¿Por qué es clave la caída de Irán para la paz en toda la región?

Son ya miles las víctimas mortales de la represión de las fuerzas de seguridad en las principales ciudades de Irán, en lo que se presenta como el mayor levantamiento popular contra el régimen teocrático creado e impuesto por el ayatolá Jamenei hace casi medio … siglo. Pero el sistema aguanta.
Los analistas internacionales creen que hará falta más tiempo de revuelta popular –y más miles de víctimas, en breve empezarán las ejecuciones– para que el sistema Ayatolá caiga. En 47 años, Irán ha construido un entramado de instituciones y barreras para imponer su peculiar régimen islámico, y es pronto para saber si será capaz de reprimir la protesta con la rotundidad de ocasiones anteriores.
Su principal carta represora es el fabuloso aparato de seguridad interna, formado por la Guardia Revolucionaria y las milicias Basij. Se calcula que suman un millón de hombres, en un país que acaba de superar los 92 millones de almas. No hay informes de defección en sus filas; y sí, sin embargo, de militares muertos por bala. Al parecer algunos grupos civiles de protesta estarían recibiendo armas de contrabando procedentes de Irak.
La caída del régimen iraní no parece inminente, pero si finalmente se produce el impacto en la geografía política de todo Oriente Próximo y Medio será inmenso. Para el bien de la paz.
En estos 47 años de régimen fundamentalista, Irán ha construido un modelo islamista que actúa en toda la región, no solo en el plano teórico –como fuente de la que han bebido todos los otros movimientos, también los de la mayoría musulmana suní– como en el terreno de la ayuda práctica.
La llegada del ‘jameneismo’ al poder en Irán no apagó la tradicional lucha entre chiíes y suníes, que lleva activa casi desde la muerte de Mahoma y que obedece a razones primero hereditarias y luego doctrinales. Pero el modelo iraní ha logrado que el mundo del islam cierre filas frente a Occidente. Muchos atribuyen a la doctrina de Jamenei el concepto de ‘jihad’, guerra santa, contra el Gran Satán, Estados Unidos, y contra el Pequeño Satán, el Estado de Israel.
Según el orientalista Bernard Lewis, ese propósito de guerra sin cuartel contra Occidente tardó diez años en aparecer: de 1980 a 1988 los esfuerzos de Irán se centraron en el conflicto armado contra Irak. Pero una vez concluido este, Irán ha sido el faro de todos los movimientos islamistas en la región, que supieron aprovecharse, brevemente, de la Primavera Árabe porque en aquellos años (2011 y siguientes) no existían alternativas liberales tras la caída de los tiranos.
En Túnez y en Egipto, la diplomacia iraní, con su apoyo a los Hermanos Musulmanes, tuvo un éxito efímero, pero el modelo islamista persa sí logró prender en otros países. Tras la caída de Sadam Husein en Irak, la mitad chií de la población –apoyada discretamente por Irán– se ha hecho con los resortes del poder. En el Líbano, Irán, a través de su movimiento armado local Hizbolá, ha estado varias veces a punto de destruir la convivencia en el País del Cedro, y la suerte aún no está echada.
En Gaza ha sido evidente la ayuda de Teherán al movimiento terrorista Hamás, suní y por lo tanto rival del chiísmo, pero sobre todo antisionista. Solo en Siria la vocación global de poder del régimen persa ha conocido un serio traspiés. Irán apoyó con todos sus medios al régimen tiránico de Bashar al Assad, por su pertenencia a la minoría chií del país, y se vio obligado a retirarse tras la caída de Damasco a manos de los rebeldes suníes.
Fuente de TenemosNoticias.com: www.abc.es
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