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Humor y Curiosidades

“Podían resistir cargas de caballería que habrían deshecho a cualquier otro ejército”

📅 🕐 01 Abr 2026🔗 Fuente: TenemosNoticias.com🕑 6 min de lectura
“Podían resistir cargas de caballería que habrían deshecho a cualquier otro ejército”
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Hay libros que llegan para alimentar un mito y otros que sirven para desmontarlo sin necesidad de destruirlo. Grandes batallas de los tercios, coordinado por Manuel P. Villatoro y Norberto Ruiz Lima, y publicado por Pinolia, pertenece a la segunda categoría. Su mérito no está solo en volver sobre nombres tan conocidos como Pavía, San Quintín, Breda o Rocroi, sino en obligar al lector a mirar detrás del estampido del arcabuz y del brillo de la pica. Lo más valioso de la obra no aparece en el parte de victoria, sino en la trastienda de la guerra. Y es precisamente ahí donde el libro se vuelve más actual, más útil y más incómodo.

Porque, al pasar sus páginas, uno descubre que los tercios no fueron únicamente una fuerza de choque extraordinaria. Fueron también una estructura de Estado, una red logística, una escuela de supervivencia y, a menudo, una trituradora humana. El volumen lo sugiere desde su propio planteamiento editorial: no se conforma con narrar choques campales, sino que incorpora capítulos sobre personajes, mujeres olvidadas, retaguardia, asedios y el propio “Camino Español”. Esa decisión cambia por completo el enfoque. Ya no se trata solo de quién ganó una batalla, sino de cómo fue posible sostener durante más de un siglo un esfuerzo militar que desbordó a varias generaciones.

Entre todos los textos, uno de los más reveladores es el firmado por Geoffrey Parker, “Poner una pica en Flandes”, que actúa casi como una llave interpretativa del conjunto. Según revela el autor en este capítulo, la memoria de los tercios en los Países Bajos fue tan intensa en la cultura hispánica que dejó rastro en la pintura, el teatro, la poesía y la novela mucho antes de convertirse en tema de debate historiográfico. No es un detalle menor. Antes de que los tercios fueran objeto de revisión académica o de apropiación política, ya habían sido materia de imaginación colectiva. El soldado de Flandes era, al mismo tiempo, una figura histórica y un personaje cultural.

Ese doble plano —el de la realidad y el de la leyenda— es lo que el libro maneja mejor. Y ahí reside una de sus mayores virtudes como reseña viva del pasado: permite entender por qué los tercios siguen generando interés sin caer en la repetición de tópicos. Tal y como indica la obra, el verdadero asombro no está tanto en que España tuviera soldados extraordinarios, sino en que lograra mantener durante décadas un contingente de élite a miles de kilómetros de su base peninsular, en un escenario hostil, húmedo, caro y políticamente explosivo. Flandes no fue solo una guerra: fue una obsesión estratégica.

En este cartón para tapiz dedicado a la Jornada de Túnez, en pleno siglo XVI, el emperador Carlos I aparece a caballo mientras atraviesa una escena de reclutamiento militar
En este cartón para tapiz dedicado a la Jornada de Túnez, en pleno siglo XVI, el emperador Carlos I aparece a caballo mientras atraviesa una escena de reclutamiento militar. Fuente: Wikimedia

El libro acierta donde más suele fallarse: en explicar el precio humano

Uno de los hallazgos más sólidos del volumen es que devuelve a los tercios su dimensión material. La épica no desaparece, pero queda subordinada a la realidad. Parker lo deja claro al reconstruir la presencia española en los Países Bajos: no eran tantos como suele imaginarse, pero sí decisivos. En un ejército que podía alcanzar decenas de miles de hombres, los españoles constituían una minoría numérica; sin embargo, como se desprende de sus páginas, eran el “nervio” del sistema militar por su experiencia, su fiabilidad táctica y su presencia en los puntos críticos del frente.

Eso ayuda a corregir una imagen muy extendida: la de una marea uniforme de infantería española dominando Europa de forma automática. Lo que muestra el libro es otra cosa. Muestra un núcleo veterano, escaso, carísimo y sometido a un desgaste brutal. El propio capítulo de Flandes recuerda que la guerra se cobraba soldados por combate, enfermedad, deserción, hambre, frío y agotamiento. Y ahí aparece una de las claves más poderosas de la obra: los tercios fueron formidables no porque fueran invencibles, sino porque siguieron funcionando a pesar de todo lo que jugaba en su contra.

Ese enfoque resulta especialmente eficaz en un momento en que la historia militar vuelve a interesar a lectores muy distintos: desde aficionados a la estrategia hasta quienes buscan entender cómo se construyen los relatos nacionales. Grandes batallas de los tercios entra en ese terreno con inteligencia porque no plantea una defensa nostálgica del pasado, sino una exploración más seria y documentada. El libro sabe que la fascinación por los tercios existe, pero también sabe que esa fascinación necesita contexto si no quiere convertirse en caricatura.

Uniformes de los Tercios españoles durante el siglo XVII
Uniformes de los Tercios españoles durante el siglo XVII. Serafín María de Sotto Foto: Wikimedia

Más allá de Rocroi: el gran acierto de desmontar un final demasiado cómodo

Hay otro aspecto especialmente valioso: la obra no entrega a Rocroi el monopolio del relato. Durante demasiado tiempo, la historia de los tercios ha sido contada como una marcha inevitable hacia esa derrota de 1643, convertida casi en símbolo absoluto del “fin” de una época. Sin embargo, tal y como ha adelantado el propio prólogo del volumen, Rocroi no debe leerse como un apagón instantáneo, sino como un episodio dentro de una trayectoria mucho más larga, más compleja y menos teatral de lo que suele repetirse.

Ese desplazamiento del foco es importante. Permite ver que la historia militar de la Monarquía Hispánica no se entiende solo a través de sus grandes batallas, sino también mediante sus corredores de suministros, sus hospitales, sus motines por la paga, sus sistemas de reclutamiento y su desgaste administrativo. En otras palabras: este libro funciona mejor cuando obliga a leer la gloria con barro en las botas.

Y quizá ahí esté su principal valor periodístico e historiográfico. No presenta a los tercios como una postal heroica, sino como una maquinaria compleja sostenida por hombres que marchaban, cobraban tarde, enfermaban, desertaban, resistían y, a veces, ganaban de manera espectacular. Esa imagen, más áspera y menos ornamental, es mucho más interesante que el mito plano.

Grandes batallas de los tercios acierta, sobre todo, porque recuerda algo esencial: los imperios no se sostienen solo con victorias, sino con estructuras capaces de convertir el esfuerzo en permanencia. Y pocas veces esa verdad se ha contado de manera tan clara y tan legible como aquí.

Grandes batallas de los tercios

Fuente de TenemosNoticias.com: muyinteresante.okdiario.com

En la sección: Muy Interesante

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