▷ #OPINIÓN El preso Ildelfonso Riera Aguinagalde #20Abr

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En tiempos de presos políticos en Venezuela, como nunca antes en su vida republicana y sus inéditas tipologías: excarcelados, a presentación, con grilletes, amnistiados, descartados, ¿de qué vale la figura de amnistía como se conoce desde la antigüedad? Para recordar el padecimiento de Ildelfonso Riera Aguinagalde, preso de la libertad, a propósito de aquel desorden político llamado Guerra Federal, cruenta matazón de gente que culminará con el vulgar reparto de un empréstito inglés en libras esterlinas, ¡así de sencillo y como consta en documentos!, esfuerzo que terminaría con el régimen personalista de Guzmán Blanco a lo largo de 14 años de gobierno.
De todo ello dará cuenta el escritor Luis Oropeza Vázquez (1921-1990) en su biografía Ildefonso Riera Aguinagalde, publicada por la Academia Nacional de la Historia, y sería un preso de Antonio Guzmán Blanco, en cuyo calabozo la habitación estaba junto a un zaguán que llamaban “La cangrejera” y los ratones andaban por su cabeza, porque Riera Aguinagalde percibió el rumbo autocrático en un país sin esperanza, lo que justifica su oposición al gobierno y así palpa la situación nacional: “El porvenir, la injusticia de los hombres, la sangre en que nadamos, la familia sin hacienda, he aquí el cuadro que lastima al hombre de convicciones sinceras y propósitos honrados”.
Riera Aguinagalde había nacido en Carora el 1.° de febrero de 1834, y en su adolescencia aborda la medicina que estudiaría en la Universidad de Caracas, pero el estallido de la Guerra Federal y de ideas liberales le incorporarían con sus convicciones, expuestas en los periódicos de la época, donde es de destacar su polémica con el seudónimo de “Tulilius”, exponiendo que…
Las revoluciones nuestras no se hacen con otras partes, acaudilladas por los grandes intereses, que están en las ciudades populosas, en los bancos, en las bolsas, en los ricos gremios. Entre nosotros, al contrario: la agitación va a sentar sus reales y a ejecutar la mayor parte de sus prosélitos, a los poblados, gentes sencillas y buenas, quienes, convertidos en funcionarias, de repente, con influjo y con poder, o se les despide disgustándolos o se les retiene con gravámenes o ahogos del tesoro”. Por su parte, don Cecilio Acosta, como “Clodius”, diría:
…» Estas repúblicas padecen hidrocefalia o de plétora; toda su vida está arriba, y abajo, hay poco o nada Como consecuencia de esto, se nota un fenómeno que se repite: que las manifestaciones son de servidumbre o epilepsia, que callamos o peleamos, que pasamos de la mordaza al fusil, que no sabemos hacer uso de este término medio que reparte el calor en todo el cuerpo, el derecho, escrito de la palabra, simpática, de la reclamación digna de la ciudadanía respetable…
Riera Aguinagalde fue víctima del personalismo guzmancista y el precio fue la cárcel. Desde allí dirá: “El preso es un peso que gravita en todas partes. Con el preso acontece una cosa igual al fenómeno de la conciencia: dormido, despierto. El hombre siempre está hablando. “El preso y la conciencia son como la sombra y la luz: donde parece la cuna, va la otra.”
La precedente definición es propia de un preso de conciencia ciudadana. No es el primero del mundo y su paisano Francisco de Miranda conocerá las prisiones europeas y las traiciones venezolanas que no han dejado de existir; por eso habla con ella y en carta a su hermano le dice: “El oído del preso es fino, porque como el siervo siempre vive espantado”… Ya no es la angustia, sino el padecimiento de lo que diagnosticara como médico “melancolía del alma”, que vale de consuelo a los centenares de presos políticos en su Venezuela del siglo XXI, donde el ensañamiento y la intimidación por 27 años pagan la denuncia de reclamos libertarios para un “mínimum de bienestar”, como diría el Libertador, que no es mucho en un país rico, donde el despilfarro y la corrupción baten récords mundiales y el resentimiento de unos pocos y la preservación de sus ilícitos les aterra. El doctor Ildefonso Riera Aguinagalde saldría de la cárcel al exilio y allí fallecería a los 48 años, dejando una vida por delante para servirle a Venezuela, mientras Guzmán Blanco huiría al disfrute de las libras mal habidas, pero con el desprecio de un pueblo que la historia recoge.
Jorge Ramos Guerra
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Fuente de TenemosNoticias.com: www.elimpulso.com
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