De la trascendencia a la memoria: Aznavour

Después de recorrer la Pasión y la Resurrección, podría pensarse que todo lo que sigue pertenece a otro plano, más ligero, más cotidiano. Pero no necesariamente.
La música sacra nos confronta con lo absoluto. Nos eleva. Nos obliga a mirar más allá de nosotros mismos. Pero la vida, la que vivimos todos los días, transcurre en otro territorio: el del amor, la pérdida, la memoria, el paso del tiempo.
En ese espacio, pocas voces han sido tan honestas como la de Charles Aznavour.
Lo escuché una vez en vivo, en Nueva York, en el Madison Square Garden. Desde entonces, no lo oigo igual.
No hay en él el desgarro teatral de otros ni la elegancia distante de algunos. Hay algo más difícil: la verdad sin adornos. Aznavour canta como quien recuerda, como quien ha vivido lo suficiente para no exagerar.
Tal vez por eso sus canciones no impresionan de inmediato: permanecen.
Y en esa permanencia hay algo profundamente humano, una forma de reconciliación con la vida tal como es.
La bohème.
For me formidable
Les Comédiens
Je m’voyais déjà
Hier encore
Il faut savoir
Et pourtant
Emmenez-moi
Comme ils disent
La mamma
Désormais
Non je n’ai rien oublié
She
Tous les visages de l’amour
Mes emmerdes
Une vie d’amour con Mireille Mathieu
Que c’est triste venise
Ave Maria
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