Richard Flórez, el profe que le pelea niños a la guerra

Hay lugares donde una cancha de fútbol es apenas una cancha. Y hay otros donde una cancha es la diferencia entre terminar estudiando o terminar empuñando un arma. Entre seguir vivo o no. En Quibdó, en medio de fronteras invisibles, el profe Richard Flórez decidió convertir un peladero en refugio.
Hace algunos años lo conocí allí para un reportaje con Noticias RCN, en uno de esos barrios donde el Estado suele llegar tarde o no llegar. Me dijeron: “Ojo, ahí hay un profe que vuelve las realidades adversas posibilidades”. Richard no entrenaba futbolistas. Entrenaba futuros distintos. Hoy está en ‘Los 40 de menos de 40’ para contar una historia que no habla solamente de deporte. Habla de violencia, desplazamiento, discapacidad, abandono estatal y, sobre todo, de una terquedad admirable por seguir creyendo que siempre vale la pena apostar por los demás.
Richard, antes de hablar de todo lo que haces por tantos niños, quiero empezar por ti. ¿Cómo fue tu infancia?
Fue una infancia feliz, hasta cierto punto, porque luego llegó la violencia. Yo nací en el Carmen del Darién, en el Chocó, y viví allá parte de mi niñez. Después, producto del conflicto, tuvimos que salir desplazados mis papás, mis siete hermanos y yo. Lo más duro fue ver cosas que un niño nunca debería ver: asesinatos delante de uno, el miedo de una comunidad reunida mientras mataban a alguien. Eso marca para siempre. Pero también aprendimos algo muy importante: la resiliencia. Mi familia nunca dejó que el dolor fuera el final de la historia.
¿Y qué pasó después de ese desplazamiento?
Llegar a Quibdó tampoco fue fácil. Nos encontramos con muchísimas dificultades, incluso discriminación. Pero terminé el bachillerato y luego tuve la posibilidad de probar suerte en el fútbol. Estuve en las divisiones menores de Millonarios, en Bogotá. Aprendí muchísimo de personas como Anthony de Ávila, Eduardo Orozco, Hernán Pacheco y Bonner Mosquera. Más allá del fútbol, me enseñaron disciplina, respeto y compromiso. Cuando regresé definitivamente a Quibdó miré mi barrio, mi comuna y entendí que, si yo había recibido tanto de otras personas, tenía la obligación de devolver algo. Ahí comenzó todo.
¿Cómo nació ese proyecto?
Empezamos con unos pocos niños del barrio. Después nos unimos con otros líderes comunitarios y poco a poco el proceso fue creciendo. Eso nació de entender que uno, como ciudadano, también debe aportarle a su gente. Nosotros no trabajamos para formar primero deportistas. Trabajamos para formar personas. Nos interesa saber si el niño durmió, si comió, cómo está su familia, si está estudiando, si necesita ayuda. El fútbol es apenas la excusa para construir un entorno protector. Cuando tú viniste hace algunos años viste exactamente eso: niños descalzos, sin guayos, sin uniforme, pero felices de tener un espacio donde sentirse seguros. Aquí lo importante nunca ha sido quién juega mejor. Lo importante es que ningún niño sienta que la violencia es la única opción.
Hoy tu comuna sigue siendo muy difícil…
Sí. En este momento operan tres grupos armados ilegales. Existen fronteras invisibles y muchos jóvenes crecen viendo a esos grupos como referentes. Por eso siempre digo que hablar de deporte también es hablar de paz. Uno no puede hacer un proceso de paz solamente hablando con quienes tienen las armas. Tiene que llegar a los barrios con oportunidades para quienes todavía están a tiempo. Si esos niños no encuentran deporte, cultura, educación o espacios seguros, alguien más va a llenar ese vacío. Y esa es una de las grandes fallas. A veces se habla de paz, pero no llega la oferta institucional a los barrios. No llegan programas sociales, no llega implementación deportiva, no llegan oportunidades reales. Y cuando llega algo, muchas veces no se articula con los líderes que conocemos el contexto.
Si esos niños no encuentran deporte, cultura, educación o espacios seguros, alguien más va a llenar ese vacío
¿Cuántos jóvenes crees que han pasado por tu proyecto?
Nunca he llevado la cuenta exacta, pero son muchísimos. Más de mil, seguramente. Y uno nunca alcanza a dimensionar el impacto que tiene. Hace poco iba por carretera hacia Medellín y, en un retén de la policía, un uniformado no dejaba de mirarme. Al final se acercó y me dijo: “Profe, muchísimas gracias por todo lo que ustedes hicieron por nosotros. ¿Se acuerda de mí?”. Yo no lo reconocí de inmediato porque han pasado muchísimos niños por el proceso. Él sí se acordaba perfectamente. Me dijo: “Gracias a usted y al profe Jimmy, que en paz descanse, yo estoy vivo. Si no hubiera sido por ustedes dos, hace rato estaría bajo tierra, porque habría cogido el camino equivocado”. Eso lo deja a uno sin palabras. A veces uno hace este trabajo y no dimensiona lo que significa. Pero cuando alguien aparece años después y te dice eso, entiendes que todo vale la pena.
Sé que también tienes otra historia que te llena de orgullo, profe Richard…
Sí. Uno de nuestros muchachos, Wilser Palacios, estuvo recientemente con la Selección Colombia sub-17 jugando en Medellín. Él salió de este proceso, de este barrio. Nosotros identificamos a los niños con talento y les ayudamos a encontrar el camino hacia clubes donde puedan seguir creciendo. Les facilitamos la ruta. Hablamos con amigos, buscamos cómo llevarlos a entrenamientos, cómo conseguir transporte, cómo apoyarlos. Cuando ustedes vinieron hace unos años, Wilser era uno de esos niños que ni siquiera tenía guayos. Recuerdo que la implementación deportiva que ustedes llevaron le sirvió muchísimo. Esas pequeñas ayudas cambian historias. Hoy incluso han existido conversaciones para que pueda seguir su proceso. Eso es un orgullo enorme.
Pero también has tenido pérdidas muy dolorosas
Claro. Uno de mis compañeros de este proceso, el profe Jimmy, fue asesinado hace dos años dentro de su casa. Eso me marcó muchísimo. En ese momento estuve a punto de dejar esta labor social. También tuvimos un muchacho que había estado en Millonarios, vino de vacaciones y desafortunadamente lo asesinaron. Son golpes muy duros. Después de eso muchas personas me dijeron que parara, que pensara en mi familia, que no siguiera. Pero otras me recordaron que esto no es un empleo. Es pasión. Y tenían razón.
Quiero hacerte una pregunta distinta. Tú ayudas a muchísima gente, pero ¿quién ayuda al profe Richard?
Esa pregunta siempre me cuesta. Yo soy padre cuidador. Tengo dos hijas gemelas de 13 años y una de ellas sufrió una meningitis tuberculosa cuando tenía ocho meses. Hoy tiene una discapacidad muy severa, grado cinco, y depende completamente de otra persona para todas sus actividades. Eso cambió mi vida. Durante muchos años viví entre Cali, Medellín y Bogotá buscando tratamientos para ella. Aprendí muchísimo gracias al Hospital Universitario del Valle, pero también entendí lo difícil que es cuidar a un hijo con discapacidad cuando uno no tiene un empleo estable. No cuento esto para generar lástima. Lo cuento porque miles de familias viven exactamente lo mismo, especialmente en departamentos como el Chocó, donde el acceso a rehabilitación y tratamientos especializados es muy limitado.
¿Qué necesita hoy tu familia?
¿Y qué necesita tu escuela deportiva?
Tenemos un sueño muy concreto. La comuna donde vivimos tiene cerca de 36.000 habitantes y no cuenta con un escenario deportivo público digno. Cuando cierran los pocos espacios disponibles, los niños rompen las mallas para entrar a jugar. Eso muestra la necesidad que hay. El famoso ‘peladero’ donde ustedes estuvieron sigue siendo nuestro lugar de encuentro. Quisiéramos convertirlo en una cancha adecuada para todos los niños del barrio. También necesitamos balones, uniformes, guayos e implementación deportiva. Cada balón aquí representa una oportunidad menos para la violencia.
Quiero terminar la entrevista con la misma pregunta con la que solemos cerrar estas conversaciones. ¿Qué le dices al joven que hoy siente que ya no vale la pena seguir luchando?
Que no tire la toalla. Siempre hay una salida. Dios siempre está ahí; a veces nos pone pruebas muy difíciles. Yo soy testigo de eso. Hay momentos en los que uno siente que todo está perdido, pero pasan. Y siempre aparece una motivación. Para nosotros, la motivación es ver a ese chico que logró estudiar, a esa niña que encontró un espacio seguro, a ese joven que hoy es policía, licenciado o profesional y está aportando a la sociedad. A quienes quieren rendirse les diría que es normal sentirse cansados, pero que no se queden ahí. Que recapaciten y entiendan que el país también los necesita. Uno puede convertirse en la oportunidad que alguien más estaba esperando.
***
Al despedirnos pensé otra vez en aquel peladero donde conocí a Richard hace algunos años. Sigue siendo el mismo terreno de tierra. Los niños siguen soñando igual de grande. Lo único que todavía hace falta es que el país decida ponerse, por fin, a la altura de esos sueños, porque si alguien ha demostrado que el deporte puede salvar vidas, es este profe del Chocó que lleva años peleándoles niños a la guerra y a los violentos y recordándonos que una cancha, cuando se mira con amor, también puede ser una forma de construir país.
José Manuel Acevedo
Fuente de TenemosNoticias.com: www.eltiempo.com
En la sección: EL TIEMPO.COM -Cultura
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