¿La izquierda se despide de América Latina?

Con los triunfos políticos definidos recientemente en las elecciones presidenciales de Colombia y Perú, al ser electos por votación popular Abelardo de la Espriella y Keiko Fujimori, pareciera invertirse aquel parágrafo del preámbulo del Manifiesto comunista de Marx y Engels, que rezaba: «Un fantasma recorre Europa: el fantasma del comunismo».
Un continente que cambia de signo
En esta oportunidad, en pleno siglo XXI, es la derecha neoliberal la que arrasa el territorio que alguna vez proclamó la frase «¡Alerta, alerta, alerta que camina, la espada de Bolívar por América Latina!». Si observamos que en Sudamérica solo Brasil y Uruguay son presididos por mandatarios de izquierda –ya que Venezuela es gobernada por una tutela norteamericana inédita en nuestra historia continental–, el resto de los siete países –Argentina, Chile, Bolivia, Perú, Colombia, Paraguay y Ecuador– están representados por jefes de Estado y candidatos recién electos afines a la democracia liberal y al capitalismo de libre mercado.
En el resto de Latinoamérica destacan por su orientación conservadora los gobiernos de Panamá, Costa Rica, Honduras y El Salvador. En el caso de Nayib Bukele y de Nasry «Tito» Asfura, ambos manifiestan una orientación cercana al movimiento MAGA del presidente norteamericano Donald Trump.
El espejismo del fin de la historia
En ese contexto, algunos analistas se han atrevido a retomar al politólogo Francis Fukuyama, quien en su ensayo El fin de la historia y el último hombre, escrito en el verano de 1989, durante el fragor del derrumbe del bloque soviético, argumentaba que el fin de la Guerra Fría marcaba el triunfo definitivo de la democracia liberal y el capitalismo occidental; es decir, que tras la victoria de un modelo ideológico en lo económico y en lo político, era solo cuestión de tiempo que todo el mundo terminara adoptándolo.
¿Será aplicable esta visión a América Latina? En nuestro continente se observa una sobrada ligereza para caracterizar a las diferentes formaciones políticas de la izquierda continental, al intentar ubicar en un solo campo al castrismo, al PT de Brasil, al Frente Amplio de Uruguay y a la izquierda chilena, confundiendo así la solidaridad cómplice que todas mantienen con la Revolución cubana con la visión de Estado propia de cada una de ellas. Y en esto hay matices de sobra.
Las dos izquierdas
En realidad, se identifican dos izquierdas en el continente. La primera la integra el club de las dictaduras, representado por el estalinismo castrista, que no admite la alternancia en el poder al considerarse heredero eterno de «revoluciones» fracasadas, como son los casos del orteguismo en Nicaragua, el chavomadurismo venezolano y el castrismo cubano. Sus modelos económicos propugnan la eliminación total o parcial del capital y la concentración estatal absoluta, sostenidos por un feroz aparato policial que convierte el terror en política de Estado.
La otra izquierda, cuyo perfil se aproxima a la socialdemocracia europea, asume la reforma como modelo de gobierno, la alternancia en el poder y la economía social de mercado. La caracterizan las políticas públicas en materia social y el reconocimiento de la libertad de expresión, rasgos propios de los gobiernos del Frente Amplio en Uruguay, de Lula en Brasil y de las coaliciones socialistas en Chile, desde los gobiernos de Michelle Bachelet hasta el de Gabriel Boric.
En el caso de Colombia, el Pacto Histórico ―creado en 2021 y convertido en partido político en 2025― está definiendo aún su rumbo histórico, algo que esperamos quede demostrado con las elecciones en el país cafetero y con el debido respeto a los resultados electorales del domingo 21 de junio. Una estimación similar señalamos para el Perú, con la coalición Juntos por el Perú, que respalda al candidato Roberto Sánchez; en ambos países, los resultados agrupan a casi el cincuenta por ciento del electorado.
El ocaso de las dictaduras y la nueva alternancia
En resumen, el destino de las dictaduras castroestalinistas es cada día más evidente: irán al lugar que les corresponde por haberse convertido en las estafas más prominentes de la historia continental, repudiadas por los pueblos que pretendían liberar y a los que, por el contrario, condujeron a la ruina y a la miseria.
Para América Latina es totalmente saludable este nuevo escenario, en el que los pueblos votan por sus elegidos y, al mismo tiempo, construyen la alternancia necesaria entre fuerzas cuyas fuentes ideológicas son de diferente origen, todas compitiendo por lograr una mejor condición de vida para sus pueblos.
En este escenario, liberales, conservadores y socialistas, junto a las nuevas expresiones políticas que vayan surgiendo, construyen la nueva historia política del continente, sin proferir exclusiones ni conjuros como aquel que planteaba el chavismo al proclamar «no volverán». Sería lamentable repetir ese apartheid.
¿Es esto posible? No estamos en planetas diferentes: basta observar los procesos políticos de la Unión Europea desde la posguerra hasta el siglo XXI, donde los gobiernos socialistas se han alternado con gobiernos conservadores y centristas sin que ello haya significado tragedias. Más bien, hay que entender que así es la democracia.
Para América Latina, esta redistribución del poder representa un salto cualitativo, totalmente distinto de aquel siglo XX que transcurrió entre dictaduras, golpes de Estado, decenas de miles de desaparecidos, asesinatos y todo ese sinfín de desgracias que asolaron al continente.
@froilanbarriosf | Movimiento Laborista.
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