La sequía del ‘carry trade’ japonés es el cisne negro más oscuro que vemos

Si tuviese la oportunidad de hacer una portada The Economist al estilo de algunas míticas que tenemos en la cabeza, como la de Angela Merkel y el Partenón replicando Apocalypse Now o en la que la S se cae a Spain y queda solo pain (dolor) con un toro de lidia; me encantaría pintar una bomba en forma de dibujo animado de Paco Ibáñez con la mecha encendida y la bandera de Japón.
Que se seque el ‘carry trade’ por excelencia, el dinero que los inversores nipones destinan a financiar la economía mundial para sacar rentabilidad frente a la inexistencia de intereses de su deuda, puede ser el cisne negro de mercado. Despreciamos que la diferencia entre todos los activos en los que invierten los japoneses en el extranjero menos la totalidad de su deuda alcanzó un récord cercano a los 4 billones de dólares. Pero una parte de este dinero está retornando al país del sol naciente por la sencilla razón de que antes se marchaba por la necesidad de encontrar rentabilidades apetecibles frente al yermo de la deuda local. Y, esto último, ha dejado de suceder. En el año, el bono japonés ha pasado de ofrecer una rentabilidad del 1% al 2%, después de haberse pasado una década -desde finales del 2014-, ofreciendo a sus compradores menos de medio punto de rentabilidad anual por comprarlo.
Con una rentabilidad del 2% son muchas las aseguradoras, planes de pensiones y fondos de inversión que no van a encontrar tanto sentido a emigrar, sobre todo porque, aunque el rédito parezca algo inferior al que ofrece un bono estadounidense al 4% o los treses largos de un español, francés o italiano, hay que descontar la cobertura de divisa que tienen estos embarques. Superar el 2% para el bono japonés es un territorio desconocido en todo este siglo por lo que hay una generación de gestores nipones de renta fija que sólo han vivido de hacer carteras comprando fuera de sus fronteras.
El impacto que podría tener la detonación de la bomba de deuda japonesa en el conjunto del mercado lo desconocemos -tendría que acercarse la rentabilidad al 3%-. Pero todos sabemos las reglas de la oferta y la demanda. Y el repliegue de los tenedores de deuda japoneses va a coincidir con la necesidad de los gobiernos de refinanciar las elevadísimas deudas públicas y la salida de mucho papel al mercado de compañías tecnológicas de altísima calidad para financiar su inversión en IA.
Si ya sabemos que en Europa el foco de preocupación en renta fija seguirá puesto en la deuda francesa, donde es previsible que continúe el estresamiento del último año, hay que confiar que la bomba japonesa no explosione. Sólo sea una amenaza. Si es así, 2026 será un año aceptable para la renta fija, en el que se cobrarán cupones para batir a la inflación, y habrá poco que ganar en la curva de precios.
Fuente de TenemosNoticias.com: www.eleconomista.es
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