▷ Albany Colmenares: Las cárceles en Venezuela son una industria que produce muchísimo dinero #6Abr
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Por Dayrí Blanco
En 200 días como presa política, Albany Colmenares confirmó muchas cosas que ya sabía. Vivió el hacinamiento que tantas veces denunció, sufrió la violación de los derechos humanos por los que sigue luchando, sintió el temor de no saber cuándo recuperaría su libertad, y descubrió que “las cárceles del país son una industria que produce muchísimo dinero”.
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A menos de dos meses de su excarcelación, en entrevista concedida a El Carabobeño, recordó todo con claridad. En la sede de garantía y resguardo del detenido de la Policía Nacional Bolivariana (PNB) del municipio Los Guayos de Carabobo, su familia entendió rápidamente lo que debía hacer para que tuviera acceso a ciertos beneficios básicos: pagar. “Los reclusos pagan para contar con algunas garantías y tener lo mínimo. Las visitas de los familiares es uno de estos beneficios”.
Relató que los miércoles es el único día “gratuito” para ver a sus seres queridos por 45 minutos, pero era muy complicado por la cantidad de personas que asistían. “Entonces, cuando se podía, mi familia pagaba un monto para que pudiéramos vernos con más tranquilidad otro día”.
Otra tarifa que debían cancelar era para que le dieran la posibilidad de reunirse una hora diaria con otros presos políticos en el lugar. “A ese beneficio le dicen el desplace. Nos permitían vernos en el lugar de las visitas por las tardes y podíamos conversar, darnos ánimo y saber cómo estábamos”.
De la persecución a la clandestinidad
El 30 de julio de 2024 la casa de Albany Colmenares en el municipio Naguanagua fue allanada. Ella ya no estaba ahí. A dos días de la elección presidencial sabía que estaba en riesgo y se resguardó en otro lugar. Pero su papá sí se encontraba en su domicilio y fue amarrado por los funcionarios que ingresaron violentamente y con armas largas. Ese día le quedó claro a la secretaria política regional de Vente Venezuela que no era solo intimidación.
Desde ese momento y por casi un año estuvo en la clandestinidad, aunque siempre tuvo la posibilidad de salir del país para resguardar su integridad, pero ella se negó porque nunca ha querido irse de Venezuela huyendo.
“Yo siempre pensé, bueno, me mantengo en clandestinidad, el tiempo que me tenga que mantener hasta que esto dé un viraje y podamos retomar la dinámica nueva, como muchos otros compañeros que hacen política lo hicieron y lograron. Lamentablemente en mi caso no se logró”.
De la clandestinidad a la tortura
Albany se resguardó en cinco lugares diferentes, dentro y fuera de Carabobo. Fueron días largos en los que hizo ejercicios y retomó la pintura hasta que, el 23 de julio de 2025, fuerzas de seguridad del gobierno dieron con su lugar de resguardo. “Llegaron entre 40 y 50 personas vestidas de negro. A algunos logré verles las insignias de la Policía Nacional Bolivariana. Ingresaron al lugar en el que me encontraba sin ningún tipo de orden judicial ni de captura. Se llevaron mis teléfonos, mi laptop, artículos personales, prendas, ropa, zapatos, dispositivos electrónicos, todo lo que pudieron”.
Ella describió lo que sintió en ese momento como una mezcla de miedo, rabia e impotencia para la que el cuerpo no está preparado.
Los funcionarios le permitieron ver todo el recorrido hasta el comando de la PNB en El Viñedo, donde estuvo las primeras dos semanas a cargo de la Dirección de Investigación Penal. Ahí enfrentó tortura física y psicológica junto a otros dos compañeros, Charlie Bolaños y Nikoll Arteaga, detenidos por motivos políticos ese mismo día en Carabobo.
“Fueron unos interrogatorios bien complicados. Ellos estaban muy preocupados porque los medios no se enteraran de lo que estaba ocurriendo para que no ejercieran una presión sobre nuestro caso”. Sus familiares los buscaron en diferentes centros de reclusión, incluso donde estaban, pero los funcionarios negaron su presencia en el lugar.
En las primeras horas de detención les preguntaban por otros activistas políticos que estaban en la clandestinidad“. «Ellos se dieron cuenta que yo me sentía culpable y responsable por mis Charlie y Nikoll. Eso lo supieron aprovechar y me quisieron como ejercer una presión al decirme que, si no colaboraba, ellos iban a pagar las consecuencias”.
Esas dos semanas en el comando de la PNB de El Viñedo son recordadas por Albany como tortuosas. Estuvo en condiciones denigrantes e inhumanas. No le daban la comida que sus familiares le llevaban, perdió mucho peso y estuvo esposada de una litera durante esos 15 días. “A mis compañeros los tuvieron en un calabozo, siempre con la luz encendida, durmiendo en el piso. Fue inhumano el trato”.
De la tortura al hacinamiento
Ella grabó en su memoria cada detalle, las palabras cargadas de tortura de algunos funcionarios, la sensación del calor insoportable del hacinamiento y toda la injusticia que vivió en esos 200 días.
El 4 de agosto de 2025, luego de esas dos semanas de angustia, tuvieron la audiencia de presentación telemática que calificó como totalmente irregular. No hubo presencia de un juez en el comando, había alrededor de 15 funcionarios de la Policía Nacional Bolivariana y a través de un teléfono de uno de ellos se conectó una videollamada de WhatsApp con un juez nacional y el defensor público “que nunca nos defendió”.
Además de eso, agregaron a la causa a Andrés Cabrera, que es coordinador en Bejuma de Vente Venezuela, y a Rafael García Marvez, quien estuvo cumpliendo funciones dentro del comando de campaña. Estaban los cinco en esa audiencia y fueron presentados con los delitos de asociación para delinquir e incitación al odio.
No tuvieron la oportunidad de defenderse, solo se declararon inocentes. Al día siguiente, los llevaron a la sede de la PNB en Los Guayos. “Se supone que nos debían hacer unos chequeos médicos previos, esto nunca ocurrió. A mí solamente me realizaron la prueba de embarazo y nos llevaron a este lugar, donde estuvimos casi siete meses en unas condiciones bien complicadas de hacinamiento e insalubridad”.
En ese centro de reclusión, Albany estuvo en un primer calabozo que antes era una oficina. Lo compartía con las denominadas “polipresas”, que son funcionarias policiales que se encontraban detenidas por diversos motivos. También había una desertora de la aviación y otra persona detenida por razones políticas.
“En este calabozo nos encontrábamos ocho mujeres. No tenía baño, entonces nos tenían como horario 6:00 a. m. y las 6:00 p. m. para ir al baño en cinco minutos. “Durante el resto del día hacíamos nuestras necesidades en potes dentro del calabozo. Soy muy incisiva al momento de hablar sobre esto porque es algo a lo que el país tiene que mirar. Las condiciones en los centros de reclusión son inhumanas son denigrantes y deshumanizan al individuo”.
Sus compañeros estuvieron en calabozos donde había 70 personas en espacios que estaban destinados en sus inicios para tener 10 personas. “Había chiripas, cucarachas, ratones, plagas de todo el tipo”. Ellos dormían en hamacas instaladas hasta en cuatro niveles para acomodarse en espacios que están sobrepoblados.
Con impotencia recordó que cuando había un corte eléctrico, el calor se hacía sofocante y sacaban a reclusos desmayados de los calabozos. “Las paredes chorreaban sudor que se condensaba”.
El peso de la familia
Albany aún recuerda lo que sintió el día de su detención y respira profundo para contener las lágrimas. Su primer pensamiento fue: «Dios mío, ¿cómo se va a sentir mi mamá?».
Su madre es paciente oncológica y toda esta situación le ha generado muchísimo estrés. Yo decía, «Dios mío, esto va a ser muy difícil para mi familia». Al día siguiente de su detención era en cumpleaños de su hermana menor y su sentimiento de culpa por el sufrimiento que enfrentaron era grande.
“Me preocupaba mi familia afuera, mi abuelita. Yo decía, Dios mío, que mi abuela me espere. Porque no sabía cuánto tiempo podía pasar presa”, expresó conmovida.
Sin duda, lo más difícil para ella fue la angustia de su familia. Los primeros meses ella pensaba que estaría, al menos, dos años detenida y se estaba preparando para eso. “Éramos secuestrados del estado sin ningún tipo de garantías y, para el que está detenido, el tiempo el tiempo se vuelve nada, el tiempo se para”.
La labor de los custodios
Para Albany, como activista política, estar informada era prioridad. Su mamá se encargaba de imprimir noticias y llevárselas, pero el papel de los custodios fue clave.
Ellos siempre pasaban por la puerta del calabozo y le daban algún dato. «Mira, Alby, está pasando tal cosa, llegó un buque, los aviones están sobrevolando, Donald Trump dijo tal cosa… Ellos tenían unas expectativas muy elevadas porque el sistema no solamente golpea a los que le hacemos oposición, sus mismos adeptos son víctimas de la precariedad, de la pérdida de calidad de vida, de la falta de oportunidades”.
La mayoría de los custodios eran jóvenes “y nos acompañaron durante esa etapa en el anhelo más sincero de ver un país distinto para ellos”
El 3 de enero de Albany Colmenares
La rutina de Albany ya estaba estructurada. Como cada mañana, el 3 de enero de 2026, ella se despertó temprano para hacer ejercicio, bañarse y desayunar. A las 7:00 a. m., mientras entrenaba en el calabozo, una funcionaria se acercó y le dijo: «Alby, ya vamos a celebrar porque se llevaron a Maduro”. Ella no entendía nada, ni se imaginaba lo que había ocurrido con la operación militar de Estados Unidos esa madrugada.
“Le dije que me explicara y me reiteró que se lo habían llevado. Y cuando me asomé vi al resto de los funcionarios conversando sobre lo que estaba sucediendo con una sonrisa en el rostro, felices de lo que estaba ocurriendo. Esa fue la manera en la que yo me enteré”.
Durante ese 3 de enero y los dos días siguientes se prohibieron las salidas de los calabozos, prohibieron las visitas, fue un momento de mucha incertidumbre y falta de información, pero eran los mismos custodios, los que pasaban y le daban las noticias.
“Pasaban y me preguntaban, Alby, ¿qué crees tú qué va a ocurrir de ahora en adelante? Fueron unos días de mucha esperanza para todos que estábamos allí”.
En libertad y trabajando
El 8 de febrero de 2026, Albany estaba leyendo Archipiélago Gulag, un libro que narra los horrores de la Unión Soviética y de todas las personas que fueron secuestradas, cuando una funcionaria le tocó la puerta y le dijo: «Alby, vístete que te llegó la libertad, te vas. Yo quedé como en shock, no lo podía creer. Todas mis compañeras del calabozo empezaron a gritar, nos abrazamos. Fue un momento de muchísima emoción”.
Después de lo que ocurrió el 3 de enero, Albany me empezó a sentir una ansiedad que no había vivido los meses previos. Ella esperaba su liberación. Pero, pasaban las semanas y no se concretaba. Ella fue excarcelada un mes y cinco días después de la captura de Nicolás Maduro.
Una vez en libertad, comenzó a reconocer el valor de las cosas más simples. “La brisa, el sol que no sentí de forma directa por casi siete meses, fue una locura. Poder abrazar a mi familia estando afuera. Abrazar a mi abuela fue uno de los momentos más especiales. Dormir en mi cama. Poder ocupar espacio, los seres humanos no nacimos para estar encerrados. Nacimos para ser libres, es uno de nuestros valores más determinantes como individuos”
Albany nunca lo ha dudado. Ella seguirá en la política. “Para quienes vivimos este proceso, hay un crecimiento, una fortaleza, una convicción aumentada y además hay una determinación muy grande en seguir alzando la voz por los que faltan. Porque faltan muchísimos, faltan más de 500 personas que todavía están injustamente detenidas y para quienes hemos sido excarcelados, la libertad todavía no es plena hasta que todos ellos salgan”.
A finales de febrero, Albany recibió la amnistía, pero hay muchos excarcelados que no han recibido este este beneficio. “La amnistía en Venezuela no es un proceso real. La amnistía en Venezuela es selectiva. Está incompleta porque no cumple la reparación de los daños”.
Ella está en casa, con su familia y, aunque sabe que en ocasión hay funcionarios persiguiéndola y vigilándola, no tiene miedo. “Eso quedó atrás”.
Con las lágrimas a punto de brotar, Albany, quien tiene 32 años, recordó sus días como dirigente estudiantil de la Universidad de Carabobo a quien hoy le diría: “te reconozco profundamente. Eres valiente, te felicito por haber creído, por haber confiado en ti misma, por haber reconocido esa fuerza que no sabía que tenía. Te abrazo con el corazón y te pido que me sigas dando fuerzas porque todavía falta muchísimo por luchar”.
El Carabobeño
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Fuente de TenemosNoticias.com: www.elimpulso.com
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