Saverio Vivas | La universidad que dejó de hablarle al país

Existe una conocida paradoja filosófica que pregunta si un árbol que cae en un bosque deshabitado realmente hace ruido. Más allá del debate físico sobre las ondas sonoras, el planteamiento apunta a una cuestión más profunda: ¿qué ocurre cuando un hecho existe, pero nadie está allí para percibirlo?
La misma pregunta puede formularse de otra manera. Si una sociedad cuenta con expertos, investigadores, economistas, científicos sociales y académicos capaces de comprender determinados riesgos, pero ese conocimiento nunca abandona los salones universitarios, ¿cumple realmente alguna función social?
Durante décadas, la universidad fue concebida como uno de los principales espacios para la producción de conocimiento. Sin embargo, producir conocimiento y transmitirlo son tareas distintas. La historia demuestra que una sociedad no se beneficia automáticamente de la existencia de expertos. El conocimiento que permanece encerrado entre especialistas puede terminar siendo tan inútil para el ciudadano común como un libro que nadie abre.
El pensamiento crítico como herramienta de supervivencia
El astrónomo y divulgador Carl Sagan comprendió esta realidad mejor que muchos intelectuales de su tiempo. Para él, el pensamiento crítico no era un lujo reservado para investigadores o profesores universitarios. Era una herramienta de supervivencia ciudadana.
Sagan advertía sobre el peligro de una sociedad profundamente dependiente de la ciencia y la tecnología, pero incapaz de comprender sus principios fundamentales. Cuando eso ocurre, las decisiones colectivas dejan de basarse en evidencia y comienzan a depender de emociones, consignas y actos de fe política.
La Venezuela contemporánea ofrece un ejemplo inquietante de este fenómeno.
Durante gran parte del siglo XX, numerosos economistas, historiadores y académicos conocían las limitaciones de los modelos estatistas extremos, los problemas de los sistemas económicos centralizados y las consecuencias históricas de concentrar excesivamente el poder político. La evidencia internacional estaba disponible para quien quiera estudiarla.
Sin embargo, ese conocimiento rara vez logró convertirse en cultura ciudadana.
Mientras una parte importante del mundo académico debatía entre seminarios, congresos y publicaciones especializadas, amplios sectores de la población permanecían expuestos a narrativas simplificadas que prometían riqueza sin producción, justicia sin instituciones y prosperidad sin incentivos económicos.
Los vendedores de ilusiones no tuvieron que derrotar a los expertos. Les bastó con hablarle a una audiencia que la academia había abandonado. Mientras el árbol de la advertencia experta caía en el bosque solitario de los campus universitarios, el populismo hacía todo el ruido en la calle.
La frontera difusa entre el estudio y el dogma
Pero existe una responsabilidad aún más profunda que la academia venezolana nunca asumió con la claridad que exigía el momento histórico.
Las universidades tienen la obligación de enseñar todas las corrientes del pensamiento humano, incluso aquellas que el tiempo ha demostrado equivocadas o insuficientes. Estudiamos el geocentrismo para comprender la historia de la astronomía, la alquimia para entender la evolución de la química y el feudalismo para analizar una etapa de la organización social. Nadie considera que hacerlo implique recomendar su aplicación en el presente.
Con el marxismo, sin embargo, esa frontera se volvió difusa.

No se trata de prohibir su estudio ni de negar su importancia histórica en la filosofía, la sociología o la crítica del capitalismo industrial. Se trata de reconocer con honestidad intelectual que muchas de sus propuestas económicas fundamentales fueron puestas a prueba durante el siglo XX y produjeron resultados persistentemente alejados de las promesas que las justificaban: economías estancadas, escasez, concentración del poder político, debilitamiento de las libertades individuales y deterioro del bienestar de millones de personas.
La pregunta incómoda es por qué buena parte de la academia continuó presentando esas ideas como alternativas viables para organizar la sociedad, en lugar de abordarlas principalmente como objeto de estudio histórico y como teorías cuya aplicación práctica había sido severamente cuestionada por la experiencia.
El veredicto de la evidencia empírica
En cualquier otra disciplina el procedimiento sería evidente. Si un modelo fracasa repetidamente al contrastarse con la realidad, se revisa o se abandona. La ciencia no protege teorías por simpatía ideológica; las mantiene mientras sus explicaciones sobrevivan al juicio de la evidencia.
¿Por qué las ciencias sociales deberían estar exentas de esa misma exigencia?
La tragedia venezolana demuestra el costo de no hacerse esa pregunta. Mientras millones de ciudadanos escuchaban promesas de prosperidad basadas en un Estado cada vez más poderoso y una economía crecientemente intervenida, demasiadas voces académicas guardaron silencio o permitieron que esas premisas conservaran una respetabilidad intelectual que los resultados observados en numerosos países ya habían puesto seriamente en duda.
La universidad no tenía la obligación de hacer política partidista. Tenía una responsabilidad mucho más importante: advertir que ciertas ideas habían sido ensayadas durante décadas y que sus resultados diferían profundamente de las expectativas que prometían.
Cuando una institución dedicada al conocimiento renuncia a señalar que una hipótesis ha sido desmentida por la experiencia, deja de cumplir una de sus funciones esenciales. Y cuando ese silencio coincide con el ascenso de discursos populistas, la omisión también tiene consecuencias históricas.
El vacío que llenan los simplificadores
Este problema no se limita al marxismo. En muchos países se observa una creciente distancia entre quienes producen conocimiento y quienes toman decisiones políticas o electorales. La academia ha desarrollado una cultura que, con demasiada frecuencia, privilegia el reconocimiento entre pares por encima de la comunicación pública. Se escribe para especialistas. Se habla para especialistas. Y se enseña para especialistas. El ciudadano común queda fuera de la conversación.
En ese vacío prosperan los simplificadores.
No porque posean mejores argumentos, sino porque saben explicar sus ideas en un lenguaje que cualquiera puede entender.
La batalla por la opinión pública rara vez la gana quien tiene razón. La gana quien logra ser comprendido.
Por eso, la responsabilidad social del conocimiento no termina cuando se publica una investigación o se dicta una conferencia. También implica traducir ese conocimiento, divulgarlo y hacerlo accesible para la sociedad que sostiene y justifica la existencia de las universidades.
Autonomía sin aislamiento: la tarea del futuro
La autonomía universitaria sigue siendo indispensable para proteger la libertad académica y evitar la subordinación política del conocimiento. Pero la autonomía no debe confundirse con aislamiento. Una universidad libre no es aquella que se encierra en sí misma, sino aquella que participa activamente en la construcción de una ciudadanía mejor informada.
La Venezuela del futuro necesitará reconstruir muchas instituciones. Entre ellas, la relación entre la academia y el ciudadano.
Porque cuando los expertos dejan de hablarle al país, otros ocupan ese espacio.
Y cuando el conocimiento guarda silencio, la charlatanería encuentra un micrófono.
Las universidades no fracasaron por enseñar a Marx. Fracasaron cuando dejaron de enseñar que las teorías también tienen la obligación de sobrevivir al veredicto de la realidad.
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