La acrópolis, de lugar de libertad a emblema del tirano: un sorprendente estudio reescribe la historia de este símbolo griego

Cuando un turista la contempla desde abajo, difícilmente imagina que la palabra que la designa encierre siglos de conflicto, opresión y orgullo cívico. La Acrópolis de Atenas es, en el imaginario popular, sinónimo de Grecia, de democracia y de grandiosidad reluciente bajo el sol mediterráneo. Un estudio reciente, publicado en The Annual of the British School at Athens y firmado por Robin Rönnlund, investigador de la Universidad de Gotemburgo, demuestra que esa imagen es tan poderosa como capciosa. El término «acrópolis», de hecho, siguió a lo largo de la Antigüedad una trayectoria semántica mucho más accidentada de lo que la tradición académica ha querido reconocer.
El trabajo de Rönnlund parte de una evidencia sorprendente: a pesar de que las acrópolis son elementos omnipresentes en la arqueología griega, casi ningún diccionario enciclopédico les dedica una entrada propia. La palabra se da por sabida, por obvia, por universal. Sin embargo, esa aparente obviedad esconde una trampa. Según el autor del trabajo, durante décadas, los estudiosos han proyectado sobre el término una narrativa histórica (la del rey prehistórico que gobernaba desde la colina y la de la democracia que luego descendió al llano) que carece de todo respaldo en las fuentes antiguas.
El estudio, por tanto, tiene como objetivo desmantelar ese relato y reconstruir, a partir de los textos, los significados reales que la palabra «acrópolis» tuvo en la Antigüedad. Para ello, Rönnlund rastreó todas las apariciones del término en las fuentes literarias y epigráficas, desde Homero hasta el siglo II d.C.: 133 acrópolis distintas mencionadas en los textos y un vocablo cuya carga simbólica no dejó de transformarse a lo largo de diez siglos.
El estudio, por tanto, tiene como objetivo desmantelar ese relato y reconstruir, a partir de los textos, los significados reales que la palabra «acrópolis» tuvo en la Antigüedad.

Un nombre más antiguo que la democracia
La etimología ya depara su primera sorpresa. Según argumenta Rönnlund, «acrópolis» no significa exactamente «ciudad alta» o «ciudad superior», como suele traducirse. El componente akros indica más bien «extremo» o «límite», mientras que polis designaba originalmente no una ciudad, sino una fortaleza. Así parece confirmarlo la etimología comparada a partir del védico pūr y del pilìs o pils de las lenguas bálticas.
La palabra apareció en los textos griegos precisamente para distinguir ese recinto amurallado en altura de los asentamientos en la ladera o la llanura. El hecho de que el propio Tucídides llamara a la acrópolis ateniense simplemente «la polis» reforzaría la idea de que ambos términos compartieron durante siglos un significado originario común: el de bastión en las alturas.
La palabra «acrópolis» apareció en los textos griegos para distinguir el recinto amurallado en lo alto de los asentamientos en la ladera o en la llanura.

Símbolo de libertad… y de tiranía
En la poesía clásica, la acrópolis aparece como emblema de orgullo cívico y libertad. Destruirla equivalía a la rendición total. Una inscripción funeraria hallada en Opus, en la Lócride oriental, celebra al guerrero que «salvó con su lanza la acrópolis de su patria» antes de perder la vida. De manera similar, una oda dedicada a Esparta la proclamaba «la acrópolis de Grecia», un honor que también se atribuyó, en distintos contextos, al Peloponeso, a Delfos y a Tebas.
Según argumenta Rönnlund, sin embargo, esa imagen luminosa se fue oscureciendo con el tiempo. A medida que las grandes potencias, como Esparta, Atenas y Macedonia, instalaban guarniciones militares en las acrópolis de las ciudades conquistadas, el término asumió connotaciones de opresión y control. La presencia de un phrourarchos, el oficial al mando de la guarnición extranjera, era para los ciudadanos un recordatorio constante de ese sometimiento.
Figuras como Isócrates y Demóstenes denunciaron abiertamente cómo Macedonia mantenía sometidas ciudades enteras a través de estas guarniciones. Ya en época romana, el filósofo Epicteto convirtió la acrópolis en metáfora del tirano interior que esclaviza el alma. Filón de Alejandría, por su parte, comparó la Torre de Babel con «una acrópolis para el vicio tiránico».
De ser un emblema del orgullo cívico y la libertad, el término asumió connotaciones negativas a medida que las grandes potencias, como Esparta, Atenas y Macedonia, instalaban guarniciones militares en las acrópolis de las ciudades conquistadas.

Ni refugio del pueblo ni templo de los dioses
El estudio también desmonta dos ideas muy extendidas. La primera, que las acrópolis sirvieron de refugio para la población civil en tiempos de asedio. Las fuentes literarias apenas ofrecen un ejemplo claro (los licios en Janto, según Heródoto), mientras que las evidencias arqueológicas confirman que la mayoría de estos recintos eran demasiado pequeños para albergar a la población no combatiente. Cuando el peligro se acercaba, los ciudadanos buscaban protección dentro de las murallas de la ciudad o huían al campo.
La segunda idea cuestionada concierne a la acrópolis como gran centro religioso. Excluyendo Atenas, que el propio Rönnlund califica como un caso radicalmente atípico, las fuentes literarias solo identifican cultos en una veintena de acrópolis. Muchos de esos cultos, además, solo aparecen registrados por Pausanias en el siglo II d. C. Si bien la diosa Atenea se cita con cierta regularidad, el culto específico de Atenea Polias, tan asociado a las acrópolis en la bibliografía moderna, no encuentra eco en los textos de época clásica fuera de Atenas.
El estudio también desmonta que las acrópolis hubiesen servido de refugio para la población civil en tiempos de asedio y que hubiesen operado como centros religiosos.

Una palabra en constante transformación
El estudio de Rönnlund revela que «acrópolis» nunca fue un concepto estático. Fue, como los propios recintos que nombraba, una construcción viva: modificada por la historia, modelada a través de la experiencia política y reinventada por la filosofía. Empezó siendo una fortaleza, se convirtió en un símbolo de orgullo y terminó encarnando el poder opresor. La acrópolis operó, ante todo, como un signo cultural cuyo significado cambió radicalmente según quién miraba y desde dónde lo hacía: desde arriba o desde abajo.
Referencias
- Rönnlund, R. 2025. «Greek akropoleis: fortified hilltops, places of cult, and symbols of freedom and oppression». The Annual of the British School at Athens. DOI: https://doi.org/10.1017/S0068245425100336
Fuente de TenemosNoticias.com: muyinteresante.okdiario.com
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