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¿Qué es hoy ser americano? Estados Unidos llega a su 250 aniversario polarizado y discutiendo su propia identidad | elmundo.es

📅 🕐 hace un momento🔗 Fuente: elmundo.es🕑 11 min de lectura
¿Qué es hoy ser americano? Estados Unidos llega a su 250 aniversario polarizado y discutiendo su propia identidad
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En 1782, justo al final de la Guerra de Independencia, J. Hector St. John de Crèvecoeur, un escritor francés establecido en las colonias británicas de Norteamérica, publicó Cartas de un granjero americano, un texto que contiene probablemente las frases más influyentes jamás escritas sobre la identidad estadounidense. «What, then, is the American, this new man?» («¿Qué es, pues, el americano, este hombre nuevo?)», se preguntaba. Su tesis, profundamente revolucionaria antes de la Revolución Francesa, era que ser estadounidense no dependía de la sangre, la etnia o el origen, sino de una transformación política y social. El americano era un hombre nuevo, producto de una salida de europeos de todos los orígenes, que huían de las persecuciones, jerarquías, limitaciones y odios de un Viejo Mundo enquistado para convertirse en ciudadanos libres en el Nuevo. «Es un americano quien, dejando atrás sus antiguos prejuicios y costumbres, adquiere otros nuevos gracias al modo de vida que ha abrazado, al nuevo gobierno al que obedece y a la nueva posición que ocupa. Aquí, individuos de todas las naciones se funden en una nueva raza de hombres…».

Crèvecoeur, tal vez inspirado por el famoso sermón de 1630 de John Winthrop a bordo del barco Arbella, cuando un grupo de puritanos se dirigía a fundar una colonia en la bahía de Massachusetts («Seremos como una ciudad sobre una colina. Los ojos de todos los pueblos estarán puestos sobre nosotros») lanzó esa idea poderosa de que Estados Unidos es una nación faro, definida más por el atractivo de un proyecto inclusivo y un ideal que por los apellidos o los pecados de padres o abuelos. Una aspiración que ha marcado buena parte del pensamiento posterior, inspirando a los Padres Fundadores, los textos sagrados de la liturgia republicana, abriendo el camino de Tocqueville, azuzando a los filósofos del XIX, a los presidentes del XX. Una idea, sostenida sobre el optimismo y el excepcionalismo, que ha definido el primer cuarto de milenio, pero que vive horas bajas.

La pregunta de qué es, pues, un americano, tiene una vigencia absoluta, porque EEUU llega a su 250º aniversario envuelto en una crisis de autoestima, identidad y visiones irreconciliables. La conmemoración de la Declaración de Independencia encuentra hoy al país dividido sobre el significado de su propia historia y con escaso entusiasmo. A diferencia del Bicentenario de 1976, que sirvió como una suerte de expiación colectiva tras el trauma de Vietnam, el asesinato de Kennedy y el escándalo Watergate, el semiquincentenario transcurre en un clima de polarización política, guerras culturales y digitales, el recuerdo del asalto al Capitolio y desconfianza creciente.

«A medida que la nación se acerca a su 250 aniversario, el ánimo del público estadounidense es sombrío, aunque persisten algunos indicios de optimismo», apunta un reciente estudio del Pew Research Center. «La mayoría de los estadounidenses cree que los mejores tiempos del país ya pasaron. En las últimas décadas, los estadounidenses también han perdido la confianza entre sí y en las instituciones, incluyendo el gobierno federal, los dos principales partidos políticos, los medios de comunicación tradicionales y las universidades. En comparación con la población de otros países, un mayor número de estadounidenses expresa opiniones pesimistas sobre el funcionamiento de su democracia y dudas sobre la moral de sus conciudadanos. Y cuando se les pregunta sobre cómo evolucionará hasta 2050, más de la mitad de los adultos estadounidenses afirman que creen que la economía será más débil, que EEUU tendrá menos importancia en el mundo, que el país estará más dividido políticamente y que el sistema de gobierno estadounidense funcionará peor que en la actualidad».

Una mirada al pasado de EEUU

Las disputas giran en torno al futuro, al presente de la Unión, pero también al pasado. La esclavitud, el legado de los Padres Fundadores, el papel del racismo o la enseñanza de la historia y su explicación en los museos se han convertido en los principales campos de batalla. Más que una celebración compartida, el aniversario se ha transformado en una discusión perpetua con posiciones irreconciliables. Y en ese marco, Donald Trump, que no tolera disidencia, ha hecho todo lo posible e incluso un poco más para convertir la efeméride en un instrumento más de su agenda.

La Casa Blanca ha impulsado una narrativa centrada en el patriotismo, el excepcionalismo estadounidense, su poderío económico y militar y la denuncia de lo que el presidente considera una reinterpretación antiamericana de la historia nacional. En 2020, desde el Monte Rushmore, cargó contra el movimiento Blacks Lives Matter llamándolos «turbas enfurecidas» y criticó una «revolución cultural de izquierda… diseñada para derrocar la Revolución Americana y destruir la civilización misma de Estados Unidos», «una campaña despiadada para borrar nuestra historia, difamar a nuestros héroes, eliminar nuestros valores y adoctrinar a nuestros hijos».

Su decisión de organizar ahora un gran mitin personalista, «muy largo», el 4 de julio en el National Mall, coincidiendo con las celebraciones oficiales, va en la misma dirección y simboliza ese intento de apropiarse del aniversario y de identificar el legado de la independencia con su propio programa político. Un paso que llega tras una gran ceremonia evangélica en el Mall, tras obras faraónicas al gusto estético del líder por toda la capital, tras convertir la Casa Blanca en un recinto para una pelea de artes marciales mixtas de sus amigos, tras una ‘feria de los estados’ que ha sido un fiasco partidista con cancelaciones de conciertos. Igual que hizo en 2025 con un desfile militar en la capital coincidiendo con su cumpleaños, igual que quiere convertir ese día en festivo federal, igual que ha hecho poniendo su nombre a edificios e intentándolo con estaciones, aeropuertos o arcos del triunfo.

La ironía de la historia, eso sí, ha querido que todo llegue cuando se empiezan a ver las fisuras más grandes en el programa y el plan de Trump. Con encuestas demoledoras, caídas en su popularidad, derrotas en el Congreso y en los tribunales, ridículos en las obras adjudicadas a dedo e incluso cuando el Tribunal Supremo, de mayoría conservadora, se acaba de pronunciar ahora una cuestión central: si los hijos de inmigrantes, con papeles o sin ellos pero nacidos en territorio norteamericano, son estadounidenses, tal y como estipula la Constitución. La respuesta, para el estupor y la furia de Trump, es que sí. Que esa tierra de asilo que se empezó a forjar a finales del XVIII debe seguir siéndolo. Que un americano es lo que es, no quien dice la Casa Blanca.

El 3 de julio de 1776, el futuro presidente John Adams escribió a su esposa Abigail expresando su esperanza de que las futuras generaciones de estadounidenses celebraran el aniversario de la Declaración de Independencia «con pompa y desfiles, espectáculos, juegos, deportes, salvas de cañón, campanas, hogueras e iluminaciones de un extremo a otro del continente, desde ahora y para siempre». Ha solido ser así, las primeras celebraciones del 4 de julio en EEUU «trajeron consigo el escenario con la bandera estadounidense, contribuyendo a crear un sentimiento de unidad nacional donde antes no existía, no porque los estadounidenses estuvieran de acuerdo sobre el significado del aniversario, sino porque lo expresaban pública, ruidosamente y con fuegos artificiales», apunta la historiadora Jill Lepore.

Históricamente los norteamericanos han celebrado la Declaración de Independencia pensando en James Madison y la necesidad de los pesos y contrapesos, porque «si los hombres fueran ángeles, no sería necesario ningún gobierno». Han honrado a Thomas Jefferson o John Adams, que murieron ambos, con pocas horas de diferencia, un 4 de julio. También han agachado la cabeza recordando las palabras del ex esclavo Frederick Douglass: «este 4 de julio es vuestro, no mío. Vosotros podéis alegraros, yo debo lamentarme». Pero la fiesta nacional, especialmente en sus aniversarios redondos, ha sido siempre «un indicador para medir la fidelidad o la traición de los estadounidenses a los principios fundacionales de la nación, el progreso o la decadencia moral de su gente, el crecimiento o el declive de su economía, y la fortaleza o la debilidad de la sociedad civil, de la democracia, de la libertad, de la igualdad», apunta Lepore.

El 4 de julio de Donald Trump

Este 4 de julio habrá fuegos artificiales, habrá algo de pompa y de espectáculo, hogueras e iluminaciones de un extremo al otro del continente. Pero el examen de fidelidad a lo principios fundacionales será difícil aprobarlo con el intento desde la Casa Blanca de acaparar la atención, de absorber la fiesta, sus símbolos y el simbolismo. Donald Trump, que convierte cada acto, cada intervención, en un mitin revanchista y en una oportunidad para ajustar cuentas, dividir y atacar a sus rivales, ya ha prometido un largo discurso.

Hace medio siglo, en el 200 aniversario, el país también estaba furioso, la inflación y el precio de la gasolina estaban disparados, un presidente con poca popularidad se enfrentaba al Congreso y la guerra cultural marcaba el paso. Hay muchos paralelismos: Nixon y Trump. Vietnam e Irán. Watergate y el vicepresidente JD Vance burlándose estos días de que algo tan nimio para él como que el espionaje ordenado desde la Casa Blanca pudiera tumbar un Gobierno. «Si el escándalo Watergate ocurriera mañana, sería noticia durante apenas 12 horas. La idea de que algo así derrocara a una presidencia es una locura», dijo acertadamente. Hoy, ningún escándalo parece suficiente.

Ahora, como en 1976, como en 1926, el país celebra un aniversario atravesando una crisis de confianza y un debate sobre valores. Con un altísimo nivel de polarización, de violencia política, una preocupante falta de fe en las instituciones, en la democracia, en las elecciones. Con un presidente que aumentó su fortuna en más de 2.200 millones de dólares gracias a su cargo, con un uso espurio de los mecanismos del estado para perseguir enemigos, doblegar rivales, castigar la oposición. «Los paralelismos son inquietantes: conflicto internacional, conflictos internos, agitación política, división partidista e inestabilidad económica», ha escrito el historiador Marc Stein.

Hace un siglo, cuando la nación celebraba su 150 aniversario, los editores de la revista America avisaron entre fastos que el proyecto estadounidense era un «trabajo inacabado», instando a todos los estadounidenses a emprender «la tarea aún inconclusa de construir una nación más justa». Lincoln lo dijo de forma más hermosa en Gettysburg: «Nos corresponde a nosotros, los vivos, dedicarnos a la obra inconclusa que aquellos que lucharon aquí han llevado adelante con tanta nobleza hasta ahora».



Fuente de TenemosNoticias.com: www.elmundo.es

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