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Economía y Finanzas

Cuba despide a los ‘gallegos’ y deja vía libre a los hoteles ‘gringos’

📅 🕐 hace 5 min🔗 Fuente: eleconomista.es🕑 5 min de lectura
Cuba despide a los 'gallegos' y deja vía libre a los hoteles 'gringos'
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Durante tres décadas y media, las grandes hoteleras españolas parecían inamovibles en Cuba. Meliá, Iberostar, Barceló y NH construyeron la mayor red hotelera extranjera de la isla y se convirtieron en el principal socio internacional del turismo cubano. Sin embargo, apenas han bastado unas semanas de presión política por parte de Estados Unidos para provocar un repliegue total de las grandes firmas baleares. Su salida deja además un vacío que, si algún día cambia el escenario político entre Washington y La Habana, podría ser aprovechado por las grandes cadenas hoteleras estadounidenses.

Marriott, Hilton, Hyatt o Wyndham llevan décadas sin poder desarrollar una presencia significativa en Cuba debido al embargo comercial impuesto por Washington. Sólo la primera tuvo un intento que fracasó en 2020, tras la vuelta de Trump al poder. Esa misma estrategia ha terminado expulsando a las compañías españolas del mercado cubano y podría allanar el camino para que, en un futuro escenario de apertura, sean sus grandes competidores estadounidenses quienes ocupen ese espacio.

El precedente más cercano se encuentra en Venezuela. Tras la captura de Nicolás Maduro por parte de Estados Unidos y el inicio del proceso de transición política, Washington flexibilizó parte de las restricciones sobre el sector energético y abrió la puerta al regreso de las petroleras estadounidenses. Chevron ha sido la principal beneficiada, reforzando su producción en el país, mientras compañías como ExxonMobil o ConocoPhillips estudian nuevas inversiones a la espera de más estabilidad. El proceso ilustra cómo un cambio de escenario político puede alterar rápidamente el reparto empresarial de un mercado estratégico.

Si un escenario similar llegara algún día a Cuba, las hoteleras estadounidenses partirían con una importante ventaja competitiva gracias a su proximidad geográfica, su capacidad financiera, sus programas de fidelización con decenas de millones de clientes y sus acuerdos con las principales aerolíneas y plataformas de distribución turística.

La ofensiva contra las hoteleras españolas comenzó el pasado mayo, cuando la Administración Trump endureció su política hacia La Habana y puso el foco sobre Gaesa, el conglomerado empresarial controlado por las Fuerzas Armadas cubanas y propietario de buena parte de los hoteles gestionados por cadenas extranjeras. Washington dio un ultimátum para que las empresas internacionales rompieran cualquier relación comercial con el grupo si querían evitar exponerse a sanciones.

Los primeros movimientos llegaron con cuentagotas. Iberostar anunció que abandonaba los doce hoteles que gestionaba junto a Gaviota, la división turística de Gaesa, aunque mantendría otros seis establecimientos vinculados a Cubanacán y Gran Caribe. Meliá hizo un movimiento similar y dejó de administrar los quince hoteles asociados al conglomerado militar, conservando el resto de su cartera. Barceló, cuyos contratos estaban firmados con Gran Caribe, defendía entonces que podía continuar operando porque no mantenía relaciones con Gaesa y confiaba en permanecer en la isla hasta el vencimiento de sus contratos en 2027.

Pero el margen duró unas semanas. La Administración estadounidense amplió posteriormente las restricciones al Ministerio de Turismo cubano (Mintur), elevando la inseguridad jurídica para cualquier operador extranjero que siguiera desarrollando actividad en la isla. La presión alcanzaba así a toda la estructura turística estatal.

A partir de ese momento, las estrategias de resistencia dejaron de tener sentido. Meliá comunicó el cese de toda su actividad en Cuba alegando «notables dificultades» operativas, legales, económicas y financieras. Iberostar también dejó de operar y comercializar en la isla, incluidos los hoteles que inicialmente habían quedado fuera del alcance de las sanciones. Barceló, que esperaba abandonar Cuba en 2027 cuando expiraran sus contratos con Gran Caribe, terminó adelantando también su salida y dejó de aceptar reservas en su último establecimiento operativo.

La presión de EEUU encontró además un terreno especialmente favorable por la situación que atravesaba el turismo cubano. La crisis energética, los apagones, la escasez de combustible, la caída de la conectividad aérea —tras la salida de Iberia, sólo Air Europa mantiene la conexión con escala— y el desplome de la llegada de visitantes habían deteriorado la rentabilidad del negocio. Las propias cuentas de Meliá ya describían un contexto de «elevada incertidumbre», mientras que Iberostar, pese a seguir obteniendo beneficios en 2024, acabó concluyendo que el nuevo escenario hacía inviable mantener su presencia en la isla.

En apenas unos meses, Estados Unidos consiguió lo que durante más de tres décadas parecía improbable: provocar la salida de las compañías que habían construido el liderazgo extranjero del turismo cubano desde principios de los años noventa. Un mercado que ahora queda prácticamente huérfano de operadores internacionales. Si cambia el escenario político, ese vacío podría convertirse en la oportunidad para quienes llevan décadas esperando poder entrar en uno de los últimos grandes mercados turísticos del Caribe.

Las cifras del hundimiento del turismo cubano tras la pandemia

Cuba atraviesa la peor crisis turística de las últimas décadas. Tras alcanzar cerca de 4,7 millones de visitantes internacionales en 2018, la recuperación posterior a la pandemia nunca llegó a consolidarse. La isla recibió alrededor de 2,2 millones de turistas en 2024 y cerró 2025 por debajo de los dos millones, muy lejos de los niveles previos al covid.

El desplome ha venido acompañado de una reducción de las conexiones aéreas, apagones recurrentes, escasez de combustible y dificultades para garantizar el suministro a hoteles y servicios turísticos. Las consecuencias también se reflejan en la ocupación. Según los últimos datos oficiales, los establecimientos apenas llenan una cuarta parte de sus habitaciones, uno de los niveles más bajos del Caribe. La caída de la demanda ha obligado a mantener los hoteles cerrados durante largos periodos y ha reducido la rentabilidad de los complejos que siguen abiertos.

Este deterioro del mercado, unido al endurecimiento de las sanciones estadounidenses, ha terminado acelerando la salida de buena parte de las cadenas hoteleras internacionales presentes en la isla.

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