conversatorios, sesiones de escucha y encuentros musicales alrededor de su obra.
A esos homenajes se suma la Biblioteca Nacional, que el próximo 27 de mayo realizará una sesión de escucha en vinilo dedicada a la obra de Escalona, acompañada de recorridos sonoros y exposiciones documentales alrededor de su archivo musical.
Cien años después de su nacimiento, el compositor vallenato Rafael Escalona parece menos una figura detenida en el pasado pues el país todavía escucha sus canciones para entenderse a sí mismo.