El 47% de los loros usa nombres propios: el estudio que revela cómo identifican a individuos como humanos

Los loros que conviven con personas llevan años sorprendiendo por su capacidad de imitar palabras. Sin embargo, esa habilidad siempre ha estado rodeada de una duda persistente: ¿repiten sonidos sin comprenderlos o hay algo más detrás de lo que dicen? La cuestión no es menor, porque toca uno de los rasgos más característicos del lenguaje humano: la capacidad de referirse a individuos concretos mediante nombres.
Un nuevo estudio publicado en PLOS One se adentra en esta pregunta desde un enfoque poco habitual. En lugar de observar a los animales en la naturaleza, analiza cómo usan el lenguaje humano en contextos cotidianos. Esto permite explorar no solo si reconocen nombres, sino también cómo los emplean en situaciones sociales reales, abriendo una ventana distinta a la cognición animal.
Qué significa tener un “nombre” en el lenguaje
En los humanos, los nombres propios cumplen una función muy específica: identificar a un individuo concreto dentro de un grupo. No son etiquetas genéricas, como “perro” o “persona”, sino referencias únicas. Este matiz implica procesos cognitivos complejos, ya que el cerebro debe asociar una palabra concreta a un solo ser y distinguirla de otras.
El propio estudio lo explica con claridad: “Los nombres propios para personas son etiquetas vocales aprendidas […] y se usan por los humanos para organizar interacciones sociales tanto al hablar con alguien como al hablar sobre alguien”. Esta doble función —dirigirse a alguien y referirse a alguien ausente— es clave para entender la importancia de los nombres.
Durante décadas, los científicos han buscado comportamientos similares en animales. Se han identificado señales acústicas que permiten reconocer individuos, como las vocalizaciones de delfines o elefantes, pero eso no equivale exactamente a usar nombres. Reconocer no es lo mismo que etiquetar activamente a otro individuo con una señal específica.

Un estudio masivo con loros que viven con humanos
Para abordar esta cuestión, los investigadores analizaron datos de más de 1.200 loros, de los cuales 884 aportaban información útil sobre su repertorio vocal. En lugar de experimentos controlados, utilizaron encuestas detalladas realizadas por personas que conviven con estas aves, lo que permitió reunir una muestra mucho más amplia de lo habitual.
Este enfoque tiene una ventaja clara: captura comportamientos espontáneos en contextos reales, como saludos, despedidas o peticiones de atención. En total, se identificaron más de 800 frases que incluían nombres, lo que proporciona una base sólida para analizar patrones de uso.
El estudio señala que “los resultados indican que los loros en cautividad aprenden y usan nombres en una variedad de situaciones”, lo que sugiere que no se trata de casos aislados. Además, los datos abarcan decenas de especies distintas, lo que refuerza la idea de que esta capacidad no es exclusiva de unos pocos ejemplares excepcionales.
Pero más allá de la cantidad de datos, lo relevante es el contexto: cómo, cuándo y para qué usan esos nombres. Es aquí donde empieza a aparecer la parte más interesante del hallazgo.
Cuando los nombres empiezan a funcionar como etiquetas individuales
El dato central del estudio aparece al analizar cómo se utilizan esos nombres. Aproximadamente el 47% de los loros analizados incluía nombres en su repertorio, pero no todos los usaban de la misma manera. La clave está en distinguir entre simple repetición y uso funcional.
En algunos casos, los loros empleaban nombres de forma coherente con el comportamiento humano. Por ejemplo, llamaban a una persona concreta cuando la veían o pedían atención usando su nombre. Esto encaja con lo que los investigadores consideran uso “apropiado”, es decir, cuando el nombre se asocia correctamente con un individuo específico.
Más allá de eso, hay ejemplos aún más reveladores. El estudio documenta situaciones en las que los loros aplican nombres de forma consistente a un solo individuo, incluso cuando hay varios similares alrededor. Esto apunta a un nivel más avanzado: el uso “individualizado”. Como explica el artículo, “los informes sugirieron que los loros aplicaban nombres apropiadamente como etiquetas vocales para humanos y animales”.
Algunos comportamientos son especialmente llamativos. Hay loros que llaman por su nombre a alguien que no está presente, lo que sugiere una representación mental del individuo ausente. Otros utilizan distintos nombres dentro de una misma frase según a quién se dirijan, algo muy cercano a la flexibilidad del lenguaje humano.

Errores, aprendizajes y usos inesperados
No todos los usos de nombres encajan con las normas humanas. De hecho, una parte importante de los datos muestra usos que podrían considerarse “incorrectos”. Por ejemplo, muchos loros dicen su propio nombre para llamar la atención, algo que en humanos adultos no es habitual.
Lejos de ser un problema, estos casos ofrecen pistas valiosas. Indican que los loros no solo repiten palabras, sino que experimentan con ellas en función de sus objetivos sociales. Decir su propio nombre puede ser una estrategia eficaz si eso provoca una respuesta en las personas.
El estudio también señala que algunos loros utilizan nombres como si fueran categorías, aplicando el mismo nombre a varios individuos similares. Esto sugiere que el proceso de aprendizaje no siempre es perfecto, pero sigue una lógica: intentar asignar significado a los sonidos que escuchan.
Además, muchos nombres parecen aprenderse por observación indirecta. Por ejemplo, un loro puede decir “quieto, Rufus” al perro, imitando lo que ha oído a los humanos. Esto implica que no solo aprenden de interacciones directas, sino también de conversaciones ajenas.
Qué nos dice esto sobre la mente de los animales
El estudio no afirma de forma definitiva que los loros entiendan los nombres como los humanos, pero sí aporta una evidencia importante: tienen la capacidad necesaria para hacerlo. Como señalan los autores, “esto sugiere que los loros tienen la capacidad cognitiva y vocal para usar nombres”.
Este punto es clave. Durante mucho tiempo, se ha debatido si los animales pueden manejar conceptos abstractos como la identidad individual. Los resultados apuntan a que, al menos en ciertos contextos, los loros pueden establecer vínculos entre sonidos y seres concretos de forma flexible.
Además, el hecho de que este comportamiento aparezca en múltiples especies sugiere que podría estar relacionado con características más generales, como la vida social compleja o la capacidad de aprendizaje vocal.
En última instancia, el estudio deja abiertas muchas preguntas. ¿Hasta qué punto comprenden realmente lo que dicen? ¿Podrían desarrollar sistemas de “nombres” propios en la naturaleza? Aunque no hay respuestas definitivas, los datos muestran algo claro: la frontera entre el lenguaje humano y la comunicación animal es más difusa de lo que parecía.
Fuente de TenemosNoticias.com: muyinteresante.okdiario.com
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