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Economía y Finanzas

la técnica del acordeón aplicada a la gestión del riesgo

📅 🕐 19 Ene 2026🔗 Fuente: eleconomista.es🕑 6 min de lectura
la técnica del acordeón aplicada a la gestión del riesgo
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La gestión de una cartera puede abordarse de muchas formas. Hay estilos perfectamente legítimos que optan por permanecer siempre plenamente invertidos, asumiendo que el ciclo completo del mercado, con sus subidas y sus caídas, forma parte del proceso natural de inversión a largo plazo. Ese enfoque no es ni mejor ni peor, simplemente responde a una filosofía distinta.

El planteamiento que abordo aquí es otro. Hablamos de una gestión activa del riesgo, en la que la exposición al mercado no se considera una constante, sino una variable que se puede y se debe ajustar en función del contexto. En este tipo de gestión, el objetivo no es estar siempre al 100% invertido, sino decidir cuánto riesgo conviene asumir en cada momento del mercado.

Cuando la tendencia es favorable y el entorno acompaña, aumentar exposición suele tener sentido. Cuando el mercado se deteriora y se pierden soportes relevantes, la prioridad deja de ser exprimir rentabilidad y pasa a ser proteger el capital. No se trata de acertar techos o suelos, sino de modular la exposición para atravesar los distintos tramos del ciclo con mayor control del riesgo.

A este proceso de aumentar y reducir exposición de forma progresiva lo llamo la técnica del acordeón.

¿Qué entendemos por exposición?

Imaginemos una cartera de 500.000 euros. Con 500.000 euros invertidos en renta variable, la exposición es del 100%. Con 400.000 euros invertidos, la exposición baja al 80%. Con 300.000 euros en mercado, la exposición se reduce al 60%. La exposición no es una sensación, es un porcentaje que se puede medir, ajustar y gestionar.

El problema de reducir riesgo vendiendo acciones

La forma más habitual de reducir exposición es vender parte de la cartera. El problema es que, en la práctica, este proceso suele ser ineficiente. El inversor tiende a vender los valores que van bien, porque psicológicamente cuesta menos cerrar con beneficio, y tiende a mantener los que van mal esperando un rebote. El resultado suele ser una cartera de menor calidad justo cuando el entorno se vuelve más exigente.

Cuando el objetivo no es cambiar la cartera, sino reducir el riesgo global, existen herramientas más ordenadas.

Cubrir cartera con futuros: la lógica general

Un futuro sobre un índice replica punto a punto el movimiento de ese índice. Vender un futuro equivale a ponerse corto del mercado. Si el mercado cae, esa posición gana dinero, si el mercado sube, pierde. Utilizado como cobertura, el futuro no busca generar rentabilidad por sí mismo, sino compensar parte de las pérdidas de la cartera cuando el mercado cae. Es una forma eficaz de reducir exposición sin vender las acciones.

La clave está en el nominal del contrato, es decir, en cuántos euros o dólares de mercado representa cada futuro. También conviene recordar que, si la cartera no se parece mucho al índice, la cobertura no será perfecta, aunque sí reduce el riesgo global, pero no elimina el movimiento propio de cada valor. Y si se usan contratos en dólares para cubrir una cartera en euros, la divisa puede influir en el resultado final.

Ejemplo base con una cartera de 500.000 euros

Supongamos una cartera de 500.000 euros totalmente invertida. Si se vende un futuro con un nominal aproximado de 100.000 euros, la exposición neta baja de 500.000 a 400.000 euros, del 100% al 80%. Si se venden dos futuros de ese mismo nominal, la exposición se reduce a 300.000 euros, un 60%. La cartera no cambia. Solo cambia su sensibilidad al mercado.

Garantías y liquidación diaria

Al operar con futuros no se desembolsa el nominal completo. El mercado exige una garantía, que suele situarse entre el 5% y el 15% del nominal, en función del contrato y de la volatilidad. Por ejemplo, un futuro con un nominal de 100.000 euros puede exigir una garantía inicial cercana a 10.000 euros. Esa cantidad no es un coste, es un depósito.

Cada día el contrato se liquida por diferencias. Si la cobertura gana dinero, ese beneficio se abona en la cuenta. Si pierde, se descuenta. Por eso es importante disponer de liquidez suficiente para soportar movimientos adversos sin verse obligado a cerrar la cobertura en mal momento. Además, si la cobertura se mantiene durante semanas o meses, hay que tener presente que los futuros vencen y se suelen rolar al siguiente contrato.

Abrir y cerrar la cobertura

Cuando el mercado pierde soportes y el riesgo aumenta, se abre la cobertura vendiendo futuros. Si el deterioro se acentúa, la cobertura se amplía. Cuando el mercado estabiliza y los riesgos disminuyen, la cobertura se cierra recomprando esos futuros.

La operación puede cerrarse con ganancia o con pérdida. Eso es secundario. La cobertura ha cumplido su función si ha permitido atravesar un tramo complicado con menor desgaste financiero y emocional.

Modus operandi a día de hoy

Eso es, en esencia, la técnica del acordeón aplicada al mercado real. No se trata de estar siempre al 100% ni de salir corriendo a la mínima señal de ruido. Se trata de ajustar la exposición con método, con niveles claros y con sangre fría. Reducir ligeramente el riesgo cuando se pierden soportes intermedios, aprovechar las caídas hacia soportes mayores para volver a aumentar exposición y solo adoptar una actitud claramente defensiva si esos soportes de fondo ceden. Ni todo dentro ni todo fuera, sino gestionar el riesgo de forma activa y ordenada.

Llegados a este punto, la pregunta práctica es evidente: ¿es necesario hoy reducir la exposición de forma drástica? Mi respuesta es no. Al menos, no mientras los grandes índices sigan respetando soportes clave. Otra cosa muy distinta es empezar a modular ligeramente el riesgo, abrir el acordeón solo un poco, por pura disciplina.

En el caso del S&P 500, el primer nivel a vigilar se sitúa en los 6.885 puntos y, de forma más relevante, en los 6.825. Un cierre diario por debajo de estas referencias aumentaría la probabilidad de una corrección hacia los mínimos de noviembre, en la zona de los 6.520 puntos. Estaríamos hablando de un retroceso adicional aproximado del 5% al 8% desde los niveles actuales, un movimiento perfectamente asumible dentro de un proceso correctivo normal.

En el Nasdaq 100, los niveles análogos que conviene vigilar se encuentran en los 25.260 puntos y, sobre todo, en la zona de los 25.08025.000 puntos. La pérdida de estos soportes abriría la puerta a una caída hacia los mínimos de noviembre, situados entre los 23.600 y los 23.900 puntos.

Ahora bien, y esto es lo realmente importante, solo si se pierden los 23.600 puntos en el Nasdaq 100 y los 6.480 puntos en el S&P 500, niveles ligeramente inferiores a los mínimos de noviembre pasado y coincidentes con un retroceso del 23,60% de Fibonacci de toda el alza vista desde abril, se pondría en jaque el rally que nació a comienzos de abril. Solo entonces habría que asumir que la primera fase de ese movimiento alcista ha quedado atrás.

Una eventual caída hacia esos soportes no la interpretaría como una amenaza, sino como una oportunidad. Una zona razonable para volver a aumentar exposición, cerrar coberturas si se hubieran abierto y prepararse para un nuevo tramo alcista. Solo si esos soportes ceden con claridad tendría sentido reabrir coberturas y volver a reducir riesgo de forma más decidida.

Eso es gestionar riesgo. Todo lo demás es opinión.

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Fuente de TenemosNoticias.com: www.eleconomista.es

En la sección: elEconomista Mercados

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