La universidad busca redefinir su papel como pilar económico en un contexto influenciado por la IA y la mercantilización del conocimiento

La universidad afronta hoy un veredicto incómodo: llega tarde a algunos de los grandes cambios de su tiempo y corre el riesgo de perder centralidad en la economía del conocimiento. Así lo advierte la monografía ‘El liderazgo de la universidad en el cambio de época’ que acompaña al Informe CYD 2025. El diagnóstico de de la Fundación CYD es claro: el sistema universitario sigue siendo clave, pero ya no es incuestionable. Y esa diferencia lo cambia todo.
El informe sitúa el problema en la profunda transformación del entorno. La universidad ha dejado de ser el único canal de acceso al saber. Como explican Jaume Blasco, Marta Cruells y Joan Subirats, vivimos en un contexto de desintermediación y mercantilización del conocimiento, donde plataformas digitales, empresas tecnológicas y nuevas ofertas formativas compiten sin complejos con la universidad tradicional. El conocimiento ya no se «posee»: se distribuye, se vende, se adapta. Y el alumno, convertido en consumidor, exige inmediatez, personalización y utilidad directa.
Esta mutación no es solo académica, es económica. La formación se ha convertido en un mercado global en expansión, donde los operadores privados avanzan con rapidez, especialmente en sectores estratégicos como la inteligencia artificial o la biomedicina. En paralelo, la formación profesional gana prestigio y empleabilidad. La consecuencia es una universidad que pierde cuota de influencia en la generación de talento y en la orientación de la innovación, dos pilares básicos de cualquier economía avanzada.
Pero el desafío no termina ahí. La abundancia de información convive con una creciente desconfianza hacia la evidencia científica. Y eso erosiona la legitimidad de la universidad como autoridad intelectual y reduce su capacidad de influir en decisiones económicas y sociales. La institución que debía ordenar el conocimiento compite ahora en un mercado donde también prosperan la desinformación y los discursos alternativos.
Frente a este escenario, el informe reivindica el papel de la universidad como algo más que un proveedor de títulos. Su función como generadora de capital humano, cohesión social e innovación sigue siendo insustituible. Pilar Aranda lo resume con claridad al defender la universidad como infraestructura formadora de ciudadanos críticos, libres y responsables. Pero advierte de un deterioro preocupante: el encarecimiento de la vida, la falta de financiación y las barreras de acceso están debilitando su papel como ascensor social.
Este deterioro tiene implicaciones económicas de gran calado, pues una universidad menos accesible es la base de cultivo hacia una economía con menos talento, menor movilidad social y mayores desigualdades. Hacia una economía menos competitiva, en definitiva. De ahí que Aranda proponga un giro estratégico: la universidad debe abandonar su papel reactivo y asumir un «liderazgo activo», capaz de anticipar cambios y marcar agenda.
Ese liderazgo pasa también por redefinir la relación entre ciencia y sociedad. Henk Kummeling plantea la necesidad de avanzar hacia una ciencia abierta que colabore con y para la sociedad, donde el conocimiento financiado con recursos públicos revierta directamente en el conjunto de la economía. No se trata sólo de publicar más, sino de transferir mejor. De convertir la investigación en soluciones concretas, accesibles y útiles.
En este punto, el informe introduce como una de las reformas más relevantes la de cambiar la forma en que se evalúa la investigación. Pilar Paneque defiende una nueva agenda para el impacto social de la investigación, que supere el modelo basado exclusivamente en métricas y publicaciones. La apuesta por currículos narrativos, interdisciplinariedad y transferencia como base para alinear la ciencia con las necesidades reales de la economía y la sociedad.
El objetivo es claro: que la investigación deje de medirse sólo por su impacto académico y empiece a valorarse por su capacidad de generar riqueza, innovación y bienestar. Es un cambio de cultura que, de consolidarse, puede transformar el papel de la universidad en el sistema productivo actual.
Sin embargo, uno de los déficits más señalados en el estudio sigue siendo su débil conexión con el tejido empresarial. Javier Vidorreta apunta directamente a los consejos sociales, llamados a actuar como puente, pero que han tenido un papel limitado. De ahí su reivindicación de unos órganos más activos, capaces de impulsar la transferencia de conocimiento y reforzar la relación universidad-empresa. En sus palabras, es necesario repensar los retos y oportunidades de los consejos sociales de España para evitar que la universidad siga percibiéndose como una «torre de marfil».
En paralelo, la irrupción de la inteligencia artificial acelera la urgencia del cambio. Andreas Kaplan advierte de la necesidad de una reforma profunda y sistémica para hacer frente a la irrupción de esta tecnología. Hay que tener en cuenta que las plataformas tecnológicas ya ofrecen formación más ágil, más barata y orientada al empleo. Y la IA, con tutores inteligentes y aprendizaje adaptativo, amenaza con redefinir el papel del profesor.
La respuesta, según Kaplan, no puede ser defensiva. La universidad debe integrar la tecnología y reorientar su propuesta hacia habilidades humanas irreemplazables: pensamiento crítico, ética, resiliencia o capacidad de resolver problemas complejos. Es ahí donde seguirá generando valor económico diferencial, advierte.
En un mundo donde el conocimiento es el principal activo económico, la institución que lo lidera condiciona el futuro de la productividad, la innovación y el bienestar social. Y las conclusiones del informe son claras: La universidad suspende, pues corre el peligro de perder su relevancia. Por tanto, debe concurrir a convocatoria extraordinaria. Pero esta vez, el examen no es académico: sino económico, social y, sobre todo, estratégico.
Fuente de TenemosNoticias.com: www.eleconomista.es
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