Un poeta, el segundo largometraje de Simón Mesa Soto, ganó en mayo el premio especial del jurado en la sección Una Cierta Mirada, del Festival de Cannes, en Francia. Ahora viene su estreno en el país y, por lo que dice la crítica, puede ser la primera película colombiana en mucho tiempo que se conecte con todo tipo de público; tiene humor, tiene ternura y unas grandes actuaciones. Esta es la historia de su director, un paisa de 39 años que, en ocasiones, se ve reflejado en el atormentado protagonista de la historia. Esta es su entrevista en la Revista BOCAS.
En La Riviera Francesa, cuando se presentó por primera vez Un poeta en el Festival de Cine de Cannes, Ubeimar Ríos, su protagonista, no había podido ver la película. Todo había sucedido muy rápido. Que la cinta hubiera estado editada para finales de mayo, cuando se realizó el popular festival —considerado el más importante del cine mundial— resultó una verdadera hazaña: se había filmado en apenas dos meses (enero y febrero del 2025), y el trabajo de posproducción para tenerla lista fue tan intenso que incluyó jornadas extenuantes de hasta 16 horas. “Terminamos de editarla en abril y la mandamos a Cannes cuando ya se había anunciado la selección oficial”, cuenta Simón Mesa Soto, el director. “Yo sabía que, después del anuncio, ellos dejan siempre algunos espacios para películas que no están terminadas y por eso escribí pidiéndoles que la consideraran”. Y entró.
Simón Mesa es la portada de la Revista BOCAS. Foto:Pablo Salgado / Revista BOCAS
Así que cuando llegaron al estreno oficial de la película, Ubeimar no había podido verse todavía en la pantalla. Ni siquiera pudo viajar a Francia el elenco completo: Rebeca Andrade, la joven que interpreta el papel de Yurlady, tuvo que quedarse en Colombia por falta de presupuesto. Tal vez por la premura con que se había hecho todo el proceso, ni Ubeimar ni Simón pudieron prever que el público estallaría en una larga ovación al terminar la proyección, ni tampoco que Un poeta resultaría ganadora del premio especial del jurado en la sección ‘Un Certain Regard’ (‘Una Cierta Mirada’), con un jurado presidido, entre otros, por la británica Molly Manning-Walker (directora de How to have sex, que también ganó el premio de ‘Un Certain Regard’ en el 2023), y la guionista y directora francesa Louise Courvoisier (directora de Mano a mano, otra película que recibió premio en Cannes, en el 2018).
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“Fue un momento bellísimo —recuerda Simón, rememorando la ovación—. Yo había trabajado mucho tiempo en ese guion y tenía claro que esta película era un riesgo. Sigo pensando que es una cinta rara, como deforme, y cuando la tuvimos lista estuvimos seguros de que solo tendríamos dos posibilidades: el público iba a amarla o a odiarla”.
Simón Mesa. Foto:Pablo Salgado / Revista BOCAS
Un poeta es el segundo largometraje de Simón Mesa Soto, un director de 39 años, pelo desordenado y bigote poblado, nacido en Medellín, quien ya había ganado la Palma de Oro en la 67 edición del Festival de Cannes gracias a un cortometraje titulado Leidi, presentado en el 2014. Leidi fue su trabajo de grado en la Escuela de Cine de Londres, a donde se fue a estudiar luego de graduarse en Comunicación Visual en la Universidad de Antioquia. El corto, de 16 minutos de duración, cuenta la historia de una joven madre de bajos recursos que busca a Alexis, el padre de su hija. La primera victoria en Cannes fue una sorpresa mayúscula para Simón: Leidi fue seleccionado finalista entre 3.400 cortometrajes de todo el mundo y ganar le supuso, además, una gran presión sobre sus hombros. “Ese premio fue completamente inesperado y la verdad fue que me revolcó un poco. A veces pienso que fue prematuro; yo todavía estaba en un proceso formativo y de pronto ya todo el mundo quería saber en qué andaba, qué estaba haciendo”, dice.
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Con esa presión encima, Mesa Soto filmó otro cortometraje titulado Madre, que aborda la explotación sexual en el Valle de Aburrá, antes de rodar Amparo, su primer largometraje. La película, que se estrenó en el 2021 en el Festival de Cine de San Sebastián (España), sigue a una madre soltera en la Medellín de los años noventa que busca a su hijo, reclutado por el Ejército en una de sus famosas “batidas” y al que amenazan con llevárselo a prestar servicio militar en el Caquetá. Amparo aborda la experiencia de muchas madres colombianas quienes, a través de pagos irregulares a miembros corruptos de las Fuerzas Militares, buscaban evitar que sus hijos se convirtieran en carne de cañón del Ejército en sus combates con las guerrillas.
A pesar de que la película ganó varios premios (entre ellos el Hugo de Plata en el Festival de Cine de Chicago, el premio del Jurado de la Crítica Internacional en el Festival de Cine de Lima y el galardón a Mejor Largometraje de Ficción en los Premios Macondo), para Simón representó un momento difícil. La llegada del coronavirus aplazó los tiempos de filmación y estreno, pero, sobre todo, supuso un esfuerzo enorme de financiación, en un momento en que la pandemia redujo los fondos gubernamentales destinados a la producción de cine en Colombia. Toda esa inestabilidad, sumada al gran esfuerzo de tiempo y dinero que requiere filmar una película en Colombia, lo llevaron a hacerse preguntas. “Cuando terminé Amparo dudé si debía hacer otra película o, más bien, dedicarme a la docencia para tener un poco más de estabilidad”, confiesa Simón. “Pensé que si me dedicaba solamente a enseñar cine a lo mejor mis ingresos iban a subir y no tendría que preocuparme más, pero pronto me di cuenta de que al final eran solo eso: pensamientos”.
Simón Mesa también es director de Amparo. Foto:Pablo Salgado / Revista BOCAS
Justo en ese momento se le atravesó la idea de hacer una película que recogiera todas sus dudas, miedos y frustraciones frente a las implicaciones de hacer arte en un país que no termina de valorarlo. Y así surgió la historia de Óscar Restrepo, un poeta venido a menos que añora reconocimiento mientras sigue viviendo con su señora madre, tiene serios problemas de alcoholismo y se enfrenta constantemente con sus hermanos, quienes lo consideran un vago bueno para nada. Obligado por su familia a encontrar un trabajo, Óscar aprovecha la oferta de un amigo de su hermana para convertirse en profesor de un colegio. Allí conoce a Yurlady, una joven que escribe poesía, y pronto se le mete en la cabeza la idea de ayudarle para, a través del arte, encontrar una salida al futuro al que parece destinada. Ese será el inicio de una relación que acabará llevando a Óscar por una espiral de eventos tan cómicos como desafortunados. “El poeta también soy yo. Hay mucho de mis frustraciones como escritor, de los años intentando hacer cine en Colombia, de las dudas, del deseo de no convertirse en otro profesor que soñó con filmar y no pudo. Esta película es también una forma de reírme de eso, de hacer algo punk, feo y hermoso a la vez”, dijo Simón en una de las primeras declaraciones que dio a la prensa luego de que la película ganara el premio en Cannes.
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Un poeta es una tragicomedia que se ríe de los artistas, de sus presunciones y su solemnidad, pero también de la sociedad, de nuestra idiosincrasia, de las relaciones familiares y hasta del feminismo, en algún punto. Esa es la fórmula: reírse de todo para mostrar una realidad que muchas veces resulta triste. “Es una gran película, con una sensibilidad especial y un personaje memorable. Logra, además, algo que muy pocas veces se alcanza: encontrar poesía y belleza en la marginalidad. Normalmente las películas marginales son duras, pero esta película alcanza esa belleza con humor, con ternura y con un tono alejado de la desesperanza”, dice el libretista y cineasta Dago García, uno de los pesos pesados de la industria. El éxito de la cinta reside en la manera de contar la historia, pero, sobre todo, en la gran interpretación del protagonista, un actor natural llamado Ubeimar Ríos, quien hasta antes de asumir el papel era un profesor de filosofía en Carmen de Viboral, en el oriente antioqueño, apasionado por el heavy metal y a quien Simón escogió luego de una larga búsqueda que por momentos parecía infructuosa.
Simón Mesa. Foto:Pablo Salgado / Revista BOCAS
Simón Mesa Soto es un tipo descomplicado. Llega a la sesión de fotos con ropa cómoda y, justo cuando se para frente a la cámara, se desordena el pelo. Hace chistes, se ríe de sí mismo como si fuera el poeta de su propia película. Pone de fondo una balada en inglés clásica de los años ochenta, que es importante en un momento de la cinta, mientras hace la mímica de cantarla. De lejos se ve que se siente cómodo en lo que hace; quizás por eso mismo cuesta creer que más de una vez haya pensado en abandonar el cine. Esta es la historia de un “pelado” que quería ser músico y terminó en Londres aprendiendo a dirigir películas. De “una persona reservada, algo callada por momentos, pero que sabe escuchar a la gente”, como dice su amigo y compañero Juan Sarmiento, director de fotografía de Amparo y Un poeta. Y de un director que, con apenas dos largometrajes, se consolida como una figura destacada del cine nacional.
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Empecemos hablando de Un poeta. ¿Por qué ha repetido varias veces que es su película más personal?
Quizás porque esta película empezó con el concepto de la frustración. Es frustrante entender que el proceso artístico es difícil y, sobre todo, que vivir del arte en Colombia es un privilegio. Yo vengo de una clase trabajadora paisa muy normalita, ando en bus y a pie, no tengo mayores privilegios. En mi caso, hacer cine es pura obstinación, terquedad, paciencia y obsesión, porque es muy fácil desertar. Yo estaba predestinado a ser un desempleado, porque primero quise ser músico antes de meterme al cine.
Y Óscar Restrepo tiene mucho de esa frustración, ¿verdad?
Claro. Además yo también soy “profe”. Siempre he dado cátedra, lo que significa que no estoy todo el tiempo en la universidad. Usualmente cojo cursos los lunes o martes, unas tres horas, y el resto de tiempo se lo dedico al cine. Lo que pasa es que hacer una película es como tener una empresa que no es rentable.
La figura del profesor es un elemento común entre ustedes dos…
Sí. En algún momento, sobre todo después de rodar Amparo, yo pensé en dejar de hacer cine y dedicarme solo a la docencia. Cuando contemplaba esa posibilidad, recordaba a los profesores que tuve cuando estaba en la universidad, hombres que vivieron su clímax artístico en la Medellín de los ochenta y noventa, una ciudad que tenía un acceso muy fácil a la bohemia. A muchos de ellos se los chuparon las drogas y la locura, y sucumbieron a esa bohemia “clichesuda” del artista. Eran esos “profes” que llegaban tarde, borrachos, con un golpe en la cara. Muchos de ellos fueron inspiración para el personaje de Óscar.
La película tiene mucho humor, y eso es valioso. Se ríe, por ejemplo, de toda esa solemnidad del arte y los artistas…
Uno ve el Festival de Poesía, por ejemplo, que se siente como tan importante, y se da cuenta de que los personajes que participan en este también son borrachos, llevados. Ese es el arte, en general. Yo usé la poesía para canalizar ese mundo, todo lo que implica ser un artista o, en mi caso, lo que implica ser cineasta y tratar de hacer una película. La idea era reírse de todo eso, generar comedia con ese tipo de elementos.
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Usted ha dicho que el cine es de personajes y es evidente que, en Un poeta, el personaje de Óscar es clave. ¿De dónde salió?
Para mí es fundamental crear buenos personajes, darles profundidad y definir muy bien quiénes son, porque así ellos mismos se encargan luego de empujar la historia. Óscar está lleno de contradicciones y eso me parecía importante mostrarlo: es un buen padre, pero le gana la bohemia y la embarra. En esas relaciones fraternales de Óscar hay muchas cosas que extraje de mi propia familia; por ejemplo, mi abuela se llamaba Teresita y tenía una relación con un tío que era igual a la de Óscar con su mamá. Una vez le hizo sacar un crédito para que comprara un carro viejísimo y él andaba por ahí en esa chatarra, así como hace Óscar en la película. Uno agarra elementos de muchas partes para construir los personajes.
Y la selección de Ubeimar Ríos, el actor, ¿cómo la hizo?
Me interesaba trabajar con el mayor número de actores posible antes de seleccionar al protagonista. Para mí no existe ninguna diferencia entre un actor natural y uno profesional porque no depende de quién interpreta al personaje, sino de cómo ese personaje se va formando en las personas que uno ve para interpretarlo. Hicimos muchas pruebas con actores profesionales y naturales en Bogotá y en Medellín, pero también con varios escritores y poetas que querían estar, entre ellos dos o tres conocidos. Al final, un día, un amigo me envió el perfil de Facebook de Ubeimar y me dijo: “mira, este puede funcionar como tu poeta”.
Simón Mesa. Foto:Pablo Salgado / Revista BOCAS
¿Y lo convenció?
No de entrada. Pero, con el tiempo, empecé a pensar que de pronto el poeta podría ser así de cómico como es Ubeimar, sobre todo en su forma de expresarse y de hablar. Al principio buscaba algo más sobrio, quizás más oscuro, pero cuando le hicieron la prueba de casting a Ubeimar, me di cuenta de que era bastante único. Un día me puse a “stalkearlo”, porque él tiene varios videos en YouTube en los que habla de filosofía, de poesía y de música, y entendí que quizás ese era el tono que buscaba para el personaje. Le hicimos otra prueba y fue entonces cuando vi que ese personaje tenía que ser cómico y así mismo debía ser la película. Decidí dejar entrar la comedia y reírme de todo en la película, lo cual es un riesgo, también, sobre todo en esta época tan implacable donde el juicio y el señalamiento están siempre ahí y en la que parece que no puede decirse nada en contra de determinados grupos sociales.
Esta película marca un poco de distancia con Amparo y los dos cortos que ha filmado, que abordan más la figura femenina y el tema de la violencia. ¿A qué se debe?
Yo creo que cada etapa tiene su momento. Por ejemplo, Leidi fue un corto que hice cuando estaba en la maestría estudiando cine y quería explorar todas esas circunstancias sociales en torno a Medellín y su dureza, representada a través de los jóvenes. Quería ver un poco más allá y explorar esas violencias pequeñas, silenciosas, que se representaban mucho más en ese personaje de Leidi. Siempre me han dicho que me enfoco en los personajes femeninos, como en el caso también de Madre, mi otro corto, y Amparo, la primera película, y por eso esta vez dije: “bueno, hagamos algo más raro, impredecible y libre, a ver qué pasa”.
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Por eso decía que Un poeta es una película rara…
Yo no quería enmarcarme en los caminos habituales del cine colombiano. Buscaba salirme de un molde y eso fue muy difícil porque, para financiarse, las películas requieren de moldes. Eso hace que haya proyectos más “vendibles” que otros, y con Un poeta ese tema resultó muy complicado. Me preguntaban, por ejemplo, dónde estaba Colombia en la película. ¿Qué podía decir yo ahí? Fue una lucha mostrar que hay una diversidad de historias, de personajes. Que no siempre hay que mostrar la Colombia que afuera esperan ver.
¿Cómo es un día suyo cuando no está trabajando en una película? ¿Qué hace después de dar clases?
A mí me gusta aprovechar las mañanas para escribir. Trato de que el acto de escribir sea un oficio, y para eso me pongo horarios y lo hago con disciplina. Ahora no estoy dando clases, así que en las mañanas me levanto, hago unos estiramientos y me siento detrás del escritorio que tengo en mi oficina. Usualmente escribo hasta el mediodía y luego me voy en bicicleta a almorzar a la casa de mi mamá, que es cerquita. Ya en las tardes sí me dedico más a todo lo que tiene que ver con las películas, reuniones con los socios, producción, y ese tipo de cosas. Pero suelo escribir varias cosas al tiempo, distintas ideas.
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¿Qué escritores le gustan?
Varios. Me gusta mucho Alice Munro (la premio Nobel canadiense), el tono que les da a sus historias. Cuando empecé a trabajar en el guion de Un poeta, por ejemplo, releí Almas en pena, chapolas negras, de Fernando Vallejo, y de ahí saqué toda la obsesión del personaje de la película por José Asunción Silva. De esas biografías de Vallejo extraje varios elementos. También de El mensajero, que es la de Porfirio Barba-Jacob.
Echemos un poco para atrás en el tiempo. ¿Cómo fue su infancia?
Crecí básicamente con mi mamá. Soy el menor de tres hijos, hombres todos. Siempre digo que mi mamá fue como Erin Brockovich (la heroína de la película protagonizada por Julia Roberts, que enfrenta a una gran multinacional por un caso de contaminación de aguas), una asesora de seguros que sacó a sus hijos adelante sola. Desde muy chiquito me metí a clases de guitarra con mi hermano el del medio, porque a él le gustaban mucho Pink Floyd, Black Sabbath, Los Beatles. Tenía muchos casetes. Yo crecí influenciado por esas bandas y empecé a irme hacia la música. Recuerdo que nos metíamos a cursos en Comfama, en Medellín. Eso me generó un amor muy profundo.
Simón Mesa. Foto:Pablo Salgado / Revista BOCAS
¿Y en qué momento apareció el cine?
Quería ser músico, pero cuando estaba terminando once empecé a darme cuenta de que había que escoger una carrera. Como ya tenía una banda pensé que de pronto no era necesario estudiar música, así que me metí a Comunicación Audiovisual en la Universidad de Antioquia. Hasta entonces nunca había visto el cine como una opción; yo veía muchas películas, Tarantino, Spielberg, Los Goonies, pero no me había imaginado que pudiera meterme por ahí. Poco a poco fui viendo en la carrera materias de sonido, de fotografía, de documental y empecé a interesarme. Todo se dio de manera muy accidental. No he dejado la música, eso sí: a veces toco con amigos por ahí. Me gustaría ser como Emir Kusturica, el cineasta serbio que tiene su banda, la No Smoking Orchestra, y da conciertos.
¿Alguno de sus hermanos se fue también por alguna rama del arte?
Ninguno. Yo no vengo de una familia donde el arte haya sido muy importante, entonces no, ninguno se dedicó a eso. Por ahí tengo un bisabuelo que fue fotógrafo en Medellín, nada más.
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¿Alguna vez ha tenido que trabajar en algo que no le guste por esa presión de tener que hacer dinero?
La verdad es que no. Yo he sido siempre muy austero. He pasado momentos en los que he tenido muy poca plata, pero eso es algo que en realidad no me estresa. No tengo grandes responsabilidades. A lo mejor no he tenido familia por eso, y también porque suelo ser bastante obsesionado con este oficio del cine. Con la docencia, más que hacer dinero, encuentro gratificante ese contacto con las nuevas generaciones y el hecho de aprender de personas con otras visiones y tendencias generacionales.
Después de la universidad se fue a Londres, a estudiar cine en la London Film School…
Terminé la carrera con muchas ganas de seguir explorando el cine. Sentía que todavía necesitaba entenderlo mucho más, porque no era lo que había estudiado, entonces empecé a buscar becas y salió una que me permitió quedarme tres años en Londres. Ahí conocí mucho más el cine. Fue una época de mucha experimentación, de ver muchas películas. Me obsesioné. Leidi fue el proyecto de grado de esa maestría.
Pero ya antes había hecho algunos cortos, ¿no?
Sí, pero casi nadie los había visto porque no los compartía. Hay uno que se llama Puta ciudad, que es horrible. Lo hice en la universidad. Lo chistoso es que hoy me gusta mostrárselo a mis estudiantes para que vean que uno empieza mal y hace cosas feas. A veces las universidades buscan que lo que hacen los estudiantes sea perfecto y por eso meten mano para ayudarlos, pero a mí me gusta dejarlos que se equivoquen. Es importante sentir el error porque ahí es donde uno aprende. A mí me sigue pasando. Yo le tengo un amor muy fuerte a Amparo, mi primer largometraje, pero sé que su imperfección me enseñó muchas cosas. Creo que hay que abrazar la imperfección de las películas; hacer una cinta perfecta es imposible.
Y, sin embargo, ganó pronto con Leidi un premio importante en Cannes. ¿Qué sintió?
Fue una gran sorpresa. Uno sueña con esas cosas, no lo puedo negar, porque el artista es narcisista por naturaleza y quiere que a la gente le guste lo que hace, que conecte. Fue una gran plataforma, pero yo era todavía muy joven y eso representó también una presión.
¿Qué han significado los premios?
Es curioso porque a veces parece que tuviera una gran trayectoria gracias a los premios, pero la verdad es que yo solo he hecho dos películas. Sigo aprendiendo. La mayoría de quienes hacemos cine en Colombia estamos aprendiendo a contar historias, y si tenemos tres películas es mucho. Seguimos entendiendo el cine. Lo bello de que a una película le vaya bien, de que gane premios y de que a la gente le guste, es que te permite seguir haciendo cine. Ese es el gran triunfo.
¿Recuerda alguna anécdota en especial de las dos veces que ha ganado en Cannes?
La primera vez que gané con Leidi fue todo muy sorpresivo, yo no esperaba ganar y por eso cuando subí al escenario, en medio de la ovación, quedé helado: me entregó el premio el iraní Abbas Kiarostami, un director increíble que admiro muchísimo. Recuerdo que cuando salimos por detrás del escenario tuve la oportunidad de cruzar unas palabras con él y eso para mí fue una emoción enorme. Un recuerdo muy bello.
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¿Qué viene después de Un poeta?
Hay un montón de cosas por hacer y eso me emociona. Quiero jugar con los géneros, explorarlos. Tengo un guion de terror que me gustaría hacer, aunque no sé si es el momento.
¿Cuáles son sus referencias? ¿Algún director o película favoritos?
Hay muchos. En cada proceso siempre tengo de referencia una película o un director distinto. Digamos que No country for old men me parece una película completa. Cuando estaba haciendo Un poeta, por ejemplo, me parecía interesante Close up, del iraní Abbas Kiarostami. Ese director siempre me ha encarretado, aunque el primero que me encantó, por sus películas tan raras, fue David Lynch.
Por último, ¿qué opinión tiene del cine colombiano?
A mí me gustan mucho las películas previas a la ley de cine actual: La mansión de Araucaima, Rodrigo D o La gente de la Universal. Ahora también hay cosas muy interesantes. Creemos que el cine colombiano siempre busca los mismos temas, pero eso no es verdad.
MARTÍN FRANCO
REVISTA BOCAS
Simón Mesa es la portada de la Revista BOCAS. Foto:Pablo Salgado / Revista BOCAS