“Vamos al almuerzo ya”, dijo Vicky, pero José Darío Gutiérrez, su esposo, estaba encandilado con la historia de una mujer norvietnamita, “¡vamos ya que nos están esperando!”. Vicky recuerda que tenía hambre, que acababan de llegar a la Feria de Arte de Buenos Aires y… “empecé a joder: ‘¡vamos ya que nos están esperando!’”, insistí. “Compra la obra cuando volvamos”.
José Darío Gutiérrez y Vicky Turbay llevan casi 40 años de matrimonio y son una pareja absolutamente especial, “alguna vez le dije: ‘grábate esto: mis hijos no van a tener madrastra ni padrastro’ ”. Están juntos en todas partes y ella, una cartagenera que se mueve como pez en el agua en todos los lugares donde entra, ha sido el ancla para la creación de una de las colecciones de arte más importantes y espectaculares de Colombia y América Latina.
José Darío recuerda que, cuando estaban empezando su colección en Barranquilla, Vicky lo animó a que comprara un cuadro de Saturnino Ramírez en lugar de salir de vacaciones, “ya vamos a tener tiempo para viajar”. Y no solo eso: también aceptó que parte de sus ingresos quedara como un fondo exclusivo para comprar obras que, en algunos casos, no le gustan a todo el mundo. “Me encanta cuando la gente ve la mazorca de dientes de Carlos Castro en mi casa”, dice Vicky con una sonrisa perversa.
José Darío Gutiérrez y Vicky Turbay. Foto:Fernando Gómez Echeverri
Parte de su colección está ahora en la Casa Republicana de la Biblioteca Luis Ángel Arango y es –tal vez– su mayor hito como coleccionistas; hay más de 200 obras de artistas colombianos e internacionales que exploran el cuerpo y sus horrores. Sobre todo, sus horrores.
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La exposición –titulada ‘Liturgias del cuerpo’– empieza con un autorretrato del artista conceptual británico Keith Arnatt en el que lleva un cartel entre sus manos que dice: “I’m a Real Artist”. La foto –una impresión de los años 70– es la clase de tesoros que adora y atesora José Darío. Su colección está llena de copias vintage de fotógrafos como Danny Lyon, Leo Matiz, Miguel Ángel Rojas o Fernell Franco.
La Tate, en su momento, no quiso aceptar en su colección la foto de Arnatt porque tenía una esquina doblada, “¡pero para mí eso es lo que la hace valiosa!”, dice emocionado. “La imprimió el propio Arnatt y estaba debajo del vidrio de su escritorio; la conseguí con un galerista en Turín”, confiesa. Y su ubicación –en el inicio de la muestra– también es significativa:
“ ‘Soy un verdadero artista’ (I’m a Real Artist), el cartel que lleva Arnatt entre las manos, es una declaración de principios”, dice José Darío. “La exposición es una suma de obras que nacen de un compromiso con el arte y con la sociedad que está por encima de lo comercial”. Es, en pocas palabras, arte sin concesiones.
El autorretrato de Arnatt es una declaración de principios. Foto:Cortesía de los coleccionistas
Y el mejor ejemplo –un ejemplo que lleva vivo desde el siglo XVIII– es la obra de Francisco de Goya y Lucientes. Y es parte de la colección.
En esa primera sala de la muestra, la foto de Arnatt le da paso a Los desastres de la guerra, la serie de grabados de Goya, publicada en 1863, que muestra un sinfín de atrocidades que atormentaban al genial pintor español, “¿y por qué la hizo Goya? Perdió dinero cuando la hizo; nadie la compró ni la patrocinó”, dice José Darío, “la hizo porque era un artista”.
Los desastres de la guerra revela imágenes como la de un hombre sin pantalones al que tres soldados se preparan para partir en dos como si fuera un cerdo; en otra aparece una víctima más de la guerra que se disponen a ahorcar, y en otra hay una escena de batalla en la que un soldado está a un segundo de morir de un hachazo; al lado de Los desastres hay una serie de grabados de la artista alemana Kathe Hollwitz que retratan la miseria y la incertidumbre de Europa en la Primera Guerra Mundial, como la imagen de un niño que se aferra a su madre, pero la Muerte, encarnada en un cuerpo semiputrefacto, insiste en arrastrarla al infierno; o la de una mamá con su bebé muerto y desnutrido entre los brazos y un letrero inmenso sobre sus cabezas tan universal como la guerra: ‘Hambre’.
La gran genialidad de la colección y de la curaduría de la muestra es que, al lado de Goya y Hollwitz, se encuentra la obra de un artista colombiano que, moral y estéticamente, se encuentra a la par. En los años 60, Luis Ángel Rengifo realizó 13 grabados sobre la Violencia en Colombia con tanta fuerza y tan descarnados como los de Goya. Hay una imagen en particular que resume el salvajismo de los asesinos. La piel y la cabeza de una mujer están clavadas en un piso de tierra como un trofeo de caza; solo que no es oso o un león o el cuero de una vaca. Es una mujer colombiana que, por algún motivo político, mataron y despellejaron. Y solo estoy hablando de la primera sala.
La colección –en ese punto– tras un grabado de La violencia, de Alejandro Obregón, y un magnífico óleo de Pedro Alcántara, les da paso a otras dimensiones del cuerpo. Ya no es cuerpo maltratado por otros, sino el cuerpo como monstruosidad; hay varios Carlos Granada, dos dibujos de José Luis Cuevas; un gran Jim Amaral; una lengua cortada de William Bahos; un cuerpo partido en pedazos, como trozos de pan, del grabador colombiano Aníbal Gil, al lado de un David Alfaro Siquieros –el gran muralista mexicano– en el que aparece un hombre amarrado a un árbol en una especie de crucifixión; la sección termina, una vez más, con una obra cumbre del arte colombiano: La cosecha de los violentos, de Alfonso Quijano, de 1966.
La obra de Quijano –tal vez– resume mejor que todas las obras de la época el sinsentido de la guerra bipartidista entre liberales y conservadores; el grabado muestra un paisaje en el que hay varios cadáveres en fila, sobre camas o mesas de madera, debajo de un árbol sin hojas. No hay nada vivo en el cuadro; la tierra –que tiene unos surcos realistas– está muerta y los cadáveres no tienen dolientes. Es la desolación absoluta.
Alfonso Quijano no pertenece al canon oficial. No es un nombre –como el de Botero, Obregón o Grau, por ejemplo– que se reconozca de inmediato. Y esa es una de las grandes fortalezas de la colección y el proyecto Bachué, la fundación que creó José Darío, cuando –con la intervención del curador Álvaro Medina– adquirió una pieza perdida del arte colombiano: la Bachué, de Rómulo Rozo, una preciosa serpiente-humana de piedra, una diosa precolombina de casi dos metros de altura, que –para José Darío y para Medina y varios críticos– es la entrada de Colombia a la modernidad y que, en su momento, fue despreciada por Marta Traba. La historia de la obra es novelesca. Estuvo en Sevilla, Barranquilla y otros lugares, se dio por perdida y por destruida, pero finalmente terminó en la sala de la casa de los Gutiérrez-Turbay.
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Para José Darío era tan importante que no creía que ese fuera su lugar; empezó una larga lucha para que la adquiriera un museo en Colombia, no tuvo eco y, finalmente, el año pasado, encontró un destino luminoso: la compró el coleccionista y millonario argentino Eduardo Constantini y ahora está en una de las salas del Malba, el Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires, al lado de piezas de Frida Kahlo, Diego Rivera y Tarsila do Amaral.
Y la exposición de la Luis Ángel Arango es, de cierta manera, una consecuencia del proyecto Bachué. En 2008 decidió que no era lógico que su colección fuera estrictamente privada y, como todo gran coleccionista, empezó a dar sus primeros pasos para hacerla pública. Y no pudo llegar a un mejor espacio.
Esta es la quinta exposición del programa La mirada del coleccionista del Banco de la República, tras las muestras ‘El legado de Casimiro Eiger’, en 1995; ‘El ojo crítico de Hernando Santos’, en 2001; ‘La colección Ganitsky Guberek, un homenaje a Marta Traba’, en 2002, y ‘La colección Maraloto’, en 2011. Y, como explica Nicolás Gómez Echeverri, director de artes del Banco, es una maravilla tener estas colecciones en Colombia y poder exponerlas; es mucho más fácil movilizarlas y cuidarlas y pagar los seguros.
Porque, por supuesto, mover una obra maestra no es cosa fácil; pero es un orgullo mostrarla: entre todas las obras de la exposición, que pasa de la guerra salvaje de la Violencia a la batalla del cuerpo femenino por hacer sentir su presencia –como las fotos de la cubana Ana Mendieta–, o el genial video de la barranquillera Jessica Mitrani en el que interpreta varios roles llenos de clichés con un soberbio humor negro; o la impactante sala erótica en la que hay una polaroid de bondage del artista japonés Araki y la foto favorita de Vicky, un precioso Adán y Eva de Duane Michals; o las grandes piezas de Ever Astudillo, Óscar Muñoz y Miguel Ángel Rojas, hay una obra fuera de serie, por tamaño y por solidez. El tríptico de Luis Caballero del primer piso es absolutamente salvaje y monumental, “es la pieza central de la exposición”, dice José Darío.
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Y, entre otras obras que merecen una reseña aparte, como Dar la cara (24 paramilitares por segundo), de José Alejandro Restrepo, hay un grabado de la argentina Liliana Porter que compraron en la Feria de Arte de Buenos Aires.
La obra de Porter es un grabado de 1970 que parte de una foto de The New York Times en la que aparece una mujer norvietnamita con un fusil en la sien y un texto escrito con máquina de escribir que dice:
This woman is
northvietnamese
southafrican,
puertorrican,
colombian,
black,
argentinian,
my mother,
my sister,
you, I.
Esta obra de Porter es una de las mejores obras de denuncia sobre la Guerra del Vietnam. Foto:Oscar Monsalve Pino
Ni siquiera es necesaria la traducción. Todos podemos ser esa mujer. La compraron antes de ir a almorzar, “si no lo compramos ya, cuando no volvamos no está”, dijo José. “Al otro día”, recuerda Vicky, “salió en el periódico que era la obra más importante de toda la Feria, lo leí primero que él, y dije: ¡Cómo sabe de arte mi marido, ahh!”.