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Se llamaba «Zorro de Pecho Blanco»: descifran la firma de un matemático-astrónomo maya que calculó los ciclos de Venus y Marte hace 1.200 años

📅 🕐 hace 2 min🔗 Fuente: TenemosNoticias.com🕑 8 min de lectura
Se llamaba "Zorro de Pecho Blanco": descifran la firma de un matemático-astrónomo maya que calculó los ciclos de Venus y Marte hace 1.200 años
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Durante siglos, la historia de la astronomía antigua ha estado poblada por nombres como Hiparco, Ptolomeo o Arquímedes. Sabemos quiénes fueron, conocemos parte de sus trabajos e incluso podemos seguir el rastro de cómo sus ideas influyeron en generaciones posteriores. Sin embargo, cuando se hablaba de la sofisticada astronomía desarrollada por los mayas, la situación era completamente distinta. Se admiraban sus calendarios, la precisión de sus observaciones o la complejidad de sus cálculos, pero los autores de ese conocimiento permanecían en el anonimato.

Esa situación acaba de cambiar gracias a un pequeño conjunto de glifos pintados hace aproximadamente 1.200 años en la antigua ciudad maya de Xultún, en el noreste de Guatemala. Un equipo internacional de investigadores ha logrado reconstruir y descifrar un texto que no solo contiene una compleja fórmula matemática relacionada con los movimientos de Venus y Marte, sino que además atribuye ese trabajo a un individuo concreto: Sak Tahn Waax, un nombre que puede traducirse como «Zorro de Pecho Blanco».

El hallazgo, publicado en la revista Antiquity, no consiste únicamente en identificar a una persona. Lo verdaderamente extraordinario es que, por primera vez, la arqueología puede asociar un trabajo científico concreto con un matemático y astrónomo maya del periodo Clásico, una época comprendida entre los años 250 y 900 de nuestra era. Es un descubrimiento que acerca la historia de la ciencia americana a la de otras grandes tradiciones intelectuales del mundo antiguo.

Hasta ahora conocíamos a escultores, pintores o escribas mayas porque algunos dejaron su firma en cerámicas o monumentos. Los especialistas que dedicaban su vida a calcular el tiempo, estudiar el cielo y elaborar complejas tablas astronómicas, en cambio, permanecían invisibles. La nueva investigación rompe por primera vez ese silencio.

Un despacho abandonado hace doce siglos que todavía conservaba sus apuntes

Para comprender la importancia del descubrimiento conviene imaginar la escena. En lugar de pensar en un gran templo ceremonial, los investigadores invitan a visualizar una pequeña habitación utilizada como espacio de trabajo. Allí, varios especialistas realizaban cálculos, corregían anotaciones y probablemente preparaban los manuscritos que después acabarían formando parte de los famosos códices mayas.

La estructura, conocida como 10K-2, fue descubierta en Xultún en 2010. Sus paredes conservaban decenas de pequeños textos pintados sobre capas de yeso, muchos de ellos apenas visibles debido al deterioro sufrido durante más de un milenio.

Lejos de tratarse de inscripciones monumentales destinadas al público, aquellos escritos se parecían más a borradores de trabajo. Los investigadores comparan su función con los apuntes que un científico actual dejaría en una pizarra o en un cuaderno antes de redactar una publicación definitiva.

En total aparecieron más de cincuenta pequeños textos matemáticos y astronómicos. Durante años fueron objeto de estudio mediante fotografías de alta resolución, escaneados, iluminación infrarroja y técnicas digitales capaces de recuperar pigmentos prácticamente invisibles para el ojo humano.

Fue precisamente ese minucioso trabajo el que permitió reconstruir uno de los textos más deteriorados, denominado Texto 19, que acabaría ofreciendo una de las mayores sorpresas de la arqueología maya de las últimas décadas.

Reconstrucción de la estancia donde apareció la inscripción y detalle del microtexto descubierto
Reconstrucción de la estancia donde apareció la inscripción y detalle del microtexto descubierto. Foto: Rossi et al., Antiquity (2026)

Los glifos identifican por primera vez a Sak Tahn Waax, el matemático-astrónomo maya al que se atribuye una innovadora fórmula sobre los ciclos de Venus y Marte.

Mucho más que un calendario: así funcionaban las matemáticas del cielo maya

Para un lector moderno puede resultar extraño que un simple conjunto de fechas tenga tanta importancia. Sin embargo, en el mundo maya los calendarios eran auténticas herramientas científicas.

Los mayas utilizaban varios sistemas de cómputo temporal al mismo tiempo. El más conocido era el Haab, un calendario solar de 365 días muy próximo a la duración real del año. Paralelamente empleaban el Tzolk’in, formado por 260 días, que regulaba ceremonias, rituales y numerosos aspectos de la vida religiosa.

Pero esos calendarios solo eran una parte del sistema. Los especialistas también observaban con enorme precisión los movimientos aparentes de los planetas visibles. Venus ocupaba un lugar privilegiado porque su ciclo sinódico —el tiempo que tarda en volver a presentarse en la misma posición respecto al Sol visto desde la Tierra— ronda los 584 días. Marte, por su parte, presenta un ciclo cercano a los 780 días.

El verdadero desafío consistía en encontrar relaciones matemáticas entre todos esos ciclos diferentes.

Podría compararse con intentar sincronizar varios relojes que funcionan a velocidades distintas. Cada uno marca correctamente su propio ritmo, pero solo en determinados momentos todos vuelven a coincidir. Descubrir esos puntos de encuentro exigía cálculos extraordinariamente complejos realizados sin telescopios, sin instrumentos ópticos modernos y, por supuesto, sin calculadoras.

Ese era precisamente el trabajo de los especialistas mayas.

Una fórmula que revela la creatividad de un matemático olvidado

El Texto 19 no describe una batalla ni conmemora el ascenso de un rey. Es, esencialmente, una demostración matemática.

Los investigadores explican que la fórmula reúne distintos intervalos temporales relacionados con el calendario ritual de 260 días, el año solar de 365 días, el ciclo de Venus de 584 días y el de Marte de aproximadamente 780 días.

Toda la secuencia culmina en un periodo total de 2.920 días, equivalente a ocho años solares o cinco ciclos completos de Venus. Lo realmente novedoso no es que esos periodos fueran conocidos por los mayas. Esa información ya aparecía en otros textos y códices posteriores. Lo excepcional es la forma en que fueron organizados.

Tal y como revela el estudio publicado en Antiquity, el autor estableció una combinación inédita de esos ciclos para expresar relaciones matemáticas que hasta ahora no habían sido documentadas en ningún otro texto maya conocido.

Los especialistas consideran que se trata de una construcción intelectual original, una manera personal de ordenar los ciclos astronómicos que demuestra creatividad matemática y no una simple copia de conocimientos establecidos.

Ese detalle ayuda a comprender por qué el texto termina con algo completamente inesperado.

El nombre del matemático maya, reconstruido a partir de la inscripción descifrada
El nombre del matemático maya, reconstruido a partir de la inscripción descifrada. Foto:

La fórmula combina los ciclos del calendario ritual de 260 días, el año solar y los movimientos aparentes de Venus y Marte en una secuencia matemática inédita.

El momento en que apareció una firma donde nadie esperaba encontrarla

Los dos últimos glifos del Texto 19 cambiaron por completo la interpretación del conjunto.

Después de la fórmula aparece una expresión que puede traducirse aproximadamente como «así dice…» o «esto lo dice…», seguida inmediatamente por un nombre propio: Sak Tahn Waax.

Tal y como indica el equipo de investigación, esa estructura funciona como una atribución de autoría.

No puede afirmarse con absoluta certeza que fuera él quien pintó físicamente el texto sobre la pared. También es posible que otro escriba estuviera copiando o citando el trabajo de ese matemático. Lo importante es que la fórmula queda vinculada explícitamente a una persona concreta.

Es la primera vez que sucede en toda la documentación conservada del periodo Clásico maya.

Hasta ahora existían firmas de artistas y escultores. Ahora también conocemos el nombre de un científico indígena cuya aportación intelectual fue considerada suficientemente importante como para quedar asociada a una fórmula matemática.

La fórmula matemática hallada en una de las paredes de la ciudad maya de Xultún (Guatemala)
La fórmula matemática hallada en una de las paredes de la ciudad maya de Xultún (Guatemala). Foto: F.D. Rossi/H. Hurst

Un descubrimiento que cambia la historia maya

La relevancia del hallazgo va mucho más allá de identificar un nombre antiguo. Durante mucho tiempo, buena parte del conocimiento científico desarrollado por los pueblos indígenas de América fue presentado como un saber colectivo, casi anónimo, mientras que otras tradiciones científicas conservaban nombres propios asociados a grandes descubrimientos.

La investigación de Xultún modifica esa percepción. Tal y como señalan los autores del estudio, contemporáneamente a los grandes observadores del cielo que trabajaban en Grecia, la India, China o Mesopotamia, también existían especialistas mayas capaces de estudiar los movimientos planetarios, desarrollar complejas relaciones matemáticas y producir conocimiento original.

Ahora sabemos que uno de ellos se llamaba Sak Tahn Waax. Además, el contexto arqueológico aporta otra dimensión especialmente humana. Aquella habitación parece haber funcionado como un espacio de aprendizaje donde varios escribas y matemáticos trabajaban juntos, corregían cálculos y preparaban manuscritos sobre papel de corteza que, en su inmensa mayoría, desaparecieron tras la conquista española.

Lo que ha sobrevivido no es un gran monumento levantado para impresionar a generaciones futuras, sino algo mucho más íntimo: unas notas de trabajo olvidadas en una pared.

Es precisamente ese carácter cotidiano el que convierte el descubrimiento en algo excepcional. Frente a la imagen distante de una civilización capaz de construir pirámides o calcular eclipses, aparece de repente una figura concreta, un profesional que observaba el cielo, buscaba patrones matemáticos y dejaba constancia de una idea propia.

Después de doce siglos de anonimato, la ciencia maya ya no pertenece únicamente a una civilización. También tiene, por fin, uno de sus primeros nombres.

Fuente de TenemosNoticias.com: muyinteresante.okdiario.com

En la sección: Muy Interesante

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