Fe, anécdotas y la canción de una aparición

Mi familia, siempre fue de profunda fe católica. Cuando nos vinimos a Valencia, una de las primeras cosas que hicimos fue ir a la Catedral a visitar a la Virgen del Socorro. Tanto mi padre como mi madre llevan ese nombre, pero solo de la pila bautismal, porque en la cédula no le aparecía a ninguno de los dos. Me contaron aquello de que la imagen de la Virgen del Socorro nuestra no tiene que ver con la del Perpetuo Socorro, más bien se parece a la Virgen Dolorosa. Nosotros, los valencianos, habíamos pedido la Virgen del Socorro y los peruanos, Nuestra Señora de los Dolores, pero en el camino, se equivocaron y la imagen que llegó fue la Dolorosa que aquí fue rebautizada como “Nuestra Señora del Socorro”.
Pero teníamos un sueño, ir a Guanare. Cumpliendo el deseo de mi tía Teté, que vivía con nosotros, emprendimos el viaje para visitar a la patrona de Venezuela, Nuestra Señora de Coromoto. Allí, en la Basílica Menor, Santuario Nacional de Nuestra Señora de Coromoto, declarado monumento histórico en 1960, nos esperaba una escena que se repetiría en mi vida: la dificultad de distinguir la pequeña y venerada reliquia en su camarín, a pesar del lente de aumento que tenían ahí fijo para apreciarla.
Mi tía no la vio, decía que su vista no la ayudaba. Mi hermanito Miguel Ángel estaba muy pequeño y no entendía qué iba a ver. Tampoco la pudo ver mi madre. Mi papá afirmaba haberla visto y yo también la vi, aunque no sé si fueron mis ganas de verla acompañadas de mi imaginación que competía con la de mi padre o que era cierta la historia aquella de que los adultos no la veían, sino los niños y mi papá era otro niño. Cerca, un poco más allá, de manera más accesible, estaba otra imagen que capturó mi corazón: Nuestra Señora de la Corteza, con su historia humilde de un niño, su madre y un burro. La imagen era clara, su tamaño pequeño, pero muy cómodo de apreciar. Recuerdo que mi papá nos contó, además de su linda historia, que había sido sustraída, pero la habían podido recuperar.
Lastimosamente se la volvieron a robar en 1966, y esta vez no se recobró.
Muchos años después, ya casada, fui con toda mi familia a la boda de mi primo Julio Martín Daza Correa con Anamaría Walter, en Barinas e hicimos una parada en Guanare. La experiencia se repitió: entre mis hermanos, mi marido y yo, nadie logró distinguir claramente la imagen de la Patrona. La anécdota familiar la protagonizó mi pequeño hijo Juan Sebastián, quien, al ser el único que afirmó verla, describió con total convicción: “un Cristo con los brazos así”, abriéndolos en cruz. La carcajada fue instantánea y esa inocente confusión se convirtió en una broma que perdura veinticinco años después.
Recientemente, mi amigo Federico La Riva, hijo del reconocido compositor José La Riva Contreras (autor de aquella pieza que se robó el corazón de los venezolanos en la década de los setenta “Pasillaneando”), me envió una joya musical: “Aparición”, una canción bellísima interpretada por su hermana Evelia y dedicada a la Virgen de Coromoto.
Y me enteré por Federico que, en la década de los noventa, se llevaba a cabo un festival en Guanare en homenaje a la Virgen de Coromoto donde esa pieza concursó y salió galardonada con el primer lugar. Fue acompañada por la Orquesta Nacional Juvenil de Los Llanos con sede en Guanare, bajo la dirección de Henry Zambrano con arreglos del maestro guanareño Alfredo Ortega. Me comentaba Federico que el jurado estuvo conformado por Chelique Sarabia, María Teresa Chacín, Nancy Ramos, Neida Perdomo, Joel Hernández, Cheo Ramírez, Edgard Gurmeitte y nuestro último cronista de Valencia, el poeta José Joaquín Burgos.
La canción del Dr. La Riva relata la aparición de la Virgen al cacique Coromoto el 8 de septiembre de 1652. Con una magistral transición rítmica, también rinde homenaje al Hermano Nectario María, lasallista e historiador francés quien, tras llegar a Venezuela en 1913, dedicó su vida a investigar y documentar el hecho milagroso. Su trabajo fue fundamental para que el Vaticano, y específicamente el Papa Pío XII, reconociera la aparición y la coronara como Patrona de Venezuela el 11 de septiembre de 1952.
He aquí una curiosidad que muchos pasan por alto: aunque la coronación oficial fue el 11, el corazón de la festividad late con fuerza el 8 de septiembre. Es el día de la aparición, el día en que, mariposas con el número 8 en sus alas surcan los cielos de Guanare. Para los guanareños, para los portugueseños y para tantos venezolanos, el 8 es la fecha verdadera del júbilo, de la procesión y de la fe renovada. Es una fecha que merece ser rescatada en el calendario nacional, pues sin el 8 de septiembre, simplemente, no existiría el 11.
Más allá de las anécdotas familiares y la dificultad para vislumbrar una pequeña imagen, que se está auto restaurando, la devoción a la Virgen de Coromoto se teje con los hilos de la fe sencilla, la historia y la cultura. Es una fe que vive en las procesiones de Guanare, en las bromas que perduran entre familias y en canciones como “Aparición”, que preservan nuestra memoria con la belleza de la música. Celebrar el 8 de septiembre es honrar ese origen, ese milagro fundacional que unió para siempre el destino de un pueblo al de su Patrona. Es recordar que, a veces, la fe no se ve claramente con los ojos, sino que se siente con el corazón y se trasmite, generación tras generación, en las historias que contamos y en las canciones que cantamos.
Fuente de TenemosNoticias.com: www.el-carabobeno.com
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