Un informe oculto sobre un incendio de 1613 destapa la corrupción monárquica en la gestión del bosque real de Leiría

Los incendios forestales llevan siglos amenazando el paisaje mediterráneo, pero en las últimas décadas su virulencia ha alcanzado niveles sin precedentes. España y Portugal figuran entre los países europeos más golpeados: veranos cada vez más secos y calurosos, unidos al abandono rural y a la acumulación de vegetación, convierten cualquier chispa en una posible catástrofe. El incendio de 2017 en la Mata Nacional de Leiria, que arrasó el 86% de su masa forestal, es solo el episodio más reciente de una larga historia de destrucción que ya se documenta en la región en la época de los Habsburgo.
Durante la última semana de septiembre de 1613, dos incendios devoraron el pinar más preciado de la Corona portuguesa. Manuel Veloso Cabral, juez de Leiría, pasó la noche entera abriendo un cortafuegos a pulso mientras las llamas avanzaban hacia la zona del bosque de donde se obtenía la madera para construir los galeones que zarpaban rumbo a la India. Cuando el fuego se apagó, el juez encontró indicios de que alguien lo había provocado intencionalmente.
Aquel desastre desencadenó una investigación real, un pleito de casi veinte años entre los guardas del bosque y la monarquía, y una reorganización completa de la defensa contra el fuego. El historiador Koldo Trápaga-Monchet ha reconstruido ahora esta historia gracias a documentos hasta ahora inéditos, conservados en los archivos de Simancas y de la Torre do Tombo.
En 1613, dos incendios arrasaron el bosque que abastecía de madera a los galeones portugueses rumbo a la India.

Un bosque al servicio del imperio
El pinar de Leiría, hoy Mata Nacional de Leiria, se extiende junto al Atlántico y ocupa más de 11.000 hectáreas de pino marítimo (Pinus pinaster). Durante los siglos XVI y XVII, constituía la principal reserva de madera para construir los barcos que sostenían el Imperio portugués.
Desde 1524, unas ordenanzas regulaban el trabajo de guarda-mór o guarda mayor, el oficial responsable de todo el bosque, y de un grupo de guardas menores o couteiros reclutados entre los vecinos. Aunque ninguno cobraba salario, a cambio de su trabajo recibían exenciones fiscales y el permiso para usar la leña y los pastos del pinar. Su tarea principal, cada año después de Pascua, consistía en limpiar los cortafuegos (aceiros) que rodeaban el bosque real para frenar cualquier incendio antes de que alcanzara los pinos reservados para la construcción naval.
Felipe II, rey de Portugal desde 1581, amplió el bosque real en 1597 y 1598 y elevó el número de guardas de 16 a 33 para vigilar un pinar inmenso de más de veinte kilómetros de costa. Mientras tanto, los contratistas privados cortaban madera para la Corona a precios cada vez más bajos, señal de que el bosque aún producía en abundancia. Esa bonanza, sin embargo, terminaría de forma abrupta.
Un juez de Leiría trabajó toda la noche para abrir a mano un cortafuegos de más de nueve kilómetros para intentar salvar parte de los pinos.

El verano que devoró el pinar
En septiembre de 1613, dos incendios distintos arrasaron buena parte del pinar. El primero avanzaba hacia el norte del bosque, precisamente donde se talaba la madera destinada a los astilleros. El juez Veloso Cabral movilizó a los vecinos de Matoeira y trabajó toda la noche para abrir un cortafuegos de más de nueve kilómetros junto a la Lagoa Limpa, con la intención de separar así la zona en llamas de los pinos que aún podían salvarse.
Apenas terminó esa tarea, el obispo de Leiria le avisó de un segundo fuego, esta vez en São Pedro de Moel. Allí encontró a la población paralizada por el miedo, y tuvo que abrir otro cortafuegos para darles ejemplo. El 30 de septiembre, con el incendio ya controlado, el juez llegó hasta Coucinheira, el epicentro del fuego en el bosque real. Fue allí donde halló las primeras pruebas de que el incendio había sido provocado.
La Corona no se tomó el asunto a la ligera. Encargó una investigación oficial que duraría años y que revelaría los defectos profundos de la administración del pinar, mucho más allá del propio incendio.
El informe de 1614 acusó a la propia Corona de haber facilitado el incendio con sus plantaciones anteriores.

Las pesquisas que reinventaron la gestión del bosque
El encargado de la investigación fue el doctor Gonçalo de Sousa, quien en 1614 redactó un informe extenso y hasta ahora desconocido para los historiadores. Sousa no dudó en señalar a la propia Corona como responsable indirecta del desastre. Habían sido las plantaciones y ampliaciones del bosque ordenadas por Felipe II las que habían alterado el equilibrio del terreno y facilitado la propagación del fuego.
El informe también destapó un sistema de corrupción sostenido: los contratistas que talaban más madera de la autorizada, los propietarios privados que esperaban meses sin que ningún oficial acudiera a tasar sus pinos y los troncos de primera calidad que se desperdiciaban. Ante estos abusos, muchos dueños optaron por convertir sus pinares en olivares o viñedos.
Soluciones de 400 años
Sousa propuso medidas concretas para que el desastre no se repitiera. Sugirió que la Corona comprase la madera directamente a los propietarios, que buscara alternativas en los bosques de Brasil e India, y que construyera un cortafuegos recto (sin curvas, que facilitaban el paso del fuego) desde la desembocadura del río Lis hasta la playa de São Pedro de Moel, unos veinticuatro kilómetros de perímetro.
En 1615, el doctor Jerónimo de Souto tomó el relevo y ofreció readmitir a los guardas destituidos si cada uno despejaba 150 palmos (unos 33 metros) de cortafuegos. A cambio, la Corona prometió aumentar su número de 33 a 40. Muchos guardas prefirieron renunciar ante semejante carga de trabajo no remunerado. Y, según las quejas presentadas por el propio personal forestal durante la década de 1630, la Corona jamás cumplió su promesa de ampliar la plantilla, aunque los cortafuegos sí quedaron terminados.
La Corona prometió aumentar el número de guardas de 33 a 40, pero esa promesa nunca llegó a cumplirse.

Lo que aprendemos del pinar quemado
La historia del pinar de Leiría en 1613 muestra algo que sigue vigente cuatro siglos después: un incendio forestal no solo destruye árboles, sino que también obliga a repensar cómo se gestiona un territorio. La Corona portuguesa aprendió, a la fuerza, que proteger un bosque estratégico exigía algo más que ordenanzas: requería vigilancia constante, cortafuegos bien diseñados y una administración libre de corrupción. Cuatrocientos años más tarde, tras el incendio que en 2017 destruyó el 86% de la cubierta forestal de este mismo pinar, la lección conserva toda su vigencia.
Referencias
- Trápaga-Monchet, Koldo. 2026. «Fire Hazards, Forest Protection and Production in Portugal: the Pinewood of Leiria during the Habsburg Dynasty (1580-1640)», en Koldo Trápaga Monchet y Félix Labrador Arroyo (eds.), Conservation and Production of Woodlands and Royal Forests in the Early Modern Iberian Peninsula, pp. 157-204. Brill.
Fuente de TenemosNoticias.com: muyinteresante.okdiario.com
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