María Isabel García, la arquitecta que se convirtió en ansiolítico para amainar la angustia que dejaron los terremotos en Caracas

La agenda de María Isabel García el 27 y 28 de junio era una locura llena de nombres de sitios afectados por los terremotos: Caricuao, San Bernardino, Sabana Grande. Ella, que no tiene vehículo propio, se las ingenió para trasladarse a todos los sitios que tenía en la lista, y sin cobrar un centavo por sus servicios profesionales. Arquitecta de la Universidad Simón Bolívar (USB), García decidió convertirse en el ansiolítico que las familias necesitan después de los sismos para saber si pueden dormir tranquilas en la edificación donde habitan. «En solo dos días vi 12 edificios y 15 viviendas. Estamos hablando de familias. Les hemos llevado tranquilidad a más de 300 familias. Estamos hablando de familias completas», subrayó. De los 12 edificios que revisó, tres cumplían los requisitos para que la gente los abandonara.

El 28 de junio, García se presentó en el edificio Venere de San Bernardino, donde el sociólogo Oliver Reina y su esposa, la periodista Várvara Rangel, la esperaban para poder inspeccionar los apartamentos y las áreas comunes. La arquitecta se acercó primero a las labores de rescate en el edificio Rita, en la avenida Los Próceres, donde decenas de voluntarias y voluntarios picaban losas, echaban pala y hacían espacio para que las máquinas siguieran su trabajo de apartar escombros a fin de tratar de encontrar a personas con vida. Después, bajó por la calle Soublette, y se detuvo ante otro edificio para mostrar las grietas y comentar que esa estructura estaba en buenas condiciones, aunque necesitaba reparaciones. Un oficial del ejército que la escuchó le hizo algunas preguntas. Ese día había más preguntas, que respuestas. Ella no solo se puso a la orden para atender la contigencia, sino que acompañó las preocupaciones que se encontraba en cada cuadra.
«Cuando estás en el mundo político tienes la motivación social, pero no hay que hacer política en este momento; para nada. En los grupos de chat, en los que supuestamente se iba a coordinar el trabajo social, estaban más preocupados de que los vieran, la foto y el video, y me sentí mal al ver eso. Pensé en lo que podía hacer yo. Tengo 63 años y no puedo estar saltando y brincando. Me dije: María Isabel, si tú eres arquitecta, puedes ayudar con las inspecciones. Y me ha empezado a llamar mucha gente. Hasta me ubicó gente que está fuera del país», enfatizó. «Les he dado la tranquilidad de que no tienen que desalojar».


Ya en el edificio Venere, comenzó su observación. «Si la viga está bien, y la columna está bien, las bases funcionaron como tenían que funcionar», razonó. «Los edificios que lograron resistir este evento tan atípico y tan impredecible son edificios que pueden resistir» nuevos movimientos. «Eso es algo que te lo preguntan siempre. También las familias te hablan de lo que pasaron, del pánico que sufrieron».
Oliver mostró las señales del daño, y ella revisó y compartió su opinión. Primero, la parte de atrás, con algunas de las grietas que tanto miedo despiertan. Su mirada se dirigía a las columnas. De acuerdo con lo que pudo analizar, no habría daños estructurales. El edificio, destacó, tiene juntas de dilatación que evitan que la estructura se venga abajo.
Vecinas y vecinos se sumaron a la visita. El ascensor del edificio está dañado, y además, tampoco era prudente usarlo de haber estado habilitado. Así que García subió en procesión por las escaleras hasta el primer piso, donde en uno de los apartamentos recomendó hacer reparaciones y tumbar paredes. Lo que parece ser un hermoso balcón de los de antes se convirtió en un arma de doble filo para los residentes. En otro apartamento, la arquitecta hizo la evaluación de rigor, y cuando la madre y la hija escucharon la noticia de que podían estar tranquilas pero debían hacer algunas modificaciones, ambas se abrazaron y lloraron. En esas lágrimas había alivio y alegría en medio de la adversidad. El televisor ni se movió con el terremoto, comentaron entre risas, todavía con vidrios en el suelo y el recuerdo ingrato de lo que experimentaron el 24 de junio.
En el Venere residen unas 25 familias distribuidas en ocho pisos. Oliver Reina rememora que, luego de los terremotos, recomendaron a los vecinos no ingresar a la edificación y los invitaron a pernoctar en un refugio, pero la gran mayoría optó por dormir en el estacionamiento. Una vivienda propia es un logro que difícilmente se repite. García lo sabe, y por eso sigue apoyando a las familias para que puedan tomar las mejores decisiones.
Fuente de TenemosNoticias.com: contrapunto.com
En la sección: Nacional – Contrapunto.com
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