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Los dos sismos en Venezuela ponen en alerta a América Latina

📅 🕐 hace 3 min🔗 Fuente: dw.com🕑 6 min de lectura
Los dos sismos en Venezuela ponen en alerta a América Latina
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El terremoto que sacudió Venezuela el 24 de junio no solo fue el más potente registrado en el país en más de un siglo. También sorprendió a los científicos por una característica poco común: no fue un único evento, sino una secuencia de dos grandes sismos, separados por apenas unos 40 segundos.

Para los especialistas mexicanos consultados por DW, lo ocurrido es relevante por dos razones. Por un lado, plantea nuevas preguntas científicas sobre el comportamiento de las fallas geológicas. Por otro, recuerda una lección conocida, pero muchas veces desatendida en América Latina: los terremotos son inevitables, pero sus consecuencias dependen en gran medida de la preparación de cada sociedad.

«Un doblete sísmico»

Gina Paola Villalobos Escobar, ingeniera civil y doctora en sismología, resume así lo más llamativo del evento: «Lo que resulta más interesante es que haya sido un doblete sísmico». Es decir, dos eventos de magnitudes similares, muy cercanos en tiempo y espacio. «Es un fenómeno ya documentado, pero poco usual», explica.

Raúl Valenzuela Wong, sismólogo del Instituto de Geofísica de la UNAM, coincide en que la secuencia venezolana merece atención especial. Según explica, el primer sismo tuvo una magnitud de 7,2 y el segundo, ocurrido unos 40 segundos después, alcanzó una magnitud de 7,5. Lo inusual no es solo la cercanía temporal, sino que ambos eventos parecen haber respondido a estados de esfuerzo distintos.

Después del primer sismo, dice Valenzuela, habría ocurrido «un reacomodo de los esfuerzos» que se proyectó sobre una falla cercana, «la cual también estaba próxima» a romperse. En otras palabras: el primer terremoto pudo haber alterado el equilibrio de la corteza y facilitado casi de inmediato la ruptura de otra falla.

José Antonio Bayona, sismólogo mexicano e investigador en la Universidad de Bristol, va más allá. «Nunca habíamos observado que estos terremotos ocurrieran con tan poco tiempo de diferencia», señala. A su juicio, la secuencia venezolana será un caso de estudio para la sismología, porque podría obligar a revisar ideas sobre cómo se propagan algunas rupturas en sistemas complejos de fallas. «Va a romper nuevas estructuras mentales sobre nuestro conocimiento actual del proceso de generación de terremotos», afirma.

Magnitud no es intensidad

Para el público, una de las claves es distinguir entre magnitud e intensidad. La magnitud mide la energía liberada por el sismo. La intensidad describe cómo se siente y qué daños causa en cada lugar.

«La magnitud es una medida proporcional a la energía liberada», explica Villalobos. «La intensidad, por el contrario, sí depende de la cercanía al área epicentral, del tipo de suelo» y también de factores como el tamaño de los centros poblados, la percepción de la gente y el tipo de diseño y construcción de las edificaciones.

Por eso, dos terremotos de igual magnitud pueden tener consecuencias muy diferentes para las poblaciones cercanas. También puede ocurrir que dos zonas ubicadas a la misma distancia del epicentro sufran movimientos distintos. Las ondas sísmicas no viajan por un medio homogéneo: se atenúan, se desvían o se amplifican según los materiales que atraviesan.

Aquí entra en juego un concepto central: los «efectos de sitio». Villalobos los define como la forma en que los suelos locales, especialmente los primeros 30 o 50 metros, afectan a las ondas sísmicas. Un suelo rocoso puede no alterar las ondas a su paso; uno blando y poco consolidado puede amplificarlas y causar daños. «De un barrio a otro pueden cambiar las aceleraciones y los movimientos del terreno», advierte.

El ejemplo más conocido en América Latina es Ciudad de México. Allí, los suelos blandos de origen lacustre amplifican ondas de sismos originados a cientos de kilómetros, en la costa del Pacífico. Villalobos aclara que no está diciendo que eso haya ocurrido en Venezuela, sino que cada ciudad debe ser estudiada de manera particular.

Voluntarios buscan víctimas entre los escombros tras el doble terremoto.
Voluntarios buscan víctimas entre los escombros tras el doble terremoto.Imagen: Federico Parra/AFP

Los edificios, el verdadero riesgo

Los científicos consultados por DW insisten en otro punto: un sismo fuerte no se convierte automáticamente en catástrofe. El impacto depende de la vulnerabilidad de las construcciones, la aplicación de normas y la preparación de la población.

Valenzuela subraya que una de las principales lecciones mexicanas es contar con reglamentos de construcción «efectivos, acordes y adecuados» al riesgo sísmico y a la geología local. Pero advierte: «No basta tener un reglamento que en papel puede ser muy bueno si este no se cumple».

Villalobos añade que no todas las edificaciones reaccionan igual. La altura, la geometría, la rigidez y el estado estructural influyen en cómo se mueve un edificio. El mayor problema, dice, aparece en la construcción informal o sin supervisión ni mantenimiento regulado.

Bayona lo formula de manera más contundente: «Los sismos no matan personas». Lo que mata, precisa, son «los edificios que no están preparados para esos terremotos». Su afirmación apunta a una realidad incómoda para muchos países latinoamericanos: la autoconstrucción, la falta de fiscalización y la desigualdad convierten a millones de personas en población especialmente vulnerable.

En América Latina, recuerda Bayona, es común que «la casa de los abuelos se convirtió en la casa de los papás» y luego se sigan levantando pisos para nuevas generaciones. Muchas veces esas ampliaciones no están reguladas ni calculadas para resistir movimientos fuertes.

Una advertencia para la región

El terremoto venezolano no es solo un caso científico. Es también una advertencia regional. «Como sociedad latinoamericana, todavía no estamos del todo preparados para afrontar la llegada del próximo terremoto», sostiene Bayona.

Villalobos apunta a un problema de memoria colectiva. En regiones donde los grandes terremotos tardan décadas o más de un siglo en repetirse, la población y las instituciones tienden a relajarse. «Si no le pasó a mis papás o a mis abuelos, pues yo no lo considero importante», resume. Pero la escala del tiempo geológico no coincide con la memoria humana.

De ahí que los tres expertos coincidan en varias prioridades: mantener redes sísmicas en funcionamiento, invertir en investigación, actualizar y hacer cumplir códigos de construcción, estudiar los suelos urbanos y educar a la población. También combatir la desinformación y fortalecer a protección civil.

Para Bayona, la pregunta central no debería ser dónde ocurrirá el próximo gran terremoto, sino «qué tan preparados vamos a estar» cuando llegue. Venezuela acaba de recordar a la región que los grandes sismos no pertenecen solo al pasado. La diferencia entre un desastre y una emergencia manejable puede decidirse muchos años antes, en la calidad de las normas, de los edificios y de la cultura de prevención.

(ms)

Fuente de TenemosNoticias.com: www.dw.com

En la sección: Deutsche Welle: DW.COM – Internacional

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