Descubren una nave corsaria del siglo XIX con el casco de cobre que podría reescribir la historia de la independencia de Brasil

Bajo las aguas turbias del río San Francisco, a escasos 50 metros de la orilla de Neópolis, en el estado brasileño de Sergipe, descansa un enigma de madera y cobre. A no más de diez metros de profundidad y amenazados por el expolio, se encuentran los restos de un barco armado que han pasado los últimos 200 años sumergidos en silencio. Ahora, los arqueólogos del Laboratório de Arqueologia de Ambientes Aquáticos (LAAA) de la Universidad Federal de Sergipe recuperan este vestigio decimonónico que podría reescribir la historia en los márgenes de la Independencia de Brasil.
El naufragio de Neópolis se identificó formalmente en 2017, durante una operación de vigilancia preventiva en el río. A principios de los años 2000, ya se habían extraído ilegalmente cinco piezas de artillería del lecho fluvial, que se dispersaron entre coleccionistas privados e instituciones culturales. Ese expolio (un desastre para la arqueología contextual, como señala el estudio publicado en el Journal of Maritime Archaeology (2026) por el equipo liderado por Bava de Camargo) fue, paradójicamente, el primer indicio de que algo extraordinario yacía en el fondo de las aguas.
¿Qué hacía un barco de guerra revestido con planchas de cobre en un tramo del río de importancia secundaria frente a puertos como Salvador, Maceió o Recife? La respuesta apunta a los años convulsos de la Guerra Cisplatina (1825-1828), el conflicto que se libró entre el Imperio del Brasil y las Provincias Unidas del Río de la Plata. El naufragio de Neópolis podría ser un fragmento olvidado de las luchas por la independencia del país.
El naufragio de Neópolis se identificó formalmente en 2017, durante una operación de vigilancia preventiva en el río. ¿Qué hacía un barco de guerra revestido con planchas de cobre en un tramo de un río secundario?

Un río que fue frontera y campo de batalla
El río San Francisco, también conocido comoVelho Chico u Opará, fue durante siglos mucho más que una arteria fluvial. Marcó el límite entre las capitanías de Bahía y Pernambuco y separó el Brasil holandés del ibérico en el siglo XVII. Sus orillas, de hecho, se convirtieron en una zona de fuerte tensión armada durante décadas. En el periodo de la Independencia (1822-1824), ese dinamismo se reavivó: la desembocadura del río se convirtió en el escenario de las disputas entre los oligarcas locales, las milicias y las fuerzas navales de un imperio en construcción.
Dos siglos después, el proyecto Movimentos de Independência no Baixo Rio São Francisco, financiado por la agencia brasileña CAPES, busca cartografiar ese patrimonio sumergido desde las perspectivas que ofrece la arqueología del paisaje cultural marítimo. El equipo de investigación persigue como objetivo último vincular los objetos recuperados con los procesos históricos en los que participaron. Y el naufragio de Neópolis constituye la pieza más llamativa de ese rompecabezas.
El proyecto Movimentos de Independência no Baixo Rio São Francisco busca cartografiar ese patrimonio sumergido desde las perspectivas que ofrece la arqueología del paisaje cultural marítimo.

Los cañones, delatores de una historia compleja
Pese a la pérdida de contexto, el análisis de las piezas expoliadas aportó datos cruciales. Los tres cañones de Aracaju son de hierro. Se trata de un mortero u obús de probable origen inglés o neerlandés (finales del siglo XVII o principios del XVIII), un cañón de 4 libras de origen posiblemente francés (1680-1700) y un robusto cañón de 6 libras inglés del patrón Armstrong (1727-ca.1780). En Penedo, por su parte, se conservan dos cañones ingleses de 4 libras más, uno de diseño Borgard (1714-1722) y otro de tipo Armstrong.
La longitud de las piezas, de entre 125 y 162 centímetros, sugiere que se trata de artillería propia de embarcaciones pequeñas. Un cañón de 40 centímetros colocado entre muñones habría podido utilizarse como pieza giratoria en la cubierta. Este detalle encaja con la descripción de un barco americano con cinco cañones y una pieza giratoria que se avistó en el puerto de Santos en diciembre de 1825, semanas antes de que se produjera el naufragio en la costa sergipana.
La longitud de las piezas, de entre 125 y 162 centímetros, sugiere que se trata de artillería propia de una embarcación pequeña.

1826: el corsario que encalló en los manglares
En marzo de 1826, los periódicos O Verdadeiro Liberal y Diário Fluminense publicaron la noticia del naufragio de un barco corsario en la costa de Santa Isabel, frente a la desembocadura del río San Francisco. La embarcación perseguía a una sumaca mercante cuando ambas quedaron varadas en los manglares. La hipótesis más sólida del estudio ha identificado los restos hallados en Neópolis como una embarcación corsaria americana, que fue liberada del manglar y se remolcó hasta el puerto de Vila Nova de Santo Antônio, donde acabó hundiéndose.
La campaña corsaria que precedió a la declaración formal de guerra fue liderada por el bergantín General Lavalleja, de 182 toneladas y origen baltimorense. Ese buque, sin embargo, regresó a Argentina en enero de 1826 y naufragó allí: por este motivo, los estudiosos han concluido que no puede tratarse del pecio de Neópolis. Sin embargo, el General Lavalleja se había reunido con al menos cuatro barcos más; el naufragio sergipano correspondería, muy probablemente, a uno de ellos.
La embarcación perseguía a una sumaca mercante cuando ambas quedaron varadas en los manglares.

Cobre, madera y un timón casi intacto
El rasgo constructivo más llamativo del pecio es su revestimiento metálico. Las planchas de aleación de cobre del casco presentan entre un 95% y un 99% de pureza, según los análisis por espectroscopía de rayos X (EDX) realizados en el Laboratorio de Cristalografía de la Universidad Federal de Alagoas. Esta pureza sitúa la construcción del barco después de las primeras experiencias exitosas con el cobre en la Royal Navy (fragata Alarm, 1761) y antes de la difusión masiva del metal Muntz, una aleación de 60% cobre y 40% zinc que se inventó en 1832. La cronología de los materiales, por tanto, parece coherente con la hipótesis del corsario de 1826.
En 2023, se localizó el timón. Enterrado parcialmente y recubierto de cobre, se presentaba en un excelente estado de conservación. Su forma redondeada recuerda a las balandras, los cúteres y las goletas americanas. Las maderas del casco se fabricaron con árboles del género Pinus, propio del hemisferio norte, lo que refuerza la idea de un origen norteamericano de la embarcación. El campo de escombros (el área que contiene los desechos de un pecio) alcanza 40 metros de largo por 12 de ancho, con la mayor concentración en un espacio de entre 19 y 28 metros por 6 o 7 metros. Según los expertos, estas dimensiones corresponderían a un casco esbelto y veloz.
El rasgo constructivo más llamativo del pecio es su revestimiento metálico con cobre de gran pureza.

Un patrimonio amenazado
Aunque la cercanía del yacimiento a la orilla urbana facilita la vigilancia, también expone el yacimiento a la erosión, las aguas residuales, el tráfico fluvial y el expolio. Brasil aún no ha ratificado la Convención de la UNESCO sobre el Patrimonio Cultural Subacuático de 2001, lo que deja a yacimientos como el de Neópolis en una situación de vulnerabilidad legal. El equipo del LAAA trabaja con el ayuntamiento local para instalar un sistema de vigilancia permanente y convertir el sitio en un referente nacional.
Referencias
- Bava de Camargo, P. F., Santos, L. F. F. D., Martins, T. G. y Rambelli, G. 2026. «Underwater Archaeology in the Lower São Francisco River: The Neópolis Shipwreck, Sergipe, Brazil (Eighteenth–Nineteenth Centuries)». Journal of Maritime Archaeology, 21, 21. DOI: https://doi.org/10.1007/s11457-026-09512-7
Fuente de TenemosNoticias.com: muyinteresante.okdiario.com
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