Maldita Resiliencia: 5 de Julio y Terremoto en Venezuela

En este 5 de julio, el doble terremoto en Caracas desnuda la realidad del país. Una cruda reflexión sobre el trauma colectivo y el mito de la resiliencia venezolana.
Hay un punto en el que el cuerpo y el alma simplemente ya no pueden más. Los venezolanos llevamos años viviendo con el corazón en la boca, en un estado de alerta permanente que no da tregua, esquivando los golpes de una crisis que se ha llevado nuestra juventud, nuestra salud y los mejores años de nuestras vidas.
Hoy quiero hablarles desde las entrañas, sin adornos, sin poses ni heroísmos falsos: soy una mujer con el sistema nervioso destrozado, rota por dentro, aguantando en pie por un milagro. Pero lo que vivimos con el reciente doble terremoto superó cualquier límite. Terminó de quebrar la poca fuerza que nos quedaba.
Hoy es 5 de julio. Las pantallas y los discursos oficiales se llenarán de desfiles, de palabras grandilocuentes y de una supuesta independencia. Pero mirémonos a los ojos: hoy no hay absolutamente nada que celebrar.
¿De qué libertad me hablan cuando tememos por nuestras vidas dentro de nuestros propios hogares?
¿Qué soberanía se festeja cuando estamos atrapados entre el abandono y el miedo?
Celebrar hoy se siente como una burla cruel. La verdadera huella de nuestra realidad actual no está en un acta histórica, sino en el crujido de una tierra que se mueve bajo nuestros pies y en el dolor sordo de un pueblo que ya no sabe cómo pedir auxilio.
A mí me tocó vivir esos minutos de terror absoluto atrapada en la boca del lobo: en un sótano 3 de un centro comercial en Caracas. Momentos antes, el lugar se sentía como un refugio cálido; estaba en el bautizo del libro que Magdalena Maya le hiciera a través de una entrevista a su madre, la querida historiadora Margarita López Maya, titulado “Pensar la izquierda latinoamericana”.
Fue un encuentro hermoso, lleno de verdades necesarias sobre nuestro proceso político. Justo cuando me acercaba a abrazar y felicitar a la profesora Margarita, el mundo se vino abajo. La estructura comenzó a sacudirse con una violencia brutal.
Estar en un sótano 3 mientras la tierra ruge allá afuera es una sensación de desamparo absoluto; es un frío helado que se te clava en el pecho y te paraliza.
En esos segundos eternos, mi mente no estaba conmigo en ese subsuelo oscuro. Mi alma voló desesperada hacia mi hogar, hacia mi hijo y mi madre, atrapados en un piso 12. Esa impotencia salvaje de no saber si el edificio resistiría, el terror desgarrador de perder lo que más amo en la vida mientras yo estaba sepultada en vida en un sotano… es una herida tan profunda que aún no sé cómo va a sanar.
Al detenerse el temblor, en medio del llanto y la confusión, me topé con una escena dantesca que me dolió casi tanto como el sismo:
El reflejo del daño tan hondo que tenemos como sociedad. Envuelta en un automatismo paralizante, la gente comenzó de inmediato a hacer la cola para pagar el ticket del estacionamiento y lograr salir. Las tarjetas no pasaban, no había señal, el colapso afuera era evidente, pero la sumisión y la costumbre de acatar la norma seguían intactas.
Mi propio grito de desesperación tuvo que romper el aire. Les supliqué que reaccionáramos, que era una emergencia nacional, exigiendo que saliéramos todos y que abrieran las vías de escape. Pero las miradas estaban anestesiadas, adormecidas. Incluso un hombre, empeñado en ser el “buen ciudadano” en pleno cataclismo, se volteó y me gritó con desprecio:
— Cállate, chica, que lo que haces es estorbar.
Ese grito me dio la respuesta que buscaba. Nos han quebrado tanto el instinto de protegernos que preferimos atacar a quien intenta alertar del peligro antes que reaccionar para salvar la propia vida.
Es más fácil mandar a callar que aceptar que el techo se nos está cayendo encima. Quedó en evidencia que acatar las normas ciegas de un sistema colapsado es una trampa mortal; lo que nos salvará en momentos así no será la sumisión obediente, sino la acción firme, el romper las filas impuestas y la desobediencia abierta a lo incorrecto y a lo injusto.
Sin embargo, hoy, mientras el eco de sus palabras aún me dan vuelta en la cabeza, no puedo sentir rencor. Lo que siento es una lástima profunda y una compasión por esa persona y muchas otras iguales. Y ojalá que al salir por fin a la superficie y llegar a su casa, ese hombre no se topara con la desgracia. Al final, él también es una víctima de este naufragio colectivo, alguien a quien el miedo volvió ciego y paralizo.
El dolor de ser “resilientes”
Qué daño tan inmenso, qué perversión tan grande nos han hecho al etiquetarnos con la palabra “resilientes”. Nos la enseñaron como si fuera una medalla de honor, una virtud, pero ha sido nuestra peor maldición.
Ese MALDITO término solo ha servido para romantizar nuestro sufrimiento, para normalizar el abuso y adormecer el alma. Nos hicieron creer que aguantar la escasez, la oscuridad, la humillación y el colapso con una sonrisa nos hacía mejores, más fuertes.
Y el resultado es este dolor: una sociedad con el sistema nervioso destrozado, propensa al sálvese quien pueda, capaz de atacar a sus hermanos con tal de mantener la ilusión de que todo está bien.
Nos acostumbramos tanto a parir soluciones con las uñas, en la soledad de nuestros hogares, que terminamos aceptando el horror como parte del paisaje cotidiano.
Por eso, en medio de la catástrofe, la única luz limpia fue la gente ayudando a la gente en las calles. Quedó grabado a fuego que solo el pueblo salvará al pueblo, pero no desde la inercia del aguante, sino desde la organización colectiva que desafía las órdenes absurdas.
Porque mientras la ciudadanía se autoorganizaba, la respuesta de quienes debían protegernos fue de una crueldad que quita el aliento. Enviaron fusiles y alcabalas donde hacían falta palas y manos dispuestas a rescatar; bloquearon la ayuda e impidieron activamente el auxilio, usando la tragedia como una herramienta más de control.
Ante esa barbarie, la única salida digna es la desobediencia legítima frente a la autoridad que asfixia y destruye.
¿Hasta cuándo?
¿Hasta cuándo tenemos que demostrar que somos de piedra?
Ya nadie duerme en esta ciudad. Vivimos y dormimos vestidos, con los ojos entreabiertos en la penumbra de la noche, con una mochila en la espalda y el alma en un hilo, esperando el próximo golpe, ya sea de la naturaleza o de la tiranía. Y es ahí, en esas madrugadas eternas, mirando dormir a mi hijo y temiendo por los míos, es donde el cansancio me tumba por completo.
Ya basta de ser el pueblo que “todo lo puede”. Ya basta de resolver tragedias con las uñas entre una multitud que te pide silencio porque le asusta tu miedo.
QUEREMOS VIVIR, no solo sobrevivir. QUEREMOS PAZ, no solo resistencia. Es momento de entender que la salvación no vendrá de arriba ni de la pasividad normativa; vendrá de nuestra capacidad de reaccionar juntos, de plantarnos frente al abuso y decir “no más”.
A veces, cuando la noche es más oscura, no puedo evitar preguntarme qué karma tan grande arrastra nuestra hermosa Venezuela para sufrir tanto. ¿Qué deuda estamos pagando para que el olvido, la crueldad y ahora la propia tierra se ensañen contra nosotros al mismo tiempo?
No tengo respuestas. Solo sé que, si existe una culpa colectiva, ya la pagamos con creces y con lágrimas de sangre.
Es hora de dejar de cargar con un peso que no nos pertenece, rechazar esa sumisión disfrazada de fortaleza, asumir la desobediencia como un deber frente a lo injusto y, simplemente, volver a abrazar a los nuestros y respirar en paz.
* Martha Cambero, ciudadana venezolana, barquisimetana, madre y sobreviviente de las violaciones sistemáticas de los derechos humanos en Venezuela
Punto de Corte no se hace responsable de las opiniones emitidas por el autor de este artículo
Danos tu opinión sobre el tema en nuestro foro de DEBATES de Telegram:
Fuente de TenemosNoticias.com: puntodecorte.net
En la sección: Nacional Archivos – Punto de Corte
También te puede interesar




