La Doncella de Llullaillaco guardaba un secreto: 500 años después, los arqueólogos creen haber descubierto por qué los incas la sacrificaron

Durante más de dos décadas, las momias de Llullaillaco han sido consideradas uno de los descubrimientos arqueológicos más extraordinarios del mundo andino. Conservados por el frío extremo a más de 6.700 metros de altitud, los cuerpos de tres niños sacrificados por los incas han permitido reconstruir aspectos inéditos de uno de los rituales más impresionantes de la América prehispánica. Ahora, una nueva investigación acaba de aportar un dato clave que podría cambiar la interpretación histórica de aquel acontecimiento.
Un equipo internacional de investigadores ha conseguido acotar con mucha mayor precisión la fecha en la que se produjo la célebre ceremonia de capacocha en el volcán Llullaillaco, situado en la frontera entre Argentina y Chile. Y la conclusión resulta especialmente llamativa: el sacrificio parece haber tenido lugar décadas después de la conquista de la región por parte de los incas, lo que abre la puerta a una explicación más política que militar para uno de los rituales más conocidos del Tawantinsuyu.
El estudio, publicado en la revista Archaeometry, ha sido liderado por Dominika Sieczkowska-Jacyna y se basa en una combinación de análisis isotópicos y dataciones por radiocarbono realizadas sobre restos vegetales hallados junto a la llamada Doncella de Llullaillaco, la adolescente de unos 15 años encontrada en la cima de la montaña.
Hasta ahora, las dataciones disponibles situaban el enterramiento en una amplia horquilla comprendida entre aproximadamente 1430 y 1520. Aunque esa cronología confirmaba que el ritual pertenecía al periodo de expansión del Imperio inca, resultaba demasiado imprecisa para relacionarlo con acontecimientos históricos concretos o con gobernantes específicos.
La nueva investigación ha reducido notablemente esa incertidumbre. Según los resultados obtenidos, la ceremonia tuvo lugar entre 1462 y 1507, siendo finales del siglo XV el momento más probable. Este detalle, aparentemente técnico, tiene profundas implicaciones para comprender el significado de la capacocha.
Un ritual que llevaba a los niños hasta las cumbres más altas de los Andes
La capacocha fue una de las ceremonias más importantes organizadas por el Estado inca. Las fuentes coloniales describen cómo niños y jóvenes cuidadosamente seleccionados eran trasladados desde diferentes regiones del imperio hasta lugares considerados sagrados, especialmente montañas de gran altitud.
Los participantes no eran elegidos al azar. Procedían a menudo de familias destacadas y eran considerados individuos especialmente puros. Tras complejos rituales celebrados en Cusco y otros centros administrativos, emprendían largos viajes acompañados por sacerdotes, funcionarios y miembros de sus comunidades.
Finalmente, algunos eran sacrificados y enterrados junto a valiosas ofrendas. Aquellos depósitos funerarios incluían textiles de lujo, figurillas, alimentos, objetos ceremoniales y productos procedentes de regiones muy alejadas entre sí, reflejando la enorme extensión territorial del Imperio inca.
El santuario de Llullaillaco constituye uno de los ejemplos más espectaculares conocidos. En 1999, una expedición dirigida por Johan Reinhard y Constanza Ceruti descubrió allí los cuerpos excepcionalmente conservados de una adolescente, una niña de aproximadamente seis años y un niño de siete.
Las bajas temperaturas y la extrema sequedad del entorno permitieron una conservación extraordinaria. Gracias a ello, los investigadores han podido estudiar durante años la alimentación, el estado de salud, los desplazamientos e incluso los últimos meses de vida de las víctimas.

La nueva datación sitúa el sacrificio de Llullaillaco varias décadas después de la conquista de la región, lo que cuestiona una de las interpretaciones más extendidas sobre la capacocha.
Coca, maíz y mandioca para resolver un misterio histórico
La novedad del estudio reside en que los investigadores no centraron su atención en los cuerpos humanos, sino en los restos vegetales depositados junto a ellos.
Entre las ofrendas aparecieron hojas de coca, granos de maíz y semillas de mandioca. Estos materiales poseen una ventaja fundamental para la datación arqueológica: tienen ciclos de vida muy cortos. En términos prácticos, registran el carbono atmosférico de una única temporada de crecimiento, proporcionando una referencia cronológica mucho más precisa que otros materiales orgánicos.
Los científicos analizaron los isótopos estables de carbono, nitrógeno y oxígeno presentes en estas plantas para intentar determinar su procedencia y las condiciones ambientales en las que crecieron.
El trabajo resultó especialmente complejo debido a una característica poco conocida del mundo andino. El territorio controlado por los incas se encontraba en una zona donde confluyen influencias atmosféricas de los hemisferios norte y sur. Esta circunstancia afecta a las calibraciones de radiocarbono y puede alterar las fechas obtenidas si no se tiene en cuenta correctamente.
Para resolver el problema, los investigadores desarrollaron distintos modelos que combinaban las curvas de calibración de ambos hemisferios. Tras comparar numerosos escenarios posibles, lograron establecer una cronología mucho más refinada para el enterramiento.
La fecha cambia la interpretación del sacrificio
La consecuencia más importante del estudio no es únicamente la nueva fecha, sino lo que esa fecha implica.
Durante años se había planteado la posibilidad de que el sacrificio estuviera relacionado con la conquista de las regiones meridionales del actual territorio argentino. Sin embargo, los nuevos resultados sugieren que cuando se realizó la ceremonia los incas llevaban décadas ejerciendo el control sobre aquella zona.
Eso significa que la capacocha de Llullaillaco difícilmente puede interpretarse como una celebración inmediata de una victoria militar o como un ritual vinculado directamente a la incorporación de nuevos territorios.

La cronología obtenida coincide, en cambio, con los reinados de Túpac Inca Yupanqui y, especialmente, de Huayna Cápac, dos de los gobernantes más importantes de la historia imperial andina.
Durante ese periodo, el Tawantinsuyu había alcanzado dimensiones gigantescas. Gobernar un territorio que se extendía desde el actual sur de Colombia hasta el centro de Chile exigía mucho más que ejércitos y administradores. También requería símbolos capaces de reforzar la autoridad del Estado y de integrar poblaciones muy diversas bajo una misma estructura política.
Los autores del estudio consideran que el ritual pudo formar parte precisamente de ese esfuerzo de cohesión imperial.
Más que una respuesta a una catástrofe natural, la ceremonia pudo formar parte de una estrategia destinada a reforzar la autoridad imperial en territorios alejados de Cusco.
Más allá de la religión
Desde una perspectiva moderna resulta tentador separar política y religión, pero en el mundo inca ambas dimensiones formaban parte de una misma realidad.
Las ceremonias religiosas no eran únicamente actos de devoción. También servían para legitimar el poder, reforzar alianzas, establecer jerarquías y transmitir mensajes a las comunidades locales.
Un sacrificio celebrado en una de las montañas más altas del planeta constituía una demostración extraordinaria de recursos, organización y autoridad. Los niños eran trasladados durante meses a través de miles de kilómetros, acompañados por complejos cortejos ceremoniales y enterrados junto a bienes de enorme valor simbólico.
Todo ello convertía la capacocha en una poderosa herramienta política además de religiosa.
Los investigadores también exploraron otras posibles explicaciones. Tradicionalmente, algunos estudios han relacionado estos sacrificios con catástrofes naturales, erupciones volcánicas o fenómenos climáticos extremos.
Sin embargo, la nueva cronología no coincide claramente con grandes erupciones conocidas ni con anomalías climáticas especialmente destacadas. Aunque no puede descartarse por completo la influencia de factores ambientales locales, los datos disponibles no permiten establecer una relación directa.
Por ello, la hipótesis política gana fuerza sin eliminar el componente religioso inherente a este tipo de ceremonias.

La nueva fecha sugiere que el sacrificio no estuvo relacionado con la conquista del territorio, sino con el mantenimiento del poder imperial.
Un hallazgo que obliga a replantear la historia inca
La importancia de esta investigación va mucho más allá del caso concreto de Llullaillaco.
La historia del Imperio inca continúa dependiendo en gran medida de crónicas redactadas tras la llegada de los españoles. Aunque esas fuentes son fundamentales, reflejan una visión parcial de una sociedad que no desarrolló un sistema de escritura comparable al europeo.
Por ese motivo, cada avance arqueológico adquiere un valor excepcional. La posibilidad de fechar con precisión uno de los rituales más emblemáticos del mundo andino permite reconstruir acontecimientos históricos desde una perspectiva independiente de los relatos coloniales.
El trabajo también demuestra cómo técnicas científicas cada vez más sofisticadas pueden aportar respuestas a preguntas históricas que parecían imposibles de resolver hace apenas unas décadas.
Más de quinientos años después de la muerte de la Doncella de Llullaillaco, las hojas de coca, los granos de maíz y las semillas depositadas junto a ella siguen revelando información. Y lo que cuentan ahora es que aquel sacrificio no fue simplemente una ceremonia religiosa perdida en las alturas de los Andes, sino posiblemente una pieza más dentro de la compleja maquinaria política que permitió a los incas gobernar uno de los mayores imperios de la historia de América.
Referencias
- Dominika Sieczkowska‐Jacyna et al, Timing the Sacred: A Multi‐Step Chronological Framework for the Llullaillaco Inca Burial, Archaeometry (2026). DOI: 10.1111/arcm.70172
Fuente de TenemosNoticias.com: muyinteresante.okdiario.com
En la sección: Muy Interesante
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