República Democrática del Congo, atrapado entre la guerra y el ébola: «Las guerrillas han perpetrado arremetidas sistemáticas contra infraestructuras sanitarias» | elmundo.es

Ante la reaparición del virus del ébola en la República Democrática del Congo (RDC), el personal de asistencia médica enfrenta un doble reto: detener una crisis epidémica cuya cepa carece de vacunas, y el intentar acceder a zonas en tensión debido a los grupos armados de la región.
El repunte ha provocado más de 200 muertes sospechosas y 900 casos probables desde que se ubicó su epicentro en Ituri, fronteriza con Uganda y Sudán del Sur. Como resultado, la OMS ha declarado e brote una emergencia internacional. El incremento responde a que el país es una zona de movimientos poblacionales ligados a la minería. A esto se suma la dificultad que enfrentan los servicios de salud para acceder a las áreas de infección, producto de la violencia por diversos grupos armados, como el M23 y las Fuerzas Democráticas Aliadas (FDA).
«Son casi tres décadas de conflictividad armada y una población civil exhausta y desplazada. Con toda la falta de alimentos y de refugio, se agudiza la extensión del contagio», explica Itziar Ruiz-Giménez, portavoz de Amnistía Internacional. El este de la RDC lleva sumergido en una guerra impulsada por disputas políticas, tensiones étnicas y la explotación y el comercio ilícito de sus recursos naturales. Minerales imprescindibles para la economía global —como el coltán, el cobalto, el oro y los diamantes— financian a las milicias de la zona.
Ruiz-Giménez explica que «esas cadenas de extracción de recursos naturales son claves para entender la lucha, que no pone fin a la impunidad de los crímenes de guerra«.
El retorno del virus no es un fenómeno desconocido. Los primeros indicios surgieron en 1976 y su epidemia más mortífera ocurrió entre 2014 y 2016 porque se registraron más de 28.600 infecciones y cerca de 11.325 muertes, según el Ministerio de Sanidad del Gobierno de España. Mientras tanto, la irrupción de la especie Bundibugyo se documentó por primera vez en 2012, dejando un saldo de 59 pacientes detectados y 34 muertes, añade el Ministerio.
«Con tropas durante mucho tiempo de Ruanda, Uganda y de otros países, que provocan una alta movilidad, va a haber un vector de extensión de la epidemia. Hay que tener en cuenta, también, que estamos ante una catástrofe de derechos humanos en términos de la violencia sexual», subraya la portavoz de Amnistía Internacional.
Según un informe de la entidad, basado en entrevistas a 71 sobrevivientes en Kivu del Norte , las guerrillas han perpetrado torturas, secuestros, esclavitud, agresiones sexuales y arremetidas sistemáticas contra infraestructuras sanitarias. «Los centros médicos están en una situación de crisis crónica, tanto por la pérdida de trabajadores de la salud como de medicinas. Estos actos de terror provocan que los habitantes, aunque presenten síntomas compatibles con el ébola, eviten acudir a las clínicas por los ataques cotidianos, por parte de la FDA como por el M-23″, añade Ruiz.
Las acciones de las FDA —vinculadas al Estado Islámico— constituyen graves violaciones del Derecho Internacional Humanitario, muchas de las cuales equivalen a crímenes de guerra. Las ofensivas se despliegan en vastas zonas del este congoleño, donde el M23, respaldado por Ruanda, también ejecuta embestidas a gran escala. Hoy, los congoleños no solo enfrentan un patógeno letal, sino que temen buscar ayuda. Según documentó Amnistía Internacional, entre finales de febrero y mediados de mayo de 2025, combatientes del M23 lanzaron media docena de ataques contra hospitales en Goma. Los milicianos raptaron y detuvieron a pacientes que recibían cuidados. En el panorama actual, dos centros de tratamiento fueron incendiados en la región, que ha estado afectada por intensos combates, causando el desplazamiento de más de 100.000 personas, según la ONU.
A esta red de violencia se suman los índices de abuso sexual. Entre enero y septiembre de 2025, se cometieron más de 81.000 violaciones, un salto del 31,5 % en comparación con el 2024, según la ONU. «Hay 1,5 millones de mujeres en el Congo que a lo largo de su vida han sido violadas. Y con 7,3 millones de personas desplazadas y miles de refugiadas en otros países, esta catástrofe no puede seguir siendo olvidada; tiene que haber un fin a la impunidad», denuncia Ruiz-Giménez. Este panorama facilita la propagación masiva del ébola, ya que el virus se transmite a través de los fluidos corporales.
La realidad supone un desafío para entidades como Médicos Sin Fronteras (MSF) y la Cruz Roja. Pablo Estévez, responsable de África de la Cruz Roja, destacó que «es una crisis multifactorial, que tiene que ver con la presencia de los grupos armados y también con la lucha por el control de la tierra», explica el experto.
Estévez argumentó que sus intervenciones humanitarias a menudo se ven paralizadas hasta lograr establecer un diálogo con los actores armados, un riesgo ineludible en medio del actual repunte epidemiológico. «Nos ha pasado en algunos casos que, ante ciertos movimientos de grupos armados, ha habido que desescalar actividades hasta conseguir hablar con ellos… A veces tenemos que hibernar, pero siempre con el objetivo de restablecer ese diálogo y conseguir luz verde», relata.
Al problema se le suma la tardanza en el proceso de los diagnósticos. «El virus estaba en circulación desde hace semanas. La detección ha sido tardía, y eso nos lleva a pensar que el número, tanto de casos sospechosos como de posibles fallecidos, puede aumentar», expresa Pablo Estévez.
En paralelo, Alan González, director de Operaciones adjunto de Médicos sin Fronteras (MSF) Suiza ofrece su perspectiva. «En Ituri trabajamos en proyectos porque la población ha sido desplazada debido al conflicto. Entonces, ya tenemos cierta experiencia trabajando en lugares difíciles», indica. Aparte del fuego cruzado, Ituri resulta compleja por albergar algunas de las aldeas rurales más remotas de la RDC.
Frente a la escalada de la crisis, varios países han comenzado a movilizarse para sellar sus fronteras e intentar frenar el avance de la cepa Bundibugyo, de la cual aún no se posee una vacuna o tratamiento concreto para combatirla. Sin embargo, González advirtió sobre la ineficacia de estas restricciones unilaterales. «Lo que hemos visto es que cerrar fronteras, sobre todo fronteras como estas, no es algo que va a detener que el virus se mueva a diferentes lugares. Creo que lo más importante es una correcta colaboración y coordinación entre agencias internacionales y entre países para poder rastrear contactos y compartir información», puntualiza.
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