“Yo me crié con sicarios. Con los peores criminales de mi país. Pero también fueron mis mejores amigos. Todos dieron la vida por mí. Espero que todos podamos aprender que esta es una historia para no repetir”. Con esas palabras, Sebastián Marroquín —quien durante años fue conocido como Juan Pablo Escobar Henao— rompe el silencio frente a un auditorio de más de mil personas en Lille, Francia.
Su voz se presenta sin estridencia ni dramatismo. Se impone con una calma, como si cada frase hubiera sido ensayada durante décadas y, ahora, por fin, encontrara el espacio para tomar el escenario.
Afuera, el invierno se resiste a abandonar el norte de Francia. Adentro, en Le Nouveau Siécle, uno de los auditorios del Séries Mania, el público —entre expertos y aficionados— acaba de ver los tres primeros capítulos de ‘Dear Killer Nannies: criado entre sicarios’. Lo que sigue no es una ovación inmediata. Entre aplausos, luces y algunos silencios espesos, la sala se llena de una mezcla entre digestión y entusiasmo.
La escena tiene algo de irreal, no solo por la distancia geográfica con Colombia. El relato que se activa allí —en ese teatro europeo— está hecho de una violencia que durante años definió la vida cotidiana de otro país.
Marroquín no habla como personaje mediático ni como heredero de un apellido que el mundo reconoce al instante. Lo hace, más bien, como alguien que intenta ordenar su propia memoria frente a desconocidos. Y, sobre todo, desde el punto de vista de quien alguna vez fue un niño de siete años, a quien el mundo le asumió una visión, una personalidad y —por muy poco— un futuro.
La serie se basa en la infancia de Juan Pablo Escobar dentro del Cártel de Medellín en Colombia. Foto:Disney+
La historia de Pablo Escobar Gaviria no es un mito para ningún colombiano. Miles de relatos, novelas y películas han contado, una y otra vez, la vida de quien fue el narcotraficante más buscado del mundo. Sin embargo, el contexto de ‘Dear Killer Nannies’ no es menor.
La serie, presentada por primera vez ante público y que estrena el 1 de abril en Disney+, propone volver sobre una historia conocida, pero desde un ángulo tan íntimo como incómodo: la infancia. La del hijo de Escobar. Un niño rodeado de lujos, escoltas y lealtades inquebrantables, que durante años no entendió del todo el mundo en el que vivía.
El argumento confronta prejuicios, heridas y una historia que se creía agotada; pero, sobre todo, pone sobre la mesa una idea incómoda: como país, también depositamos sobre ese niño un peso y un cargo que no le correspondía. Creció bajo la ilusión de que su padre era una suerte de “Robin Hood”, una imagen que terminaría por desmoronarse ante sus propios ojos.
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En esa misma línea, la serie se desplaza hacia un territorio aún más delicado: el de quienes rodeaban a ese niño. Quienes lo custodiaban —los mismos que ejecutaban órdenes de muerte— eran también quienes lo acompañaban en su cotidianidad. Jugaban con él, lo protegían, lo hacían reír. Los que, como él mismo dijo en Lille, “dieron la vida” por él. Ahí aparece una de las tensiones más difíciles de procesar: la convivencia entre el afecto y la violencia; entre la inocencia de la infancia y la brutalidad del contexto; entre el amor filial y el horror que ese mismo vínculo sostenía.
En diálogo exclusivo con EL TIEMPO, Juanita Molina (‘Betty, la fea, la historia continúa’), quien interpreta a una de las “nanas” de Juan Pablo, cuenta que esa dimensión fue central desde el inicio. Su aproximación al proyecto partió de una escucha activa de las memorias que todavía atraviesan a varias generaciones en Colombia.
“Los relatos que escuchaba de personas cercanas a mí… me acuerdo que llegué a preguntarle a mi abuela, que es una persona de casi 70 años, cómo vivió ella esa época del país. Y recuerdo que el dolor es una constante muy marcada, que dejó una herida bastante difícil de cicatrizar”, dice Molina.
La serie se enfoca en la figura de ‘niñeros’ de Juan Pablo Escobar Foto:@Leo D’Cossio
Esa herida, que no termina de cerrarse, fue también lo que definió el tono con el que el equipo asumió la historia. “La responsabilidad que tenía la serie se convertía en algo mucho más grande, porque no puedes hablar de un tema trivializándolo o haciéndolo simple. Es mucho más complejo y hay que hablar desde una forma respetuosa y responsable”, agrega Janer Villareal (‘Cien años de soledad’), quien encarna a Juan Pablo Escobar en su adolescencia.
Para ambos actores, el proceso se enmarcó en un ejercicio constante de empatía. En su caso, la producción fue, ante todo, un ejercicio de escucha. “Escuchar el relato, escuchar a mis compañeros, escuchar la voz del guion, escuchar mi propia voz… e intentar acercarme desde la empatía”. Una empatía que, en este contexto, no implica justificar; busca comprender las capas humanas que existen incluso dentro de los entornos más violentos.
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No obstante, esa empatía no resuelve la incomodidad. La hace visible. Si algo queda claro tras la premiere de ‘Dear Killer Nannies’ en Séries Mania es que la producción no busca ofrecer respuestas fáciles. Lejos de ello, la serie reabre una conversación que, en Colombia, nunca se cerró del todo. No se trata solo de un relato más: es una memoria incómoda que vuelve a hablar.
Y en ese gesto aparece la pregunta que atraviesa todo el proyecto: ¿qué pasa cuando la historia se cuenta desde la mirada de un niño?
Sabíamos que teníamos que contar una historia narrada desde otro lugar, desde el punto de vista de un niño que descubre a muy temprana edad que su padre es Pablo Escobar y que es capaz de cometer los crímenes más terribles
Sebastián ortegaShowrunner de Dear Killer Nannies
Del mito a dentro de la casa
Durante décadas, la historia de Pablo Escobar ha sido narrada desde múltiples lugares: el poder, la persecución, la violencia, el Estado, las víctimas. Casi siempre desde afuera. Desde quienes lo enfrentaron, lo estudiaron o lo reconstruyeron. Pero rara vez —o nunca con esta frontalidad— desde el interior de su propia casa. Ahí es donde la serie propone un quiebre. Una reorganización de la mirada que se desplaza a un punto de vista que, por años, quedó en segundo plano: el de un niño que crece sin comprender del todo el alcance de lo que ocurre a su alrededor.
“Sabíamos que teníamos que contar una historia narrada desde otro lugar, desde el punto de vista de un niño que descubre a muy temprana edad que su padre es Pablo Escobar y que es capaz de cometer los crímenes más terribles”, explica a este diario Sebastián Ortega, showrunner de la serie.
El descubrimiento, por su puesto, se da de forma progresiva. En la lógica del Juan Pablo de siete años su padre no se conoce con el narcotraficante más buscado del mundo. Para él, Pablo Escobar es alguien que protege, que provee, que parece moverse con una autoridad incuestionable. Será entonces el tiempo –y las grietas imposibles de cubrir que empiezan a aparecer en el relato– quien haga que esa imagen de superhéroe se resquebraje.
Para Sebastián Marroquín, ese proceso también fue profundamente personal. “Es difícil para uno contar su propia historia, reconocer todo ese pasado tan duro, tan cruel, que le hizo tanto daño a nuestro país”, dice en entrevista con EL TIEMPO. Y, sin embargo, insiste en la necesidad de hacerlo desde otro lugar: no como repetición del mito, sino como una forma de desmontarlo.
‘Nanas’ de día, sicarios de noche
Si el punto de vista del niño reorganiza la historia, la figura de los “niñeros” la vuelve aún más compleja.
Los hombres encargados de proteger a la familia eran, al mismo tiempo, ejecutores de violencia. Jóvenes que encontraban en ese entorno una posibilidad de ascenso social, pero que también asumían un rol inesperado: el de acompañar la infancia de un niño. Cuidarlo. Entretenerlo. Estar ahí. La serie se detiene en esa contradicción sin resolverla del todo. Porque no hay forma simple de hacerlo.
“Esa contradicción entre el amor y el espanto nos parecía una muy buena razón para contar esta historia”, explica Ortega. Y es, precisamente, esa tensión la que atraviesa cada escena: la imposibilidad de separar completamente el afecto del contexto en el que ocurre.
Para Marroquín, esa relación fue tan real como desconcertante. “Yo me crié con sicarios… pero también fueron mis mejores amigos”, dijo en Lille tras la proyección. La frase, que podría parecer provocadora, funciona más bien como síntoma de una infancia atravesada por lógicas que no eran las suyas, pero que terminaron por definirla.
Y, justo ese es uno de los puntos más delicados de la serie: mostrar un vínculo tan trascendental sin romantizarlo, sin convertirlo en una anécdota pintoresca, pero tampoco negándolo. Reconociendo que existió. Que tuvo efectos. Que dejó marcas.
Miguel Tamayo y John Leguizamo interpretan a ‘Juampi’ y Pablo Escobar Foto:Disney +
Porque, en el fondo, lo que ‘Dear Killer Nannies’pone en evidencia es que la violencia no siempre se presenta como un hecho distante o abstracto. A veces se filtra en lo cotidiano. Se disfraza de rutina, de juego, de cuidado. Y es precisamente en esa cercanía donde se vuelve más difícil de nombrar.
Volver a mirar esa infancia desde hoy implica, entonces, algo más que reconstruir una historia. Implica preguntarse qué se normaliza, qué se silencia y qué se hereda cuando un niño crece en medio de un mundo que no eligió, pero que terminó por definirlo.
Esa idea de redención atraviesa la serie y el discurso que, desde hace años, Sebastián Marroquín presenta ante el público. Lejos de verse como una absolución, para el colombiano se trata de la posibilidad de resignificar el pasado. En esa decisión también estuvo involucrada su familia: “Mi madre y mi hermana autorizaron participar en la historia. No se involucraron directamente, pero dieron el beneplácito para que pudiera ser contada”.
Del otro lado, para Ortega, el desafío era narrativo, pero también ético. “Fue una responsabilidad muy grande y un compromiso con Sebastián y su familia, porque no queríamos fallar en ningún detalle”, explica. La dificultad no era menor: condensar años de una vida marcada por la violencia en apenas ocho episodios sin caer en la romantización pintoresca que otras producciones han hecho alrededor de este mismo tema.
Porque si algo ha cuestionado durante años el propio Marroquín es la forma en que estas historias han sido contadas. “Otras series han glorificado la actividad criminal de mi padre, lo han mostrado como un dios, como un personaje digno de ser imitado, como una especie de superhéroe del bajo mundo”, dice. Y es tajante: “Soy muy consciente del daño que eso le hizo a la juventud”.
De ahí que su participación en este proyecto tenga una intención explícita: corregir ese relato. “Ahora sí tenía la oportunidad de dejar el mensaje correcto. Estamos acá justamente para revertir esos efectos”, precisa a EL TIEMPO.
Otras series han glorificado la actividad criminal de mi padre, lo han mostrado como un dios, como un personaje digno de ser imitado, como una especie de superhéroe del bajo mundo. Soy muy consciente del daño que eso le hizo a la juventud. Ahora sí tenía la oportunidad de dejar el mensaje correcto. Estamos acá justamente para revertir esos efectos
Sebastián MarroquínHijo de Pablo Escobar
En el set, esa premisa fue el punto de partida desde antes que los actores hicieran parte. “Eso ya estaba claro desde los guiones”, explica Ortega. “Los guiones son la hoja de ruta. Sabíamos hacia dónde estábamos apuntando”. A partir de ahí, el trabajo fue colectivo: directores, actores, equipo técnico. Incluso la reconstrucción de época (la historia comienza en 1984) implicó una responsabilidad adicional.
La diferencia, en este caso, radica en la forma en que se observan los hechos –que siguen siendo los mismos ya contados–. En lo que se decide mostrar y, sobre todo, en lo que se decide no convertir en espectáculo.
Para Marroquín, el proceso tuvo un efecto mucho más cercano a la comprensión. “(Hacer la serie) Me permitió observar y darme cuenta de todos los peligros por los que atravesé como persona. Y sobre todo valorar las decisiones que pude tomar a tiempo, en momentos donde era más fácil continuar con el legado criminal de mi padre que elegir el camino de la paz”.
La elección de no repetir es, en últimas, el mensaje que insiste en dejar y el que espera que el público reciba. “Van a conocer una historia que nunca antes nadie vio. Todo lo que han visto hasta ahora se los han vendido como la verdad, y no lo es. Esta es la verdadera historia”, sentencia.
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Pero incluso esa afirmación abre otra pregunta: qué significa, realmente, contar la verdad cuando se trata de una historia tan narrada, tan disputada y tan cargada de memoria. Quizá por eso, como sugiere Ortega, el punto de partida más honesto es otro: entender que, antes que símbolo o heredero, Sebastián Marroquín fue —simplemente— un niño. Un niño que tuvo que aprender, demasiado pronto, a convivir con lo inconciliable.
De regreso en la sala de Le Nouveau Siècle, en Lille, dos jóvenes colombianas toman la palabra. Una de Medellín y otra de Cúcuta, ambas alrededor de los 20 años y pertenecientes a una generación que no padeció a Escobar en carne propia, pero sí ha vivido bajo su sombra, agradecen a Marroquín por esta producción. “Tenerlos a ustedes y tener la oportunidad de ver esta serie me llena de emoción y de sentimientos… confundidos. Obviamente no comparo mi experiencia, pero sí hay un impacto como colombiana en el exterior que nos afecta muchísimo”, declara una de ellas.
Ese gesto, pequeño pero preciso, parece cerrar el círculo. Porque si la historia vuelve a contarse, no es solo para recordar lo que pasó, sino para preguntarse qué hacer con ello ahora.