▷ #OPINIÓN El vals eterno del firmamento #16Abr

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«Y si un día me quieres ver, mírame en esa nube pasajera, en la luna que no tiene cama ni hogar.
Si alguna vez me quieres recordar, recuérdame en ese lucero que siempre a tu lado quiso brillar.
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Y, si en algún momento sintieras deseos de llorar, recuérdame entonces en el firmamento, que es donde me quisiera perder y eternizar».
(Natty) Lisboa– Portugal. Septiembre 2004.
Cuando el sol se retira tras el horizonte de los crepúsculos, el cielo se viste de gala para danzar… Allá arriba, donde el silencio es absoluto y la inmensidad no tiene fin.
Existe un lienzo de puntos brillantes; un lienzo donde la luz y la sombra bailan un vals eterno, recordándonos que, incluso en la inmensidad, cada destello tiene un propósito y cada sombra, un refugio.
La Luna, esa eterna enamorada, se asoma con la palidez de quien suspira en silencio. Ella es la confidente de los poetas, cantantes, escritores. Ella es el faro de los que sueñan despiertos.
A veces se oculta tras un velo de nubes, como si quisiera guardar para sí los secretos que la Tierra le susurra al oído durante la noche.
A su alrededor, los luceros titilan inquietos, como latidos de fuego que intentan acortar las distancias infinitas con su vibrante resplandor.
En medio de este hermoso océano de estrellas, hay un lucero que destaca por su porte majestuoso y su luz blanca azulada. Se trata de «Deneb», conocida también como «Alpha Cygni», la joya que corona la cola del Cisne.
Deneb no es una estrella común; es una supergigante blanca que brilla con la fuerza de decenas de miles de soles.
Su presencia en el firmamento es un testimonio de la belleza que persiste a pesar del tiempo y el espacio.
Para encontrarla, basta con alzar la vista y buscar el «Triángulo de Verano», donde ella reina con una elegancia que ha cautivado a navegantes y soñadores a través de los siglos.
Un suspiro a través del tiempo. Lo que hace que Deneb sea verdaderamente romántica es la naturaleza de su distancia.
Mientras otras estrellas parecen estar a la vuelta de la esquina cósmica, Deneb nos observa desde una lejanía sobrecogedora.
Se encuentra a una distancia aproximada de unos 2600 años luz de la Tierra.
Por lo tanto la luz que hoy acaricia nuestros ojos salió de esa estrella cuando la historia antigua apenas se escribía.
Mirar a Deneb es, literalmente, mirar el pasado; es recibir un beso luminoso que ha viajado por el vacío durante milenios solo para encontrarse con nuestra mirada.
Sentir la inmensidad del firmamento es comprender que somos pequeños, pero capaces de albergar sentimientos tan vasto como el espacio mismo.
Que cada estrella sea una promesa y cada noche una oportunidad para perderse en la belleza del firmamento, del inmenso azul, de lo infinito… de lo eterno.
Natividad Castillo P. (Natty)
[email protected]
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Fuente de TenemosNoticias.com: www.elimpulso.com
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