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Economía y Finanzas

Los colosos tecnológicos dependen peligrosamente del éxito de OpenAI

📅 🕐 25 Oct 2025🔗 Fuente: eleconomista.es🕑 5 min de lectura
Los colosos tecnológicos dependen peligrosamente del éxito de OpenAI
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Los veteranos del lugar intuyen que la desmesura en las expectativas en torno a la Inteligencia Artificial (IA) provocan disgustos, ya sea en forma de burbujas o amago de ellas. Muchos de ellos coleccionan cicatrices de esos elefantes que no lograron ver pese a tenerlos delante. Una de las crisis más lacerantes que se recuerdan se formó hace 25 años, con los pioneros de Internet al frente. No hace falta ser aguafiestas para apreciar los evidentes paralelismos entre aquel trauma financiero y la euforia actual de la IA.

Una vez que irrumpen estos fenómenos metafóricamente gaseosos, sólo hay dos destinos posibles: o se desinflan o explotan. A principio del siglo ocurrió lo segundo. A toro pasado, todos fueron Morante. Era evidente. ¿Cómo es posible que una empresa dedicada a la venta de anuncios, expuestos en el ciberespacio, pudiera valer más que General Electric, Boeing o las grandes constructoras y petroleras?

A todas luces, eso no podía acabar bien, convinieron mientras se lamían las heridas con pérdidas históricamente estimadas en más de cuatro billones de dólares, entre caída del valor en bolsa (3,6 billones dólares) y deudas heredadas (500.000 millones de dólares). Justo un cuarto de siglo después, el ciclón de la IA proyecta sobrevaloraciones hasta diez veces superiores a las de entonces. Según los expertos, el estallido de la burbuja de la IA puede provocar una pérdida en capitalización de 40 billones de dólares (34 billones de euros), el doble del valor del Nasdaq.

Las advertencias de voces críticas especialmente significadas han proliferado en los últimos días. Hace dos semanas, corrió de parte de uno de los nuevos Premios Nobel de Economía, Joel Mokyr. Este profesor -estudioso del impacto de la innovación en el crecimiento económico-, alertó ante la peligrosa retroalimentación de inversiones entre las grandes tecnológicas dedicadas a la IA. Al mismo tiempo, un informe del prestigioso MIT considera que el 95% de los proyectos en marcha de IA no producen los retornos en productividad esperados. Una reciente encuesta de Bank of America entre casi un centenar de gestores sitúa esta amenaza como su principal motivo de desvelo. Hace dos semanas, el gestor estrella del BNY Investments Newton aseguró a este periódico que la IA «muestra características claras de una burbuja, vemos mucho riesgo».

Entre las decisiones más inquietantes sobresale el anuncio de Nvidia de inversiones de 100.000 millones de dólares en OpenAI, generosidad que los padres de ChatGPT recompensarán con la compra de productos y tecnología de la compañía estadounidense. A grandes rasgos, este movimiento se conoce como camino circular. Es decir, sale dinero de viaje de un sitio y regresa al punto de origen por la ruta exactamente inversa. Por el tránsito, sus protagonistas se revalorizan en bolsa, con un movimiento que también bendice al conjunto del sector.

Poco antes de que el premio Nobel pusiera el acento en el asunto, el Fondo Monetario Internacional y el Banco de Inglaterra habían coincidido en tan inquietante dirección. El CEO de JP Morgan, Jamie Dimon, tampoco se quedó atrás al advertir que el optimismo en torno a la IA podría revertirse. Basta con que los inversores rasquen un poco la superficie para comprobar si, realmente, los beneficios contables de tan deslumbrante tecnología entran en caja de las empresas.

Los bancos no quieren bajarse de un tren de alta velocidad, donde sus pasajeros se pagan entre sí, sin mentar la palabra burbuja. Goldman Sachs apunta que los beneficios de las grandes tecnológicas crecen a un ritmo muy fuerte, quizá insostenible. Morgan Stanley hace memoria al comparar los días previos a la crisis puntocom, donde la aristocracia del S&P 500 alcanzaba valoraciones de tres veces su flujo de caja, igualito que ahora.

El terremoto de la china Deepseek de hace apenas nueve meses quedó en amago. Su eficiencia y reducido coste provocó pérdidas récords en el sector, con un menoscabo de 600.000 millones de Nvidia. Pero las aguas volvieron a su cauce al poco tiempo, más por los errores ajenos -una deficiente experiencia de uso de aquellos chips- que por los aciertos propios. Quién sabe si el próximo tantarantán no resulta tan benévolo con los guardianes tecnológicos de Occidente, para transmutar la sorpresa en susto.

Los chips de IA que comienzan a mover el mundo son tan caros como efímeros. Todos llevan en su núcleo la maldición de su caducidad, tecnología que exigirá reinversiones mucho antes de su madurez, sin la pretendida recogida de cosecha.

Conviene analizar con cautela las grandes cifras de OpenAI, padre del fenómeno de la IA generativa. Algunos temen que la empresa de ChatGPT se convierta en la chispa de la temida deflagración. Sus ingresos en 2024 rozaron los 13.000 millones de dólares, mientras que las inversiones comprometidas con Nvidia se cifran en 100.000 millones de dólares.

Oracle, por ejemplo, ha unido parte de su destino a ChatGPT, pero por ahora pierde 100 millones de dólares cada trimestre en el alquiler de sus data centers a OpenAI. Un tropiezo de ChatGPT golpearía a su principal inversor, Microsoft. La semana pasada, Reuters informaba de que OpenAI necesita alcanzar los 125.000 millones de dólares en ingresos para alcanzar el equilibrio, algo que no se espera hasta 2029 y que exigirá constantes ampliaciones de capital.

Todo lo anterior invita a reflexionar sobre la presunta fragilidad de este tipo de titanes, cuyas relaciones comprometen al conjunto del ecosistema, incluidos Nvidia, Google, Microsoft y AMD. Probablemente, los competidores chinos se frotan las manos estos días ante la delicada dependencia de los jugadores estadounidenses confiados en poner todos los huevos en la cesta de OpenAI.

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Fuente de TenemosNoticias.com: www.eleconomista.es

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