Venezuela, ante la titánica tarea de la reconstrucción una semana después del terremoto sin esperanzas ya de hallar a más supervivientes | elperiodico.com

Una semana después del doble terremoto, Venezuela todavía busca, trata de encontrar supervivientes, entre los escombros, los que quedan; las familias intentan saber dónde está un ser querido, qué morgue guarda su cuerpo, y, sobre todo, se buscan palabras que ayuden a atravesar el desastre que se vislumbra después del desastre tectónico. Una semana atrás, hablar sobre la «reconstrucción» del país después de años de «derrumbe» se circunscribía a cuestiones de la jerga política: ha entrado la dimensión humana y material. ¿Cómo se reconstruye lo perdido? El último parte del Gobierno informa que murieron 2.295 personas y 11.267 heridos. El ritmo de la actualización no se relaciona con las deducciones extragubernamentales. Las 10.000 bolsas mortuorias que acordaron adquirir el Estado y la ONU instalan en medio del rancio olor de los cuerpos descompuestos que solo los perros pueden tolerar, otra cifra promedio, cercana a los miles de personas que permanecen desaparecidas desde que el 24 de junio marcó en el reloj las 6.04. El Gobierno prefiere destacar que han sido rescatados 6.460 hombres, mujeres y niños.
Casi 600 réplicas se ha verificado desde aquel instante. Cada movimiento revive la posibilidad de un nuevo colapso a la intemperie. La cultura sísmica de Venezuela era hasta ese momento de baja intensidad. El recuerdo de las desgracias pasadas fue siempre estadístico. A las 6.04 de aquel miércoles, mientras caía el sol y muchos se preparaban para el disfrute del día festivo y la jarana, en el momento en que se iniciaron los temblores y cimbraban los edificios, nadie supo bien qué hacer o dónde ir.
Edificio desplomado en Caraballeda, La Guaira. / MIGUEL MEDINA / AFP
La «presidenta encargada» Delcy Rodríguez ha dejado de ser una simple administradora de la transición tutelada por Estados Unidos. El doble terremoto la ha obligado a enfrentar circunstancias extremas. Quedaron al desnudo los límites de respuesta de un Estado que acumulaba enormes deficiencias previas. Rodríguez sobrevoló en la tarde del martes lo que queda de La Guaria, la «zona cero». Desde las alturas pudo divisar los alcances de la destrucción. El balneario más popular de Venezuela se mira en el espejo de destrucciones propias de una guerra. Una Gaza del Caribe, a 30 kilómetros de Caracas. En parte arrasada, aunque sin bombas ni las máquinas de un Ejército enemigo. El mapa de La Guaira será en adelante distinto. Cuando se retiren los últimos cadáveres y se remuevan los escombros, exhibirá las cicatrices indelebles. También parte de la capital.
Las autoridades aseguran que 28.380 personas se encuentran afectadas y albergadas entre hospitales y campamentos provisionales. El número es también puesto en duda por voluntarios y especialistas. El rostro de Caracas se ha transfigurado y en algunas de sus parroquias se muestra irreconocible. Cientos de damnificados que deben dormir en sus plazas, calles y parques fueron sorprendidos por fuertes lluvias. Los centros de acopio no dan abasto. Reciben donaciones de alimentos no perecederos, medicamentos, ropa, colchones y artículos de higiene. La solidaridad es la norma en una sociedad educada en la cultura de la división política.
Los daños y los recursos
«Ya tenemos una clasificación de quienes perdieron su vivienda y deben ser atendidos en lo inmediato en estos campamentos transitorios. Igualmente, el Ministerio de Vivienda y Hábitat está elaborando proyectos para la construcción de viviendas en el menor tiempo posible. Habrá miles de soluciones antes de que finalice este año«, prometió la «presidenta encargada». La pregunta sobre la capacidad de respuesta operativa y económica del Gobierno para hacer realidad semejante anuncio no ofrece respuestas alentadoras. El posmadurismo hereda un Estado con serios problemas que se hicieron visibles en la situación de los hospitales. El colapso ha sido atribuido a las sanciones de EEUU, que por tres meses quedan en suspenso, como si en ese lapso se recuperara una normalidad que antes no existía.

Campamento improvisado de damnificados por el terremoto, este miércoles en La Guaira. / FEDERICO PARRA / AFP
Expertos de la ONU han caldulado que los daños físicos directos del seísmo se acercan a los 6.700 millones de dólares, lo que equivale a aproximadamente el 6% del PIB. La renta petrolera que ahora administra Estados Unidos no alcanza para iniciar las reparaciones de un país que recién comienza a reinsertarse en el mercado internacional de créditos y que tiene una deuda externa cercana a los 240.000 de dólares. El Gobierno espera que el desastre permita al menos recuperar ingentes fondos que fueron congelados en el exterior mientras Nicolás Maduro estaba al frente del Poder Ejecutivo. En el Banco de Inglaterra se encuentran retenidas 31 toneladas de oro venezolano, equivalentes a unos 4.000 millones de dólares. Cientos de millones de la petrolera estatal PDVSA han sido inmovilizados en Suiza. El Novo Banco de Portugal mantiene otros 1.500 millones de dólares. Esa masa de activos podría ayudar a la «reconstrucción». La eventual recuperación de esa liquidez se abre a otro interrogante sobre la eficacia administrativa. Los años de indulgente despilfarro de las ganancias por las exportaciones de crudo son una referencia inevitable. La mayoría de los directores de PDVSA del madurismo han sido acusados de corrupción.
La Guaira resume algunas de las carencias que explican lo ocurrido. Francisco Lermanda llegó hasta la «zona cero» al frente de los Topos, un grupo especializado en búsqueda y rescate urbano de Chile. De acuerdo con Lermanda, muchas de las construcciones cayeron como naipes por fallas estructurales graves. Algunos no cumplían con las normas antisísmicas vigentes y sus materiales eran deficientes; otras adolecían de mantenimiento. «Hemos visto edificios que colapsaron de forma total y otros que quedaron en pie. La diferencia está en cómo fueron construidos y mantenidos. En zonas como La Guaira, varios no tenían la resistencia adecuada para un sismo de esta magnitud». Frente a temblores de la intensidad experimentada los edificios deberían tener una calidad específica de concreto y acero de refuerzo, vigas y columnas correctamente colocadas. «Cuando una estructura no tiene buena ductilidad (capacidad de deformarse sin romperse), ante un movimiento fuerte simplemente colapsa de golpe». Y eso sucedió con edificios antiguos y algunos de los levantados por la Misión Vivienda.

Vista de un hotel de playa en Caraballeda, La Guaira, muy afectado por el seísmo. / JUAN BARRETO / AFP
El papel de EEUU
El doble terremoto no solo es un desafío enorme para el «Rodrigato» sino también para la Administración de Donald Trump que lo sostiene desde el pasado 3 de enero al considerarlo un garante de los acuerdos económicos bilaterales que favorecen a Washington. EEUU ha enviado equipos especializados de búsqueda y rescate urbano. El Departamento de Estado ha comprometido un fondo de asistencia de 150 millones de dólares. Equipos militares y personal especializado manejan en los hechos la torre de control y áreas de pista del aeropuerto internacional Simón Bolívar de Maiquetía. Toda una delegación de responsabilidades. El Gobierno espera mucho más de sus nuevos «socios» y «amigos», según las propias palabras utilizadas por Rodríguez al agradecer la reacción inmediata de la Administración norteamericana frente al desastre.
Las disputas políticas han quedado en un segundo plano, opacadas por la emergencia. El deseo manifiesto de María Corina Machado de volver al país, frustrado, según la líder opositora, por el Gobierno, apenas fue una nota al pie de la tragedia, pero avisa a Rodríguez que un frente de disputa puede abrirse entre las ruinas. El 3 de enero, tras la operación militar de EEUU que secuestró a Maduro, se dijo que Venezuela ya no era la misma. La sentencia se repite con otro énfasis frente al paisaje de la devastación. El país por lo pronto, se suma a la lista de las tragedias telúricas latinoamericanas del siglo XX y XXI. Los datos preliminares no aceptan una comparación con lo ocurrido en Perú en 1970, cuando un terremoto de magnitud 7,9 provocó 66.794 muertos, ni los 27.000 y 30.000 decesos de los seísmos en Guatemala y Chile, en 1976 y 1939, respectivamente. En Haití perdieron la vida 316.000 personas en el terremoto de 2010, de una magnitud de 7.0. La catástrofe se sintió en especial en Puerto Príncipe, que carecía de edificios antisísmicos y la estructura básica para responder a la emergencia. Cerca de 1,5 millones de personas vivieron en campamentos improvisados durante años. El cólera se cobró además miles de vidas. El PIB cayó siete puntos y el Estado nunca más se recompuso. Venezuela no es Haití, por historia, economía, dimensiones territoriales, recursos humanos. Cualquier analogía, la más lejana y extemporánea, asusta.
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