¿Versión o reinterpretación? El dilema de “Frankenstein” de Guillermo del Toro
Hablar de “Frankenstein” nos lleva inmediatamente a pensar en torres, fuego, tormentas; en Boris Karloff y a recordar la frase: “¡Está vivo!”. Es un relato que, de forma atrevida, podríamos inferir que su creadora, Mary Shelley, no imaginó cuán profundo calaría en la cultura moderna y contemporánea.
“Frankenstein o El Prometeo moderno” nació de un reto literario de Byron a sus amigos Mary Shelley y John Polidori, con quienes pasaba un verano en Suiza. De ese desafío, del dolor, de la pérdida de su hija y de una pesadilla, la joven Shelley concibió el relato de un hombre empeñado en abrogarse el don de la vida, desafiar a la muerte y que, en su manía, creó una criatura sin nombre que se convertiría en su peor pesadilla.
Con esta idea se hicieron muchas versiones al cine, más enfocadas en mostrar el terror que la sustancia de la historia, buscando más gritos que reflexión y dejando la médula del relato a una segunda o tercera capa de atención. Sin embargo, desde los años 90, con la versión dirigida y protagonizada por Kenneth Branagh junto a Robert De Niro como la criatura, el cristal para ver a “Frankenstein” cambió y surgieron nuevas versiones y reinterpretaciones. Obras donde no solo se adaptaba la historia, sino que se aventuraba a mostrar puntos de vista distintos, como en la excéntrica “Víctor Frankenstein” o “Yo, Frankenstein”, que introdujo a la criatura a un universo de ángeles y demonios.
En esta pléyade de versiones, ahora surge una nueva producción dirigida por Guillermo del Toro, un realizador fascinado con los monstruos, con los marginados; un paladín de los incomprendidos que ha encontrado en “Frankenstein” puntos que lo llevaron a construir su propia óptica del relato de Mary Shelley.
Conversando con la artista plástica venezolana Urania Urdaneta logramos un consenso sobre la validez de la reinterpretación del arte y cómo esto no va en detrimento de la obra original, sino que, por el contrario, le da otro matiz. Asimismo, y en debate entre críticos, mi colega Catherine Medina asomaba su punto de vista sobre que lo de Del Toro funcionaba más como un filme adaptado a su visión, en el que busca amoldar a los personajes del relato original a su forma particular.
Con estas opiniones, ¿podríamos hablar de un “Frankenstein” en el “DelToroVerso”? Es muy posible y válido.
Don Guillermo ha forjado un relato con realización excelsa. El diseño de la producción, el sonido, la fotografía y efectos especiales orgánicos han logrado una referencia audiovisual digna de apreciarse y que tiene la impronta de su creador de principio a fin, con una fórmula estupenda.
La actuación de Jacob Elordi ha sido una maravilla. El joven intérprete se luce como la criatura y su preparación le ha valido un personaje sensible, imponente, oscuro, doloroso y cuyo lenguaje corporal expresa más que sus palabras.
Por su parte, Oscar Isaac luce a medias. Un Víctor maniático, cruel e innecesariamente intrigante que no termina de convencer, al igual que la Elizabeth de Mia Goth que aparece poco tiempo, pero cuyo carácter tiene falencias en su desarrollo, dejándola de menos.
En el todo, Guillermo Del Toro logró una obra a su modo, con sus reglas y, como obra artística que es, tiene elementos objetivos que funcionan perfectamente y la llevan a ser una película bien lograda, sólida, con un ritmo y una impronta. También tiene elementos subjetivos: las modificaciones que hizo el autor a la obra original con el fin de llevarla a su campo de realización, y allí es donde, quien escribe, no conectó con ella.
El “Frankenstein” de Guillermo del Toro se aleja de lo gótico, es más introspectivo, más psicológico que terrorífico y es válido, pero parece un pecado haber privado a la criatura de su rasgo de maldad y de venganza para dejarlo como una versión edulcorada del niño herido. Y es que, en el relato de Shelley, este ser opta en un punto por pasar de víctima a victimario sin remordimientos porque, como bien dice la obra: “Tengo un amor que ni te imaginas y una rabia que no te lo creerías. Si no puedo saciar el uno, me voy a dar gusto con el otro”.
La conexión con el arte es subjetiva y va de cada uno. Aunque la película no sea del gusto de este escritor, la recomiendo en aras de que cada quien se forje su opinión y se atreva a encontrar los factores que la hacen de su gusto o de su desagrado. Es un fenómeno que permite alejarnos de los mensajes publicitarios y de mentalidad de colmena para profundizar en un debate sobre el gusto, sobre un filme que JAMÁS podremos decir que falla, funciona, se mueve, puede gustar o no, pero tiene todo; nació de la mano de Guillermo del Toro, quien unió las partes, las cosió, las sometió a la electricidad y que ahora, con gusto, puede gritar: “¡Está vivo!”.
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