Judit Polgar, la estrella del ajedrez que dice no a Magyar y a la Presidencia húngara | elmundo.es

Judit Polgar, para algunos la mejor deportista de la historia, cumplirá este jueves 50 años mientras reflexiona sobre su última jugada en la vida, un movimiento que nunca imaginó cuando libraba las batallas más feroces en los tableros. Los ajedrecistas siempre analizan sus partidas, una vez terminadas. La jugadora nacida en Budapest no podrá evitar preguntarse si acertó al declinar la oferta de Péter Magyar. Era una oportunidad con un punto de ironía, porque la gran maestra absoluta tenía en sus manos dirigir Hungría, un país que se había esforzado tanto en frustrar sus sueños. «No me siento con fuerzas suficientes para asumir la responsabilidad histórica de unir a una nación dividida, por lo que no puedo aceptar la petición», explicó en Facebook.
Ahora Judit es un símbolo, una figura venerada y capaz de concitar la unidad nacional, pero no siempre fue así. Cuando la menor de las Polgar era sólo una niña, en casa ya sabían lo que era sufrir una persecución implacable. A su padre lo amenazaron con llevarlo a un psiquiátrico o encerrarlo en la cárcel. Sus delitos eran imperdonables para el Gobierno húngaro, que tampoco era el más duro del bloque soviético: resistirse a escolarizar a las tres hermanas y pretender que compitieran contra los chicos, a los que solían dejar en evidencia con insultante facilidad.
Laszlo y Klara se enamoraron cuando estudiaban pedagogía. Antes de casarse, premeditaron un plan pedagógico que recuerda al más trágico de nuestra Hildegart Rodríguez, niña prodigio asesinada hace casi un siglo por su propia madre, un caso que ha inspirado dos películas. Los Polgar llevaron mejor el experimento, una palabra que nunca esquivaron con eufemismos. Su idea era demostrar que sus futuros hijos (serían tres niñas) estudiarían en casa para demostrar que los genios no nacen, sino que pueden fabricarse a demanda, si el entorno es propicio.
Eligieron el ajedrez porque era más barato que otras alternativas, como el violín y, en contra de las predicciones generales, lograron un pleno histórico de triunfos. Zsuzsa y Sofia también tienen biografías apasionantes. La primera, sobre todo, peleó contra las estructuras y llegó a ser campeona del mundo. Los éxitos de Judit lo eclipsaron todo. En su día, superó a Bobby Fischer como el gran maestro más precoz de la historia, un récord que databa de los años 50.
Muchos tendrán reciente el documental de Netflix La reina del ajedrez, que no le hace completa justicia. Judit Polgar es la única ajedrecista que ha estado en el top 10 absoluto. En paralelo, lideró la clasificación femenina durante 26 años, el doble de los que tenía cuando se convirtió en la mejor del mundo. Seguiría siendo la número uno si no se hubiera retirado para difundir el ajedrez como herramienta educativa. A lo largo de su carrera, derrotó a todos los campeones del mundo con los que coincidió, en el tablero y fuera de él, porque en sus inicios muchos se burlaron de ella. Kasparov, que la venció en Linares gracias a unas trampas sólo posibles en la era previa al videoarbitraje, fue uno de los grandes maestros del machismo que la miraron por encima del hombro, aunque el Ogro de Bakú rectificó y acabó por rendirse ante el talento de la húngara prodigiosa.
Judit Polgar siempre agradeció a sus padres la educación recibida y, si ella misma no replicó el modelo es porque, al contrario de Klara y Laszlo, ni ella ni su marido son expertos en pedagogía. Cuando la ajedrecista encontró pareja y abandonó el nido, su padre lo entendió, pero también le dolió perder el control de su creación más perfecta. La jugadora agradece sobre todo una lección vital que, en su opinión, la distingue del resto chicas deportistas. Desde pequeña, no la educaron para ser la mejor, sino para convertirse en el número uno absoluto, sin distinción de géneros.
Una vez me dijo que su vida era mucho más interesante que la de Beth Harmon, protagonista ficticia de Gambito de dama. No le falta razón a esta ciudadana ejemplar –polgár, por cierto, significa ciudadano en húngaro-, que sin embargo ha decidido no asumir un reto único. Sólo ella, si acaso, sabe si declina la oferta por exceso de modestia, porque vio algo sospechoso en la jugada del primer ministro o porque entendió que el movimiento no llevaba a una posición mejor.
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