No cuenten con que el capital nos salvará

Hace unas semanas un comentario del otrora funcionario público retirado y ahora devenido en político Andrés Caleca produjo revuelo. Lo soltó en Twitter y, en resumen, era una advertencia de que puede haber en Venezuela una recuperación de la economía, junto con la resurrección de una calidad de vida de las masas que lleva años más sepultada que Lázaro. Caleca remató su advertencia afirmando que abundan los ejemplos de regímenes autoritarios con economías prósperas. Su comentario habría sido muy difícil de cuestionar de ser por el verbo “abundan”.
En realidad, tales regímenes autoritarios no abundan. Escasean. Fíjense que los entusiastas del autoritarismo (no, no estoy insinuando que Caleca es un entusiasta del autoritarismo; su tuit, aunque errado, claramente fue una advertencia sobre algo que él considera indeseable) siempre apuntan al mismo puñado de ejemplos contemporáneos: China y las monarquías árabes. O señalan casos como Chile, Corea del Sur, Taiwán o Singapur, cuya democratización sin retrocesos importantes en desempeño económico niega que la condición autoritaria en ellos sea una especie de mal necesario.
Ahora bien, ¿por qué en las democracias la gente por lo general vive mejor que en las autocracias? Pues porque por lo general las democracias son mejores fomentando economías productivas y en las que la riqueza está distribuida de forma más igualitaria. Esto se debe a su vez a que en las democracias por lo general al gobierno le es más difícil pisotear el Estado de derecho, el cual es indispensable para que una economía se enriquezca.
Los actores económicos se guían por expectativas y proyecciones hacia el futuro. El sueño de todo inversionista es que el retorno de su inversión esté garantizado. Si esa garantía nunca es del todo posible (debido a la misma razón por la que, como indica Hume, ninguna teoría científica es 100 % comprobable, sino que más bien solo puede aspirar como mucho al cumplimiento casi constante de una ley), pues lo que estos actores realistamente desean es que se reduzca el riesgo de una pérdida lo más que se pueda. Un Estado todopoderoso que toma decisiones caprichosas en materia económica, desde aranceles exorbitantes hasta la estatización de cualquier propiedad privada, es enemigo de la confianza que estimula la inversión.
A veces las premisas correctas producen una conclusión equivocada, por falta de datos o por el descarte infundado de posibilidades. Pasa con la relación teórica entre democracia y Estado de derecho, en el contexto de la discusión en la opinión pública sobre el destino del país a raíz de los hechos que comenzaron este enero. Muchas cosas han cambiado. Pero algo que permanece igual es la brecha entre los deseos de la sociedad venezolana y lo que la misma está dispuesta a hacer para lograrlo. Una sociedad que sigue aspirando a vivir en democracia, pero sigue en buena medida demasiado aterrorizada, por el trauma que le han dejado años de represalias crueles desde el poder, como para movilizarse en pro de sus demandas. Una sociedad que sigue, por lo tanto, esperando a que un tercero haga el grueso del trabajo, o hasta todo el trabajo, de asegurar la transición democrática.
Como ya he dicho, el problema de tal expectativa es que los intereses de ese tercero, que viene siendo Estados Unidos, no necesariamente coinciden con los de quien delega la tarea. Eso deja a millones de venezolanos en la incómoda posición de buscar razones para creer que la coincidencia de intereses sí existe. Una de ellas pasa por la más realista, utilitaria y divorciada de idealismos altruistas y deontológicos. Sostiene que Washington sí se asegurará de que haya transición democrática en Venezuela porque con la restauración de la democracia vendrá la restauración del Estado de derecho que será garante de los intereses del capital norteamericano en nuestro país.
Creo que esto es poner una fe excesiva en los ‘CEOs’. No es para nada necesario que estos caballeros septentrionales pongan la redemocratización de Venezuela como condición sine qua non para que inviertan millones de dólares en el país. Les va a bastar con tener la impresión de que el gobierno no pondrá obstáculos para el retorno de su inversión. Si esa impresión llega a existir, no hay por qué asumir que a esos hombres y mujeres de negocios seguramente les va a inquietar mucho la transparencia del sistema electoral o la situación de derechos humanos en Venezuela.
Debo volver acá a la cuestión de los pocos regímenes autoritarios en los que la calidad de vida es elevada. Mencioné a las monarquías árabes. Hay un caso particularmente notable: los Emiratos Árabes Unidos. ¿No son acaso los opulentos rascacielos de Dubai una fuente inagotable de deslumbramiento en todo el planeta? ¿Cómo es que una nación de beduinos criadores de cabras erigió semejante urbe en aquel rincón de un desierto inhóspito? Sí, petróleo. Mucho petróleo. Pero solo con hidrocarburos no se hace rico un país.
Esa lección los venezolanos la hemos tenido que aprender por las malas demasiadas veces ya. Lo cierto es que, bajo la égida de los jeques de la familia Al Nahyan, los Emiratos Árabes Unidos diversificaron su economía hasta hacerla el más importante centro neurálgico de negocios de todo tipo en el Medio Oriente. Mutatis mutandis, son como Londres, Nueva York o Hong Kong. Para atraer todo ese capital foráneo, lo que hicieron fue adherirse a un régimen estricto de respeto a las libertades económicas.
En el Índice de Libertad Económica elaborado por la Heritage Foundation y The Wall Street Journal, los Emiratos Árabes Unidos varias veces han obtenido un puntaje similar al de democracias europeas y norteamericanas… Sin ser una democracia en absoluto. El hecho de que hayan logrado tal cosa siendo un petroestado solo lo hace aun más notable, puesto que las inversiones energéticas son de las más exigentes en cuanto a plazos para el retorno de inversión, habida cuenta de toda la infraestructura que debe levantarse. Entonces, los gobernantes locales han logrado crear la confianza en que ni siquiera en el largo actuarán de forma lesiva hacia el capital.
Pero, un momento, ¿en qué demonios se parece esto a Venezuela? Lo que ha habido en nuestro país a partir de 1999 está en las antípodas de Abu Dhabi, y no solo geográficamente: controles de precio y de cambio, estatizaciones a mansalva y un largo etcétera. En fin, la mezcla perfecta para ahuyentar capitales privados. Las mismísimas petroleras de Houston lo saben muy bien, empezando por ExxonMobil y ConocoPhillips.
Por otro lado, si hay algo que nunca, jamás, debemos subestimar es la capacidad de la elite gobernante venezolana para adaptarse a nuevas realidades y así permanecer en el poder. Han pasado siete años ya desde que discretamente empezó a prescindir de los aspectos más marcadamente socialistas de su ideario, ante el agotamiento del sistema vigente hasta entonces como generador de recursos para la propia elite.
He ahí el retiro de los controles de precio, la tolerancia al uso del dólar como medio de cambio y la reprivatización de varios activos estatizados (bajo esquemas poco o nada transparentes, hay que decir). No estoy asegurando de ninguna manera que va a ocurrir, pero tampoco descartaría que a partir de ahora veamos muchos más cambios en esa dirección. Ya empezaron, con reformas a la legislación en materia petrolera y minera para hacerla más amigable a la inversión privada. No tiene que llegar a los estándares emiratíes para que varias empresas extranjeras se sientan convencidas. Solo alejarse lo suficiente de la experiencia previa.
En conclusión, si usted es uno de los millones de venezolanos que anhela una transición democrática y piensa que tal vez las necesidades del capital trasnacional puedan incidir en esa dirección de forma decisiva, no hay problema. Pero si piensa que la mera posibilidad es una certeza y que por lo tanto los venezolanos solo tienen que esperar sentados, pues me temo que se equivoca en grande. Al final, por incómodo que resulte, los mayores interesados en que vuelva la democracia a Venezuela son los mismos venezolanos. Quizá los únicos verdaderamente interesados. No tengo que decir de quién es, ergo, la gran responsabilidad.
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Fuente de TenemosNoticias.com: runrun.es
En la sección: Opinión archivos – Runrun.es: En defensa de tus derechos humanos
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