Por qué los robots nos obligarán a redescubrir qué significa ser humano

El día que conocí mi reemplazo. El 17 de noviembre de 2017 vi por primera vez al robot humanoide Atlas de Boston Dynamics hacer una voltereta hacia atrás. No fue el movimiento acrobático lo que me heló la sangre. Fue la elegancia. La misma elegancia con la que mi abuelo, albañil durante 40 años, colocaba cada ladrillo con precisión milimétrica. Solo que Atlas nunca necesitaría descansar. Nunca se quejaría del dolor de espalda. Nunca pediría un aumento. En ese momento entendí que estamos presenciando algo más profundo que una revolución tecnológica. Estamos ante el espejo que finalmente nos obligará a responder: ¿Qué nos hace irremplazablemente humanos cuando las máquinas pueden replicar hasta nuestros gestos más sutiles?
Este miedo al reemplazo no es nuevo. De hecho, hemos vivido esta historia antes, pero casi nadie la recuerda correctamente. La paradoja del cajero automático (y por qué todos se equivocan con los robots).
En 1967, cuando Barclays instaló el primer cajero automático del mundo en Londres, los sindicatos bancarios predijeron el apocalipsis laboral. «En 20 años,» declararon, «no quedará un solo cajero humano.»
Cincuenta años después, Estados Unidos tiene más cajeros bancarios que nunca en su historia.
¿Qué pasó? Los cajeros automáticos redujeron tanto el costo de abrir sucursales que los bancos abrieron más oficinas. Y los cajeros humanos, liberados de contar billetes todo el día, se convirtieron en asesores financieros, gestores de relaciones, solucionadores de problemas complejos. El ATM no eliminó al cajero humano; lo ascendió.
Pero aquí está el giro que nadie ve venir con los robots humanoides: no estamos hablando de reemplazar una tarea. Estamos hablando de reemplazar un cuerpo entero. Y eso cambia absolutamente todo.
El gran malentendido: No es sobre empleos, es sobre la física misma.
Imagina por un momento que mañana descubriéramos cómo eliminar la gravedad. No mejorarla o reducirla. Eliminarla completamente. ¿Cuántas industrias desaparecerían? ¿Cuántas nacerían? ¿Cómo cambiaría la arquitectura, el transporte, incluso el arte?
Los robots humanoides son exactamente eso para el trabajo físico: la abolición de una ley fundamental que ha gobernado la civilización humana durante 300,000 años.
Desde que el Homo Sapiens talló la primera herramienta, hemos estado limitados por una ecuación brutal:
Ambición = Músculos disponibles x Horas de vigilia
Los egipcios necesitaron 100.000 personas durante 20 años para construir la Gran Pirámide. Los romanos movieron legiones enteras para construir acueductos. Incluso Elon Musk, con toda su tecnología, todavía necesita miles de trabajadores para ensamblar cada Tesla.
Pero, ¿qué sucede cuando esa ecuación se rompe? ¿Y cuando el trabajo físico se vuelve tan abundante como el aire que respiramos?
Tres futuros que nadie está imaginando (pero deberíamos).
Permitidme tres escenarios para un futuro sin esfuerzo físico que ayuden a ilustrar mi argumentación:
El Renacimiento de los Artesanos ImposiblesZhang Wei, de 34 años, soñaba con crear esculturas cinéticas del tamaño de edificios que respondieran al estado emocional de las ciudades. Imposible, le dijeron. Necesitarías 50 ingenieros, 200 trabajadores, millones en capital.En 2029, Zhang dirige una «orquesta» de 500 robots desde su apartamento en Shanghai. Sus esculturas ahora adornan 30 ciudades. No lo ha conseguido porque sea rico (los robots se alquilan por horas), sino porque la barrera entre imaginar y crear ha desaparecido.
Los Guardianes del CaosMaría Silva se gradúa en 2032 con un título que no existía cinco años antes: «Arquitecta de Sistemas Caóticos». Su trabajo: diseñar la imprevisibilidad en un mundo hiperoptimizado por robots.¿Por qué esto es necesario? Porque descubrimos que los humanos se deprimen en entornos perfectamente eficientes. Maria introduce «ineficiencias calculadas» – un robot que ocasionalmente toma el camino largo, una línea de ensamblaje que varía su ritmo como un latido cardíaco. Es la profesional mejor pagada de su empresa.
El Proyecto Marte (que en realidad es sobre la Tierra)2040: Un equipo de 10 personas y 10.000 robots construyen la primera ciudad marciana. Pero el verdadero descubrimiento no está en Marte. Está en los barrios marginales de Mumbai, las favelas de Río, los campos de refugiados de Siria.Si podemos construir una ciudad en Marte con robots… ¿por qué hay alguien sin hogar en la Tierra? La respuesta a esa pregunta no será tecnológica. Será profunda y dolorosamente humana.
El test del espejo
Hay un experimento mental que propongo en mis consultorías:
Imagina que mañana despiertas y hay un robot idéntico a ti sentado al borde de tu cama. Puede hacer todo tu trabajo físico, ir a todas tus reuniones aburridas, limpiar tu casa, incluso hacer ejercicio por ti (transfiriendo mágicamente los beneficios a tu cuerpo).
¿Qué harías con tu día?
La mayoría se queda en blanco durante los primeros 30 segundos. Luego empiezan las respuestas tímidas. «¿Leer?», «¿pasar tiempo con mi familia?», «¿aprender a tocar el piano?»
Pero después de una semana de respuestas, surge algo más profundo: «Intentaría entender por qué existo.»
Y ahí está. Enterrada bajo capas de supervivencia económica y rutina diaria, la pregunta que los robots nos obligarán a enfrentar: Si no somos la suma de nuestro trabajo físico, ¿qué somos?
La última frontera
En 1969, Neil Armstrong pisó la Luna y declaró: «Un pequeño paso para el hombre, un gran salto para la humanidad.»
Estaba equivocado en algo fundamental. La Luna era la última frontera para la carrera espacial pero no para el ser humano. La última frontera nunca estuvo en el espacio. Siempre estuvo aquí, en el espacio entre nuestras orejas, en las preguntas que hemos pospuesto durante milenios porque estábamos demasiado ocupados sobreviviendo.
Los robots humanoides no son el enemigo de la humanidad, son el espejo más honesto que hemos creado. Un espejo que refleja nuestras habilidades o nuestra capacidad de mover objetos de un lugar a otro. Un espejo que solo refleja aquello que ninguna máquina podrá replicar jamás:
Nuestra capacidad de preguntarnos por qué vale la pena mover algo en primer lugar.
Y quizás, solo quizás, cuando dejemos de definir nuestro valor por lo que nuestras manos pueden construir, finalmente descubriremos lo que nuestras mentes han estado esperando crear.
La revolución no está llegando. Ya está aquí.
La pregunta no es si estás listo. La pregunta es: ¿Tienes el coraje de descubrir quién eres realmente cuando ya no puedes esconderte detrás del trabajo?
El futuro no necesita tus músculos. Necesita significado. Y eso, querido humano, es lo único que nunca podrán automatizar.
Fuente de TenemosNoticias.com: www.eleconomista.es
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