¿Las editoriales independientes tambalean en Colombia? Radiografía de una industria en la que se publican libros pocos comerciales, pero valiosos

En octubre de este año, la editorial independiente Tragaluz, que nació en Medellín hace dos décadas, anunció que dejaría de ser la encargada de materializar ilustraciones, historias y poemas en libros. “Fue un poco por agobio, por cansancio, por ver la cantidad de temas que están cambiando y que seguíamos hablando de lo mismo. Entonces surgió la necesidad de ajustar todos los procesos de la editorial a lo que está pasando hoy”, cuenta Pilar Gutiérrez, directora general de Tragaluz, a EL TIEMPO.
Desde el 2005 esta pequeña editorial, integrada por seis personas a la hora de su cierre, logró publicar más de 200 títulos y alcanzó múltiples reconocimientos internacionales. Por ejemplo, en marzo de este año fue nominada al Premio Lápiz de Acero, al Premio Fundación Cuatrogatos, tuvo una mención especial en Pitchipoï y la lista continúa. Sin embargo, su mayor logro fue mostrar un panorama mucho más amplio y completo, como suelen hacer este tipo de proyectos independientes. “Las editoriales grandes se concentran en autores de fácil venta, que pueden convertirse en figuras visibles. Las editoriales independientes son las que se arriesgan con nuevas voces y propuestas. Que desaparezcan significa un panorama mucho más reducido, y eso sí sería muy triste”, agrega Gutiérrez.
3er. Festival de editoriales independientes colombianas – FCE de Colombia. Foto:FCE de Colombia.
Por eso, tras el cierre de Tragaluz solo quedan preguntas sobre los nuevos retos que enfrenta esta industria llena de pequeños proyectos, el rol de la inteligencia artificial en el mundo de las letras, si está en riesgo de desaparecer o si, aunque sea, quedan lectores a los que contarles “historias raras”, poco comerciales.
Lo que deja en claro Andrea Montoya, quien ha trabajado con Ediciones Efímera hace un año y se ha involucrado en la escena independiente, es que muchas de las editoriales independientes sobreviven por amor al arte. “Numéricamente, hacer libros —ni siquiera en una editorial de renombre— da dinero”, dice. Además, menciona que una editorial independiente tiene otra lógica: la del servicio, ya que produce sus propias publicaciones y colabora con artistas y escritores. “Sí tiene un fin lucrativo en tanto que se tiene que sostener a sí misma, pagar sus proyectos y, en algunos casos, salarios. Pero realmente los libros en sí mismos no dan dinero”, agrega.
Por ello, en esta microindustria se deben repensar varios factores que antes ni siquiera generaban preocupación. Uno de estos es el uso de la inteligencia artificial en procesos editoriales. Si bien no se teme por la desaparición de las disciplinas relacionadas con el libro, sí han aparecido mutaciones del trabajo que se realiza en las editoriales.
“Esta es una herramienta de apoyo que agiliza los procesos. Puede usarse en ilustración, pero requiere un manejo y una preparación fuertes para hacerlo bien. En traducción también se puede usar, al igual que en diagramación. Yo diría que en todas las partes del proceso la inteligencia artificial puede cumplir un papel importante, pero hay que aprender a manejarla. Todavía no estamos preparados porque es muy nueva para todos. Nadie va a desaparecer, pero sí se van a agilizar los procesos”, confiesa Gutiérrez.
Otro factor que hace más compleja la supervivencia de las editoriales independientes es que manejan escalas mucho más pequeñas de producción, donde cualquier proceso de distribución se vuelve un costo enorme. Por ello, con el cambio de las reglas del juego, es preciso detenerse y revisar la cadena del libro en términos económicos y mirar qué cambios pueden hacerse para que sea sostenible.
El cuento se titula ‘El monstruo de mi cuarto’ Foto:iStock
Esta transformación hace que el panorama sea agridulce, pues es un buen momento en el que cada vez florecen nuevas iniciativas, pero también aparecen desafíos nunca antes vistos, según comenta a esta casa editorial Felipe González, director editorial de Laguna Libros, iniciativa independiente. Asimismo, dice que se han publicado libros a lo largo de los años que llaman la atención del público, lo que ha desencadenado un crecimiento constante en los últimos 20 años.
“Esto tiene mucho que ver con el entusiasmo, la convicción y los cambios tecnológicos que han facilitado montar una editorial, algo que en el siglo XX era mucho más complejo”, añade. Entonces, hoy en día una persona con un equipo pequeño puede hacer libros con un nivel de calidad satisfactorio, y mientras más se dedique y más equipo tenga, mejor se pueden producir, divulgar y distribuir las obras.
Curiosamente, esto ha sido un resultado que va en contra de las predicciones que se tenían hace décadas. González cuenta que cuando Laguna apenas empezaba a abrirse camino en la industria, hace 18 años, en ferias se hablaba sobre el fin del libro impreso. “Lo digital sí cambió muchas cosas”, reconoce y continúa: “Acabó con los diccionarios, transformó periódicos y revistas y reformuló la forma de funcionar de la visión universitaria y académica. Pero en general, el libro literario se ha fortalecido”.
Cada época tiene su afán y la industria se ha sabido acoplar a las nuevas tendencias, pero no precisamente a punta de libros. Ediciones Efímera ha encontrado en la diversificación de los servicios el secreto de su supervivencia. “Hemos tenido que abrirnos al mercado de empresas: hacerles fanzines corporativos —que son más como un folleto—, libros para aniversarios, informes de gestión, o colaborar con personas que tienen como proyecto hacer un libro, ahorran para ello y nos pagan el servicio de producirlo. Otra forma de generar ingresos es dictar talleres, charlas, conferencias”, agrega Montoya, quien lleva un año y medio trabajando en Efímera.
Por otro lado, en Laguna el libro no es solo el objeto físico: es un bien inmaterial y, dependiendo del acuerdo que se haga con autoras y autores, puede explotarse como libro físico, digital, audiolibro, venta de derechos a editoriales de otros países, traducciones, adaptaciones audiovisuales o teatrales.
Libros prohibidos Foto:iStock.
Como toda compañía que entra al mercado, las empresas de este tipo que se han creado en Colombia entran a la industria con un sello diferencial. “Una editorial grande, cuando va a editar un libro, trata de que sea un tema relevante para el momento porque se tiene que vender. A una editorial independiente no le importa eso. Crea su propio producto, genera sus propias estrategias para venderlo, pero hace realidad las ideas que le dan la gana”, explica Montoya y aclara que eso hace que haya más variedad de temas, más información, más conocimiento y más posibilidades de abarcar públicos muy variados.
También pasa que este tipo de editoriales crean una relación muy estrecha con los lectores, los territorios y las comunidades. Lo que las hace capaces de identificar contenidos que una multinacional puede pasar por alto. La diferencia real está en los procesos. González dice: “Un escenario distópico que nadie quiere imaginar es uno donde solo circulan libros de multinacionales. Se perdería lo que llamo, soberanía intelectual, estética, sobre la sensibilidad. La circulación del libro compone la identidad de las comunidades y eso es patrimonio nacional. Hay que proteger esa capacidad de las comunidades de editar sus propios contenidos”, concluye.
De todas formas, para compañías de esta índole no deja de ser un reto convivir con los enormes de la industria. Algo muy concreto que las afecta en esta relación es que en Colombia no hay regulación de descuentos, así que las grandes editoriales y plataformas multinacionales pueden ofrecer descuentos que compiten no solo con editoriales independientes, sino con librerías.
“En la Ley General de Cultura, aprobada en primer debate en junio, había un artículo que planteaba la posibilidad de que el Gobierno, asesorado por el Consejo Nacional del Libro, regulara esos descuentos, pero fue eliminado por los ponentes. Desde el sector estamos pidiendo que se reincorpore en el proyecto de ley. En cuanto a públicos y autores, hay complementariedad. Somos parte del mismo ecosistema. Pero desde las independientes sí hay un reclamo porque las condiciones actuales no permiten visualizar con claridad el tamaño real de lo que se edita en Colombia”, protesta González.
Aun así, las editoriales pequeñas son muy interesantes para las grandes porque, a veces, se convierten en laboratorios, pues a través de los pequeños proyectos las empresas de gran tamaño conocen voces con mucho potencial. “Puede suceder que alguien a quien publicas hoy con un tiraje de 700 o 1.000 libros sea visto más adelante por una editorial grande que diga: ‘Esto vale la pena ya a gran escala’”, cuenta Gutiérrez.
Al respecto, quien dirigió Tragaluz también dice que el peligro de que las editoriales independientes se debiliten puede llevar a perder diversidad en las historias que hoy en día se consumen, mientras que las compañías pequeñas se arriesgan con nuevas voces y propuestas. Por eso, que Tragaluz haya decidido cerrar se ha convertido en un signo de alerta. “Cada una tiene una línea muy específica. Siempre que una voz se cierre, no porque quiera, sino porque no puede sostenerse, es lamentable”, concluye Montoya.
María Jimena Delgado Díaz
Periodista de Cultura
IG @mariajimena_delgadod
Fuente de TenemosNoticias.com: www.eltiempo.com
En la sección: EL TIEMPO.COM -Cultura
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