Hace 5.500 años enterraron a una adolescente con los huesos de su padre sobre el pecho y el ADN acaba de revelar por qué

Un antiguo cementerio en la isla de Gotland, en el mar Báltico, ha obligado a replantear cómo se organizaban algunas de las últimas comunidades cazadoras-recolectoras de Europa. En Ajvide, un yacimiento con decenas de tumbas excavadas desde los años ochenta, aparecieron varios enterramientos dobles y triples que desconcertaron a los arqueólogos. En uno de ellos, una adolescente fue depositada boca arriba, y sobre su cuerpo se colocaron huesos desarticulados de otro individuo. Durante mucho tiempo, la interpretación se apoyó únicamente en la posición de los restos y en los objetos funerarios.
Un nuevo estudio genético, publicado en Proceedings of the Royal Society B, ha analizado el ADN antiguo de 34 individuos asociados a la llamada «cultura de los vasos con hoyos» (Pitted Ware Culture, PWC). El trabajo combina datos genómicos, dataciones por radiocarbono y análisis isotópicos para explorar cómo se estructuraba esta sociedad y qué papel desempeñaban los vínculos biológicos en sus rituales funerarios. La pregunta de fondo no es solo quién era quién en esas tumbas, sino qué nos dice eso sobre la organización social, la memoria familiar y las normas de pertenencia en una comunidad que vivió hace unos 5.500 años.
Un cementerio excepcional para entender a los últimos cazadores-recolectores
Gotland ofrece una oportunidad poco habitual para estudiar poblaciones cazadoras-recolectoras del Neolítico. A diferencia de otras regiones europeas, donde los enterramientos son escasos o están muy fragmentados, Ajvide conserva un conjunto amplio y bien documentado de tumbas. La cultura PWC, activa entre aproximadamente 3400 y 2200 a.C., coexistió con comunidades agricultoras en Escandinavia, pero mantuvo una economía centrada en la caza de focas, la pesca y el aprovechamiento de recursos marinos.
Los autores recuerdan que estudiar el parentesco en sociedades de cazadores-recolectores ha sido complicado por la falta de grandes cementerios contemporáneos. En el artículo señalan que «acceder a este conocimiento para poblaciones prehistóricas cazadoras-recolectoras ha sido un desafío porque se han encontrado pocos conjuntos extensos de enterramientos». Ajvide rompe esa limitación. Con 76 enterramientos bien documentados, de los cuales varios contienen más de un individuo, el yacimiento permite analizar de forma sistemática la estructura interna de la población.
Además, la variabilidad en las prácticas funerarias según edad y sexo ya había sugerido la existencia de algún tipo de organización social. Sin embargo, distinguir entre vínculos biológicos y relaciones sociales construidas culturalmente es difícil solo con la arqueología. El ADN antiguo aporta una herramienta cuantitativa para medir distintos grados de parentesco, desde familiares de primer grado —como padres e hijos— hasta relaciones más lejanas.

Mezcla genética y tamaño de población
El estudio no se limitó a identificar parentescos concretos. También examinó el origen genético general de estas personas. Los análisis mostraron que la población PWC de Gotland presentaba una ascendencia dual. Según el artículo, los análisis «revelaron una ascendencia dual de la PWC de Gotland, mostrando aproximadamente un 80% de ascendencia asociada a grupos anteriores de cazadores-recolectores mesolíticos y un 20% con grupos agricultores».
Esto significa que, aunque la cultura PWC mantuvo un modo de vida basado en la caza y la pesca, su historia genética incluía aportaciones de poblaciones agricultoras neolíticas. No obstante, no se detectó flujo genético significativo procedente de otros grupos posteriores asociados a las estepas euroasiáticas. El patrón sugiere interacciones selectivas, donde algunas conexiones se tradujeron en mezcla biológica y otras no.
Los investigadores también analizaron las llamadas “regiones de homocigosidad” del genoma, segmentos donde las dos copias de ADN son idénticas. Este tipo de análisis permite estimar el tamaño efectivo de la población y detectar posibles matrimonios entre parientes cercanos. Los resultados indican una población relativamente pequeña a largo plazo, pero sin señales claras de consanguinidad extrema reciente. Es decir, aunque el grupo no era numeroso, no practicaba de forma habitual uniones entre familiares muy cercanos.
Cuando el ADN entra en la tumba
La parte más reveladora del estudio llegó al comparar individuos enterrados juntos con los enterrados por separado. Los autores lo expresan con claridad en el artículo: «Todos los individuos enterrados juntos estaban estrechamente emparentados entre sí, incluyendo parientes de primer, segundo y tercer grado, y mostraron una relación genética significativamente elevada». Y añaden: «Esto demuestra que la relación genética desempeñó un papel definitorio en el ritual de enterramiento conjunto y se extendió más allá de los parientes de primer grado«.
En la práctica, esto significa que las personas depositadas en la misma fosa no eran simples vecinos o miembros indistintos de la comunidad. Eran familiares, aunque no siempre en el sentido más inmediato. En una tumba se identificó a dos niños como hermanos completos, mientras que la mujer adulta enterrada con ellos no era su madre biológica, sino probablemente una tía paterna o una medio hermana. En otras fosas, los vínculos correspondían a primos o parientes de tercer grado.
El caso que da título a este artículo corresponde a una adolescente enterrada con huesos desarticulados de un hombre adulto. El análisis genético permitió determinar que ese hombre era su padre. Los huesos habían sido depositados de forma secundaria, lo que sugiere que el padre murió antes y fue trasladado posteriormente a la tumba de su hija. No se trató de un simple entierro simultáneo, sino de una acción deliberada que implicaba memoria y reconocimiento del linaje.
Este patrón no se limitó a relaciones padre-hija. En conjunto, los datos indican que el criterio para compartir tumba no era solo la proximidad temporal de la muerte, sino la pertenencia a una red familiar más amplia. El propio artículo subraya que «la relación genética desempeñó un papel definitorio«, lo que implica una conciencia activa de quién pertenecía a qué familia.

Niños, mujeres y memoria familiar
Un aspecto llamativo es la sobre representación de subadultos en los enterramientos múltiples. En la mayoría de las tumbas dobles o triples había al menos un niño. El estudio señala que esta asociación es estadísticamente significativa. Sin embargo, las madres biológicas no aparecieron enterradas junto a esos menores en los casos analizados. Esto descarta una explicación simple basada en la muerte conjunta de madre e hijo.
Los autores proponen que la combinación de edad y parentesco biológico influyó de manera decisiva en las decisiones funerarias. La colocación secundaria de huesos, como en el caso del padre de la adolescente, indica que la comunidad mantenía un recuerdo activo de sus muertos. No hay señales de marcadores visibles permanentes sobre las tumbas, lo que implica que la localización y significado de cada enterramiento se transmitían mediante memoria colectiva.
En cuanto a las diferencias por sexo, los datos sugieren que las relaciones estrechas detectadas entre adultos varones podrían apuntar a algún tipo de residencia patrilocal, es decir, que los hombres permanecieran en su lugar de origen y las mujeres se desplazaran. No obstante, el tamaño de muestra es limitado y los autores son prudentes en sus conclusiones. Lo que sí queda claro es que el género, por sí solo, no explica la organización de los enterramientos múltiples.
Una sociedad que reconocía vínculos más allá del núcleo familiar
El hallazgo más importante no es solo que padre e hija compartieran tumba, sino que el patrón general muestra una concepción amplia de la familia. Las relaciones de segundo y tercer grado —tíos, sobrinos, primos— también eran relevantes. Según el artículo, «la relación genética desempeñó un papel definitorio en el ritual de enterramiento conjunto y se extendió más allá de los parientes de primer grado».
Este matiz es clave. En muchas sociedades modernas, el núcleo familiar inmediato domina las prácticas cotidianas. En Ajvide, hace 5.500 años, la pertenencia a un linaje más extenso parece haber sido igualmente significativa. La colocación de huesos secundarios, la elección de compañeros de tumba y la repetición de ciertos patrones indican que el parentesco biológico era un eje organizador de la vida y de la muerte.
El caso de la adolescente y su padre no es una excepción aislada, sino parte de un sistema coherente. El ADN no solo identificó una relación concreta, sino que permitió reconstruir un modelo social en el que la memoria genealógica tenía peso ritual. Así, la tumba deja de ser un simple depósito de restos humanos para convertirse en un espacio donde se escenificaba la pertenencia a una familia reconocida y recordada.
Referencias
- Mattila, T. M., Fraser, M., Koelman, J., Krzewińska, M., Ivarsson-Aalders, M., Götherström, A., Jakobsson, M., Storå, J., Günther, T., Wallin, P., & Malmström, H. (2026). Genetic relatedness mattered in the co-burial ritual of Neolithic hunter–gatherers. Proceedings of the Royal Society B: Biological Sciences, 292: 20250813. https://royalsocietypublishing.org/rspb/article/293/2065/20250813/480372/Genetic-relatedness-mattered-in-the-co-burial.
Fuente de TenemosNoticias.com: muyinteresante.okdiario.com
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