Crítica de ‘Las corrientes’: la crisis de identidad a través de una experiencia sensorial con homenaje al Vértigo de Hitchcock

La cineasta argentino-suiza Milagros Mumenthaler exhibe en Las corrientes su extraordinaria capacidad para explorar los territorios más íntimos de la experiencia humana. La directora apuesta por un estilo valiente y sacrifica cualquier concesión comercial en favor de un relato profundamente introspectivo, hasta el punto de que el espectador puede pasar casi el primer cuarto de hora del largometraje —de 104 minutos— sin escuchar una sola palabra y apenas sin comprender dónde se encuentra la protagonista o qué le sucede.
Mumenthaler renuncia deliberadamente a cualquier planteamiento complaciente con el espectador o la taquilla y reconoce que su forma de ganarse la vida no depende de su cine. «Para mí es como un hobby», nos confiesa. El resultado es una obra de precision, con casa encuadre y cada plano estudiados hasta un punto de perfeccionismo casi Kubrickisno.
Es una película elegante y exigente, que no siempre resulta sencilla de ver. Sin embargo, posee la virtud de transformar una crisis de identidad en una experiencia cinematográfica de enorme riqueza sensorial. Una película que no pretende ofrecer respuestas cerradas, sino invitar al espectador a sumergirse (¡oops!) en la incertidumbre y descubrir, junto a su protagonista, que incluso las vidas aparentemente perfectas esconden corrientes invisibles capaces de cambiarlo todo.
Tras el reconocimiento internacional obtenido con Abrir puertas y ventanas, la directora firma una obra de gran sofisticación formal que combina drama afectivo y psicológico, reflexión existencial y una puesta en escena de enorme riqueza visual para retratar el derrumbe silencioso de una mujer que ha dejado de reconocerse en la vida que ha construido.
La protagonista, Lina (Isabel Aimé González Sola), es una prestigiosa diseñadora de moda que, desde el exterior, parece haber alcanzado el éxito profesional y personal. Está casada con Pedro (Esteban Bigliardi), ambos disfrutan de una posición acomodada y tienen una hija pequeña. Todo parece indicar que vive una existencia plena. Sin embargo, bajo esa aparente estabilidad comienza a abrirse una grieta imposible de ocultar.
La directora, que vivió en Suiza, niega cualquier referencia autobiográfica. Pero el punto de inflexión llega durante un viaje a Ginebra, donde Lina, la protagonista, recibe un importante premio internacional. Antes incluso de regresar al hotel, arroja el trofeo a una papelera y abandona discretamente la ceremonia. Poco después, en una de las secuencias más impactantes del filme, se lanza desde un puente al río Ródano. Mumenthaler filma el salto con una distancia casi clínica: la protagonista aparece como un pequeño punto de color aguamarina precipitándose sobre las frías aguas del río, una imagen tan contenida como profundamente perturbadora.
La película nunca muestra el rescate. El siguiente plano presenta a Lina entrando en el vestíbulo de un hotel envuelta en una manta térmica, como si aquel episodio hubiera quedado suspendido en un espacio difícil de explicar. De regreso a Buenos Aires, intenta recuperar la normalidad junto a su marido y su hija, pero pronto desarrolla una intensa hidrofobia que altera por completo su rutina. Evita ducharse, descuida su aspecto físico y comienza a experimentar una creciente desconexión con el mundo que la rodea.
Sin embargo, el relato no se centra exclusivamente en el trastorno psicológico. Mumenthaler explica que utiliza esa fobia «como la manifestación visible de un conflicto mucho más profundo». Las corrientes reflexiona sobre «la identidad, el deseo, la presión de los modelos de éxito y la dificultad de seguir interpretando un papel cuando uno deja de reconocerse en él», señala la directora en una entrevista concedida a elEconomista.
La realizadora evita ofrecer respuestas inmediatas. Al igual que Lina, el espectador avanza entre incertidumbres, compartiendo una sensación permanente de desajuste que nunca llega a encontrar una explicación definitiva. Esa decisión narrativa convierte la película en una experiencia «profundamente inmersiva, donde la puesta en escena resulta tan importante como los propios acontecimientos», explica Mumenthaler.
Uno de los mayores logros del filme reside precisamente en su lenguaje audiovisual. El elaborado diseño sonoro amplifica ruidos cotidianos y los combina con pasajes de música clásica para traducir el estado mental de la protagonista. Al mismo tiempo, la realizadora construye imágenes de gran belleza que parecen situarse constantemente entre la realidad y la percepción subjetiva.
Especialmente significativa resulta la presencia del agua. «Es el gran símbolo de la película. Lo que inicialmente aparece como el escenario de un intento de suicidio termina transformándose en el elemento que articula toda la evolución emocional de Lina», afirma la directora. «El agua representa tanto el miedo como la posibilidad de una transformación interior y funciona como una metáfora del cambio que la protagonista aún no sabe cómo afrontar».
Igualmente relevantes son las relaciones que mantiene con las distintas mujeres que aparecen en su entorno. Su joven asistente, una costurera y su propia suegra ofrecen perspectivas muy diferentes sobre la maternidad, el trabajo, la independencia y las distintas maneras de habitar el mundo. «Más que personajes secundarios, funcionan como espejos en los que Lina contempla distintas posibilidades de sí misma y diferentes formas de entender la identidad femenina», señala Mumenthaler.
Entre las imágenes más memorables sobresale la utilización del Palacio Barolo y su emblemático reflector, cuya presencia adquiere un poderoso valor simbólico. En una de las secuencias más bellas de la película, la luz que proyecta el edificio dialoga con el estado emocional de la protagonista en un montaje de gran fuerza poética que sintetiza visualmente su proceso de transformación.
Aunque algunos momentos evocan inevitablemente el universo de Alfred Hitchcock —especialmente Vértigo y Marnie—, la sensibilidad de Mumenthaler se aproxima más al universo introspectivo de Virginia Woolf y al cine sensorial de Lucrecia Martel.
No obstante, la introducción de una explicación más concreta relacionada con la historia familiar de Lina reduce parcialmente la ambigüedad que había sostenido buena parte del relato y resta fuerza a una propuesta que funciona mejor cuando permanece instalada en el misterio y la sugerencia.
Pese a ello, Las corrientes es una película de enorme personalidad. Isabel Aimé González Sola ofrece una interpretación contenida, llena de matices y silencios (quizá demasiados), que convierte a Lina en un personaje que a veces está como muerta; una mujer tan desconcertante como Kim Novack en Vértigo.
Fuente de TenemosNoticias.com: www.eleconomista.es
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