«Morir de pena» en Venezuela: El trágico destino de Carmen Navas

Tributo a Carmen Navas
El corazón de una madre es un tejido asombrosamente resistente, capaz de estirarse hasta el infinito por amor a un hijo, pero no es de piedra. Tiene un límite; un punto de quiebre donde la angustia acumulada deja de ser un peso en el alma y se convierte en un golpe físico, demoledor y letal. A Carmen Navas, a sus 81 años, no la venció el tiempo, ni los achaques propios de la edad, ni una enfermedad inevitable. A Carmen la mató el dolor. La mató la crueldad de un Estado criminal que la obligó a mendigar certezas hasta el último aliento.
Durante meses que debieron sentirse como una eternidad en penumbras, esta madre de 81 años de edad arrastró sus pies y su dignidad por los pasillos fríos de la burocracia estatal. Su único norte, la única fuerza que sostenía su cuerpo frágil, era saber qué habían hecho con su hijo, Víctor Hugo Quero Navas. En lugar de respuestas, recibió portazos, mentiras sistemáticas y un silencio institucional que pretendía apostar al desgaste. Querían que se cansara, que olvidara. Pero el poder totalitario olvida con frecuencia que el amor de una madre no entiende de fatiga, ni se rinde ante los decretos del terror.
Carmen caminó hasta el final del laberinto. No se detuvo ante las miradas indiferentes de los funcionarios ni ante el miedo que paraliza a tantos. Siguió el rastro del horror hasta que dio con él. Pero el destino, de una crueldad infinita, no le regaló el abrazo del reencuentro, sino el hachazo definitivo.
Víctor Hugo estaba bajo tierra, confinado al olvido de una fosa común. A sus 81 años, con los ojos nublados por el cansancio y el llanto, Carmen tuvo que asomarse al abismo de la barbarie, mirar el barro y reconocer los restos del hijo que parió y un día tuvo entre sus brazos. En ese instante exacto, la búsqueda terminó, pero el alma de Carmen se desprendió de su cuerpo.
Imaginar la escena rompe algo por dentro: una mujer en el invierno de su vida, arrodillada ante la tierra removida, acariciando la memoria de su hijo en el lugar más indigno. Dicen los médicos que el cuerpo resiste mientras la mente tiene un objetivo. El de Carmen era encontrarlo. Una vez consumado el terrible hallazgo, su corazón, exhausto de tanto latir a pulso de zozobra, simplemente dijo basta. No pudo soportar el peso de la verdad. Carmen murió poco después, víctima de una pena moral que se ha convertido en una epidemia silenciosa.
Porque el calvario de Carmen hoy nos estruja el pecho no solo por su trágico final, sino porque es el espejo de miles de madres en mi país. Ella es el rostro visible de tantas madres venezolanas que han muerto físicamente en este transitar de injusticia. Mujeres que se nos van apagando en las colas de las cárceles, que sufren infartos silenciosos en las salas de espera de los tribunales, cuyas vidas se marchitan por la tortura psicológica de no saber si sus hijos tienen hambre, si tienen frío o si aún respiran. Es un exterminio por goteo; un sistema que mata a los hijos y condena a las madres a una muerte lenta por tristeza.
Y mientras lloramos a Carmen, pensamos con el alma en un vilo en las que se quedan. En esas miles de madres que, aún vivas, siguen caminando el país con la foto de sus hijos colgada al pecho. Mujeres que habitan un limbo perverso, suspendidas entre la esperanza y el terror, desafiando la indiferencia de un régimen que prefiere ocultar los cuerpos antes que asumir sus crímenes. Ellas siguen marchando, envejeciendo prematuramente bajo el peso de una ausencia que devora.
La historia de Carmen Navas y Víctor Hugo no puede ser una estadística más en el inventario del olvido. Su partida debe ser un grito que resuene en cada rincón. A Carmen la mató la impunidad de un Estado criminal, pero su resistencia nos deja un legado sagrado. Hoy, al levantar la voz por ella y por todas las madres que buscan a oscuras, exigimos que esa fosa común no sea la última palabra.
Que el dolor de Carmen se transforme en la fuerza indomable de las que quedamos para seguir desenterrando la verdad, exigir una justicia que castigue a los verdugos, y permitirnos soñar, por fin, con un país distinto; una Venezuela libre donde ninguna madre tenga que vivir con el miedo lacerante de que su hijo desaparezca. Solo así, podremos sanar y acariciar, con paz y no con sangre, la memoria de los hijos que nos arrebataron.
* Martha Cambero, ciudadana venezolana, barquisimetana, madre y sobreviviente de las violaciones sistemáticas de los derechos humanos en Venezuela
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