León XIV encara la pederastia: ¡por fin!

En su reciente visita a España, el papa León XIV acaba de calificar la pederastia clerical como una “plaga” y una “llaga abierta”. Se reunió con víctimas. Habló de verdad, justicia, reparación y escucha. Son palabras necesarias. Palabras que muchos católicos y no católicos esperábamos escuchar desde hace mucho tiempo. De Juan Pablo II en adelante, incluyéndolo, hubo algunas condenas públicas, pero veladas y definitivamente insuficientes, a la pederastia sacerdotal. Y dejaron una pregunta flotando en el aire: ¿por qué la Iglesia tardó tanto en actuar y por qué durante décadas la percepción pública fue que ciertos temas morales recibían más atención que la protección de los niños?
La Iglesia católica ha sido, durante dos mil años, una de las instituciones más influyentes de la humanidad. Ha inspirado obras de arte inmortales, fundado universidades, atendido enfermos, protegido pobres y servido de guía espiritual a miles de millones de personas. Precisamente por eso, cuando falla, sus errores son más dolorosos. Y cuando intenta ocultarlos, el daño es todavía mayor.
Numerosos católicos crecimos escuchando posiciones claras y contundentes sobre temas de moral sexual. Desde los “pecados horribles” que eran la masturbación, las relaciones prematrimoniales, el divorcio y los que se volvían a casar, la anticoncepción, el aborto, la homosexualidad y otros asuntos ocuparon innumerables documentos, homilías y debates. El fuego eterno era el castigo. Mientras tanto, miles de niños eran víctimas de abusos sexuales cometidos por hombres que llevaban sotana. ¡Tremenda hipocresía y tamaño horror!
Y lo más grave no fueron solamente los abusos. Lo verdaderamente devastador fue que, en demasiadas ocasiones, quienes debían proteger a los más vulnerables optaron por proteger la institución. Sacerdotes trasladados de una parroquia a otra. Denuncias archivadas. Familias ignoradas. Víctimas silenciadas. Desde los papas hasta los párrocos. No hubo jerarquía eclesiástica que no tapara a los pederastas.
Al menos a mí me resulta difícil comprender que algunos líderes eclesiásticos parecieran experimentar una mayor inquietud ante la vida privada de adultos que ante la destrucción de la infancia de miles de niños.
La verdad exige preguntarse por qué tantos responsables miraron hacia otro lado durante tanto tiempo. Exige reconocer que el problema no fueron únicamente los depredadores, sino también quienes los protegieron. Exige entender que el escándalo no radica solo en los pecados cometidos, sino en la estructura de silencio que permitió que continuaran, que, de paso, es pecado también. Es imposible no preguntarse cómo pudo ocurrir algo así dentro de una organización cuya misión principal –según ellos– es precisamente la defensa de la dignidad humana.
La homosexualidad entre adultos puede ser objeto de discusión doctrinal. La violación de un niño, no. No admite matices teológicos ni interpretaciones pastorales. Es un crimen. Y es, además, una traición absoluta al Evangelio que esos mismos sacerdotes predicaban.
Por eso resulta tan doloroso que la Iglesia nunca se haya pronunciado sobre los delitos cometidos contra menores dentro de sus propias filas. Quizás esa percepción no siempre fue justa. Quizás hubo quienes sí denunciaron y lucharon desde dentro. Pero la magnitud del escándalo demuestra que algo falló profundamente.
Hoy León XIV parece dispuesto a enfrentar esa realidad. Es una buena noticia. Nadie gana cuando la Iglesia pierde credibilidad. Nadie gana cuando las víctimas sienten que sus heridas son ignoradas. Nadie gana cuando el silencio reemplaza a la verdad. Ninguna institución –menos la “santa” Iglesia católica– debería preocuparse más por juzgar la vida privada de adultos que por proteger a los niños.
Las palabras, por sí solas, no bastan. La confianza no se reconstruye mediante discursos. Se reconstruye con transparencia. Con investigaciones independientes. Con colaboración plena con la justicia civil. Con sanciones para los culpables y también para quienes los encubrieron, porque son culpables también.
Porque la verdadera medida de una institución moral no está en la firmeza con que condena los pecados de otros, sino en el valor con que enfrenta los propios. Los católicos merecen respuestas. Las víctimas merecen justicia. Y la Iglesia, si quiere seguir siendo una referencia moral para el mundo, merece la oportunidad de demostrar que aprendió la lección.
Al final, ninguna prioridad puede estar por encima de la protección de un niño. Gracias, Su Santidad, por haber puesto, por primera vez con la contundencia debida, el tema sobre el tapete.
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Fuente de TenemosNoticias.com: runrun.es
En la sección: Opinión archivos – Runrun.es: En defensa de tus derechos humanos
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