Vivir bajo escolta: 35 años de la ley italiana que quebró la ‘omertá’, el silencio de la mafia | elperiodico.com

Cenar una noche con la periodista Federica Angeli implica asumir que no se podrá elegir mesa. Quien la acompañe no podrá sentarse junto a la ventana, ni disfrutar de la terraza, ni improvisar cambios de último minuto. La escolta armada que la acompaña lo decidirá todo, eligiendo siempre el rincón más oscuro y protegido del local, lejos de cualquier línea de tiro directo. Esa es la primera lección de la «soledad social», como ella misma la define. «Muchos amigos desaparecieron de repente. No todo el mundo está dispuesto a cenar con alguien sabiendo que eres un objetivo móvil, que tu mera presencia convierte un restaurante en una potencial zona de conflicto», confiesa Angeli. Por eso, al final, en su mesa solo se sientan los pocos amigos que han resistido el desgaste del miedo.
Esta vida solitaria de Angeli en Ostia, en el problemático litoral de Roma, es el espejo de una realidad que este año alcanza un aniversario agridulce. Se cumplen 35 años de una ley italiana pionera en la lucha global contra el crimen organizado. El 15 de marzo de 1991, en una Italia acorralada por el terror de la Cosa Nostra —que en esos duros años sembraba el país de decenas de bombas y cientos de muertos—, el Parlamento del país aprobó el primer sistema europeo de deberes y beneficios para exmafiosos arrepentidos (pentiti) y testigos civiles. Tres décadas y media después, aquella compleja arquitectura legal sigue siendo un modelo de estudio en universidades de todo el mundo, aunque sus costuras humanas y burocráticas también siguen enfrentando significativos desafíos.
La celda de cristal de una madre
Federica Angeli no es una criminal arrepentida; es una periodista que decidió hacer su trabajo. En julio de 2013 se infiltró en lo que ella ya denominaba «mafia», un término que la justicia romana tardaría una década entera en ratificar oficialmente con un sello judicial en 2023. Descubrió una red compleja con complicidades políticas y administrativas en Ostia, dedicada a la extorsión y el narcotráfico. Meses después, presenció un intento de doble asesinato —un tiroteo y un apuñalamiento— fruto de tensiones entre clanes rivales. Seis horas después de testificar y dar nombres y apellidos ante el juez, el Estado le colocó su primera escolta. Hoy, casi 14 años después, sigue atrapada en ese blindaje. Su persistencia responde en parte a una particularidad italiana que la ley incorporó en su evolución reciente: desde 2018, los testigos de justicia pueden elegir entre desaparecer bajo una nueva identidad en un lugar secreto o quedarse en su propia tierra, protegidos por el Estado. Federica eligió lo segundo: no huir. Pero eso también ha tenido un alto precio a pagar.
Giovanni Brusca, capo de la Cosa Nostra que confesó haber matado u ordenado matar a más de 150 personas, entre ellas el juez Giovanni Falcone, es detenido en mayo de 1996 en Palermo (Italia). / LANNINO / EFE
Los primeros años fueron los más duros. Una razón: las escoltas en Italia se pensaron originalmente para hombres. «Pero yo tengo tres hijos, que hasta hace poco eran muy pequeños. Aún así, el coche blindado oficial que me habían asignado al principio estaba homologado para cinco personas. Al ir dos agentes, solo quedaban tres plazas libres. Como nosotros éramos seis en total en casa, las normas de seguridad me impedían llevar a mis propios hijos al colegio. Tuve que batallar durante tres meses en despachos oficiales mientras mi marido, mis suegros o las niñeras llevaban a los niños a clase porque no había sitio en mi coche», cuenta.
Aún hoy, la pérdida de intimidad de Angeli es diaria y asfixiante. Su escolta pertenece a los Baschi Verdi de la Guardia de Finanzas, un cuerpo de élite donde prácticamente no hay mujeres asignadas a este servicio. «Imagina pasar el día entero en un coche blindado rodeada exclusivamente de hombres. Al principio me moría de vergüenza cuando tenía que ir a comprar ropa interior; ellos estaban pegados a mí y veían exactamente qué modelos elegía. O cuando estás indispuesta, o si te llama una amiga para pedirte un consejo íntimo y personal. Tienes que hablar de tus cosas más privadas delante de agentes que, por muy profesionales y sensibles que sean, no dejan de ser extraños metidos a la fuerza en tu vida». «Vivir bajo escolta significa renunciar por completo a tu libertad, a tus hábitos, a tus momentos de soledad, a bajar las ventanillas si te sientes agobiada«, relata esta cronista que sigue bajo escolta también porque en la cárcel «siguen hablando» de ella, según confiesa.
De la ‘artesanía judicial’ a la mafia invisible
Pietro Grasso, veterano fiscal antimafia y expresidente del Senado, conoce perfectamente la evolución de esta trinchera. En su despacho, rodeado de recuerdos y fotografías de sus compañeros asesinados Falcone y Paolo Borsellino, rememora cómo empezó todo. «El primer gran colaborador de la historia, Tommaso Buscetta, empezó a hablar con Falcone en julio de 1984. En aquellos años gestionábamos a los arrepentidos de forma puramente artesanal, sin recursos establecidos, casi improvisando sobre la marcha».

El juez antimafia Giovanni Falcone (segundo por izquierda), en una imagen de 1986. / GERARD FOUET / AFP
Grasso, a quien la mafia también intentó matar, recuerda la dureza de aquellos años de plomo. En medio de ese caos de sangre, los fiscales Falcone y Paolo Borsellino comprendieron que la mafia poseía estructuras jerárquicas complejas y un arma invisible: la ‘omertá’. Para romperla desde dentro, sabían que era indispensable una ley como la que finalmente se aprobó en marzo de 1991. «Fue un hito histórico absoluto«, evoca Grasso, «nos dio la herramienta judicial para descifrar la Cosa Nostra y condenar a cadena perpetua a los grandes capos». Por ello, el gran mérito de ley no fue estirpar la mafia, pero sí frenar su expansión.
Sin embargo, Grasso advierte de que el escenario de 2026 es radicalmente distinto al de hace tres décadas. Las mafias italianas actuales han aprendido que la violencia explícita es contraproducente. «Han adoptado la estrategia de la invisibilidad. Hay menos asesinatos, lo que significa que el Estado se alarma menos y, por tanto, también hay menos delatores internos dentro de las organizaciones. Hoy la mafia se mueve en las criptomonedas, las finanzas y el narcotráfico internacional silencioso. Por eso, ahora más que nunca, necesitamos la colaboración de los ciudadanos corrientes, de los testigos de la calle, mucho más que la de los arrepentidos de la propia criminalidad».
A este sigilo financiero se suma el desafío de la ‘Ndrangheta calabresa, considerada una de las mafias más herméticas del mundo debido a que sus estructuras se basan en rígidos e infranqueables lazos de sangre. En este panorama, el camino para la justicia sigue siendo cuesta arriba, y el precio de romper el silencio sigue siendo una sombra temible: históricamente, aunque han sido casos excepcionales, algunos de los que hablaron pagaron su valentía con su vida o la de sus familiares.

Esquela de Salvatore Riina, exlíder de la Cosa Nostra, que contiene el nombre de varias personas asesinadas por la mafia en Ercolano (Italia), en una imagen de 1993. / CIRO FUSCO / EFE
Las costuras de la ley: arrepentidos contra testigos civiles
Esa distinción entre el mafioso arrepentido (collaboratore di giustizia) y el ciudadano honesto que denuncia (testimone di giustizia) es aún así uno de los núcleos del sistema italiano y de su continuado debate. Maurizio Bellacosa, abogado penalista y profesor de la prestigiosa Universidad Luiss de Roma, detalla cómo ha evolucionado el marco normativo. «La disciplina italiana es sin duda pionera. Su semilla se plantó en 1980, se codificó en 1991, se retocó en 2001 y culminó con la ley número 6 de 2018, que creó un estatuto específico y orgánico exclusivo para los testigos de justicia». Este complejo mapa ampara en la actualidad a unos 800 exmafiosos arrepentidos y a unos 50 testigos de justicia civiles, una cifra que, al sumar a cerca de 2.000 familiares protegidos, revela la inmensa magnitud humana y logística del sistema.
La arquitectura de protección italiana presenta además notables singularidades respecto a otros modelos internacionales, como el histórico programa de protección de Estados Unidos (WITSEC), creado en 1970. A diferencia del sistema norteamericano, en Italia no existe la inmunidad penal total para los exmafiosos: sus condenas simplemente se reducen y el Estado confisca de manera implacable todo su patrimonio de origen ilícito. A cambio, el aparato estatal les garantiza un blindaje de seguridad y asistencia económica a muy largo plazo.
Además, para Bellacosa, los requisitos que la ley de 2018 exige a un testigo civil son sumamente rigurosos: sus testimonios deben tener una credibilidad contrastada («fondata attendibilità»), y los implicados no deben haber obtenido ningún beneficio de la organización criminal, deben carecer de antecedentes penales vinculados y deben afrontar un peligro «concreto, grave y actual». A cambio, el Estado le promete medidas extraordinarias: cambio de identidad, traslado a una localidad secreta, indemnización por daños biológicos y psicológicos, y reinserción laboral en la administración pública.

Atentado contra el juez antimafia Giovanni Falcone cerca de Palermo, el 23 de mayo de 1992. / ARCHIVO
Con todo, según Bellacosa, si sobre el papel el sistema de los más avanzados de Europa; en la práctica, también cojea. «El principio teórico de la ley es impecable: el Estado debe garantizar al testigo las mismas condiciones de vida y económicas que tenía antes de colaborar», analiza este profesor. «Pero la aplicación práctica es de una complejidad administrativa enorme porque cada caso requiere una personalización absoluta. No es lo mismo reubicar a un niño de guardería que a un estudiante universitario que debe abandonar de la noche a la mañana toda su vida social y académica para empezar de cero con un nombre falso en otra región. O un empresario que se ve obligado a cerrar su negocio local y al que el Estado le exige abrir una nueva actividad comercial de éxito similar en una zona secreta. Esto genera constantes tensiones, descontentos y litigios judiciales entre los propios testigos y la administración estatal».
Este titánico despliegue burocrático y humano corre a cargo del Servicio Central de Protección del General Giancarlo Scafuri, que gestiona pisos francos y traslados con un presupuesto anual que Bellacosa cifra en «decenas de millones de euros». Sin embargo, sobre el terreno, las carencias se multiplican: los testigos lamentan –por ejemplo– un escaso número de psicólogos asignados para atender el trauma de las familias y los adolescentes desplazados, y que las ayudas económicas a menudo se retrasan o resultan ridículas frente al coste de reconstruir una vida destruida. Aún así, Scafuri lo defiende. «Para Italia es un sistema muy costoso. Nos ocupamos de los colaboradores de justicia, de los testigos y de sus familias de forma total. Imagínense: los gastos del día a día, la atención médica, los niños en la escuela. Todo eso corre a cargo del Estado», dice el general.
Sin rendición
La crítica más feroz al sistema no proviene de la teoría académica, sino de quienes han pagado el precio de su honestidad. Federica Angeli también coincide en que el Estado se ha en cierta modo «acomodado». «Es positivo que no nos abandonen a nuestra suerte, pero es negativo que el Estado se haya acomodado«, dice, al reclamar un sistema que «juegue en ataque» y que desactive el peligro en lugar de limitarse a blindar a quien lo denuncia. También lamenta que la idea original de Falcone y Borsellino —dar a colaboradores y testigos una vida nueva, con trabajo y con nombre propio, no solo mantenerlos— se haya diluido con los años. Cuando el proceso termina y la declaración ya sirvió, argumenta, «el Estado te suelta». Por eso, admite, cada vez son menos los que se atreven a denunciar.
A pesar de la soledad que impone la mesa del restaurante elegida por sus escoltas y de las ventanillas que nunca se bajan, la periodista de Ostia mantiene la mirada fija y firme. «Resistir psicológicamente a todo esto no es fácil, es una batalla diaria que no todo el mundo puede soportar. Pero yo no pienso rendirme«.
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