Sale a la luz la incómoda verdad que Samuel Pepys, el cronista del Gran Incendio de Londres, intentó ocultar en sus cartas

Samuel Pepys suele aparecer en la memoria cultural europea como el hombre que contó el Gran Incendio de Londres, la peste o los entresijos políticos de la Restauración inglesa. Su diario lo convirtió en una de las voces más vívidas del siglo XVII. Pero detrás de esa figura tan conocida asoma ahora un personaje más oscuro. Un artículo académico reciente, tal y como ha revelado Michael Edwards en The Historical Journal, sostiene que Pepys no solo estuvo estrechamente vinculado al mundo de la trata atlántica, sino que además modeló cuidadosamente el rastro documental de esa relación para proteger su imagen pública
La tesis no es menor. No se trata simplemente de afirmar que Pepys vivió en una sociedad esclavista —algo obvio para cualquier historiador del Atlántico moderno—, sino de demostrar que participó de manera concreta en ese sistema. Edwards reconstruye sus conexiones con dos compañías decisivas en el comercio inglés de personas esclavizadas: la Company of Royal Adventurers trading to Africa y, después, la Royal African Company. Desde sus cargos en la administración naval, Pepys gestionó préstamos de barcos, correspondencia y operaciones que enlazaban directamente la maquinaria del Estado inglés con el tráfico humano entre África, el Caribe y Europa
Ese es uno de los aspectos más interesantes del trabajo: la esclavitud no aparece como un margen exótico del imperio, sino como una realidad incrustada en el corazón administrativo de Londres. Pepys no fue un gran plantador caribeño ni un magnate colonial, pero sí un funcionario de primer orden que se movía entre despachos, almirantazgos, compañías privilegiadas y redes de patronazgo. Y en ese cruce de intereses, como muestra el estudio, obtuvo una posición privilegiada para acceder también a personas esclavizadas. La esclavitud, en su caso, no fue un accidente biográfico, sino una extensión lógica de su mundo profesional y social.
El artículo desmonta además una imagen todavía persistente: la de un Pepys que habría sido, en el mejor de los casos, un testigo lateral de ese universo. La documentación apunta a algo más directo. Edwards sostiene que Pepys fue propietario de al menos dos personas esclavizadas en Londres entre las décadas de 1670 y 1680. Una de ellas era un muchacho negro que acabó siendo vendido en Tánger hacia 1680; la otra, un hombre esclavizado al que intentó vender en 1688. Lo más significativo no es solo el hecho en sí, sino la naturalidad con la que estos movimientos aparecen en su correspondencia privada, donde esos seres humanos son tratados como bienes transferibles, intercambiables y disciplinables

El archivo como refugio del poder
Lo que hace especialmente potente este estudio es que no se limita a añadir “otro dato escandaloso” sobre un personaje célebre. Lo verdaderamente novedoso está en el método y en la pregunta de fondo: ¿cómo se construyen los silencios del archivo? ¿Quién decide qué queda registrado y qué se desvanece?
Pepys fue, en muchos sentidos, un gran arquitecto de sí mismo. Ordenó papeles, preservó cartas, clasificó documentos y dejó tras de sí un archivo excepcionalmente rico. Esa abundancia documental ha favorecido la ilusión de transparencia: como si sobre él lo supiéramos casi todo. Sin embargo, tal y como indica Edwards, precisamente esa pulsión archivística también le permitió controlar el relato. No ocultó siempre su vínculo con la esclavitud, pero sí lo administró. Conservó ciertos episodios que reforzaban su probidad y dejó en la penumbra otros que podían comprometerle políticamente
Uno de los casos más reveladores gira en torno a un soborno. En 1675, un oficial naval vinculado a un barco empleado por la Royal African Company quiso ganarse el favor de Pepys ofreciéndole un niño esclavizado. Pepys rechazó formalmente el “regalo”, pero lo importante, según el estudio, no es leer ese gesto como un escrúpulo moral moderno. La clave está en el contexto. Pepys atravesaba un momento políticamente delicado, expuesto a acusaciones de corrupción y muy atento a su reputación. El problema no era la esclavitud, sino la apariencia de soborno. El niño, en cambio, desaparece casi por completo del encuadre documental. El archivo salva al funcionario y borra a la víctima.

Ahí reside una de las aportaciones más sólidas de la investigación. La esclavitud no solo producía violencia física y explotación económica; también generaba formas de desaparición documental. Los esclavizados aparecen sin voz, a menudo sin nombre, apenas como trazas administrativas. Edwards inserta el caso de Pepys en un debate historiográfico mucho más amplio sobre los “archivos de la esclavitud”: documentos creados por administradores, propietarios, capitanes, burócratas o comerciantes que registran con minuciosidad el negocio y silencian la experiencia humana de quienes lo padecieron
En la Inglaterra del siglo XVII, la esclavitud no era un fenómeno lejano, sino una realidad que atravesaba las redes políticas, comerciales y domésticas.
Pepys, en ese sentido, no es una anomalía, sino un ejemplo extraordinariamente bien conservado de un fenómeno más amplio. Su caso permite observar en miniatura cómo funcionaba la micro-política del archivo en la Inglaterra moderna: qué se anotaba, qué se suavizaba, qué se reducía a fórmula burocrática y qué se apartaba del centro del relato.

Mucho más que el autor del diario
Hay algo profundamente revelador en que esta revisión llegue ahora. Durante mucho tiempo, la celebridad literaria y memorialística de Pepys actuó casi como una coraza. Era el diarista ingenioso, el observador de su tiempo, el hombre de mundo. Pero el trabajo de Edwards obliga a desplazar la mirada. No destruye al personaje; lo historiciza con mayor dureza y precisión.
Eso importa porque el siglo XVII inglés no puede seguir contándose solo como la historia del Parlamento, la Marina, la ciencia o el comercio global, sin asumir que todos esos procesos estuvieron profundamente entrelazados con la esclavitud. Pepys ayuda a verlo con una claridad incómoda: el ascenso de Inglaterra como potencia marítima también se sostuvo sobre redes esclavistas, y esas redes no estaban lejos del Estado, sino dentro de él.
Quizá por eso este hallazgo tiene tanta fuerza pública. No revela un secreto enterrado, sino algo más perturbador: que muchas veces la verdad ya estaba ahí, dispersa en cartas, índices y papeles, esperando a que alguien la leyera de otra manera.
Fuente de TenemosNoticias.com: muyinteresante.okdiario.com
En la sección: Muy Interesante
También te puede interesar




