De Venecos y Colombiches… – Analitica.com
Los elementos que nos unen a Colombia son infinitos. Infinitos igualmente son los que nos separan. Un intenso ir y venir de ciudadanos de cada lado de la frontera hacia el otro se ha producido desde tiempos ancestrales. Y el flujo humano se exponencia hasta cifras colosales cuando se instalan momentos de crisis tanto de este lado como del otro del Arauca. Cada una de estas situaciones nos ha tomado desprevenidos y, a lo largo de la historia en común, hemos fallado, tanto en Colombia como en Venezuela, en aquello de dotarnos de instrumentos y de instituciones que faciliten la integración social y económica de ese vecino inmigrante con el que nos vanagloriamos de estar tan integrados.
En nuestros días la situación de los emigrantes venezolanos en suelo neogranadino es patética. Un excelente trabajo de PROVEA finalizado el 31 de agosto de este año lo pone objetivamente al descubierto. Este Informe analiza desapasionadamente el tema desde la óptica de los derechos humanos, entresaca lo inútil, lo sobrante o lo inconveniente y presenta un estado de situación doloroso, además de inhumano, para muchos de esos 2,8 millones de compatriotas allí registrados.
Resulta explicable que la respuesta de Colombia desde el 2015 a esta parte para enfrentar ese colosal fenómeno de movilidad humana, que sin duda alguna representa un reto inmenso para el país, haya sido limitada, aunque no podemos afirmar que haya sido pobre. Hay que partir de reconocer que nunca la frontera ha estado cerrada a la llegada de venezolanos ni se han impuesto restricciones migratorias. Hacen 10 años los venezolanos en tierra vecina éramos 100.000 apenas y, al momento actual, tal cifra ha crecido en un 9.050%. La Casa de Nariño, además, desde la llegada de Nicolas Maduro al poder se vio confrontada a una crisis humanitaria significativa como consecuencia del retorno masivo y la expulsión de colombianos que se produjo intempestivamente con el cierre de la frontera impuesto desde Venezuela.
Para agravar más las cosas, actualmente las autoridades en Bogotá se ven frente a la necesidad de enfrentar la migración reversa, un fenómeno provocado por las políticas de Donald Trump, lo que le agrega complejidad y volumen a su abordaje.
Desde 2015 a esta parte una buena cantidad de esfuerzos formales e institucionales fueron puestos en marcha por los gobiernos colombianos para regularizar a esta inmensa masa humana de venezolanos en su suelo que no se ha detenido en su crecimiento. Los avances y retrocesos han sido muchos pero la intención ha sido siempre la de dar consideración adecuada al fenómeno migratorio, incluso de implantar políticas y practicas diferenciadas para los grupos mas vulnerables.
El estudio de la UCAB afirma, acertadamente, que “la regularización es un paso importante, mas no suficiente, si no va acompañada de medidas que faciliten la integración de los migrantes” y allí es donde radica la principal falla de los esfuerzos gubernamentales. Hoy por hoy, aunque es preciso aplaudir los avances en la política migratoria, en la normativa que nos protege y en los instrumentos de regularización y atención que nos atañen a los venezolanos, persisten barreras a la integración de la población venezolana en Colombia.
Desde el advenimiento de la administración de Gustavo Petro, la desatención institucional a los migrantes se ha visto catapultada hasta niveles impensados, comenzando por el desmantelamiento de la oficina de la Gerencia de Fronteras adscrita a la presidencia. Esta medida y otras que tienen que ver con la regularización de nuestros migrantes han sido tomadas escudados en la política de reducción de gastos públicos impuesta por el gobierno del Pacto Histórico, a pesar de que los programas que atendía disponían de financiamiento externo no gubernamental.
Desde la llegada de Petro el desorden administrativo en este terreno es lo que priva. Suspensión de programas, eliminación de registros, politización del tema, todo juega a favor de una desatención orquestada desde lo alto del poder o al menos hay una negligencia palmaria en el trato de un fenómeno socioeconómico de enorme envergadura.
Citar números no le agrega dramatismo a este fenómeno. Pero para ser justos, hay que deplorar que después de las elecciones venezolanas del año 2024 y del subsiguiente incremento de la represión del régimen de Miraflores, las autoridades vecinas se han hecho de la vista gorda ante la exponenciación de migrantes y refugiados necesitados de protección por su condición de perseguidos políticos y necesitados de seguridad personal por la violencia imperante en las zonas fronterizas . Y así llegamos hasta nuestros días.
Gustavo Petro le hace el juego al madurismo de esta manera insensata, inhumana y desprovista de toda consideración frente a los derechos del venezolano que es forzado a refugiarse en la tierra vecina en un ambiente vacío de toda protección. El Presidente dentro de su particular forma de actuar, no cesa de escudarse en una fraternidad que no es tal, mientras le niega al venezolano el refugio que Venezuela si le ha otorgado por décadas a los ciudadanos colombianos. Los venecos somos percibidos por el gobierno de Bogotá como enemigos y tal percepción termina, tarde o temprano por trasladarse a la población colombiana de a pie.
Prevalece, sin embargo, otra realidad humana que ha sido fraguada por la historia compartida de ambas naciones, por “colombiches” y por “venecos”.
A aquellos venezolanos a quienes les ha tocado abandonar involuntariamente el terruño para labrarse una vida lejos de los suyos – 9 millones de los nuestros a esta fecha- la hermandad con el colombiano que también emigra se lleva en la piel. Toparse con un paisa, un cachaco o un costeño en las calles Miami, Lisboa, Santiago o Houston equivale, eso sí, a toparse con uno de los nuestros.
Por fortuna…
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