En lo alto de los Andes boyacenses, y en el municipio de Toca, Boyacá, donde la tierra aún guarda el sabor de siglos de historia, el Biomuseo de la Papa resiste como una semilla de memoria viva. Aquí, entre pasillos humildes y manos campesinas, se narran las historias invisibles de 60 variedades nativas; muchas de ellas estaban en peligro de desaparecer.
Cada papá tiene un nombre, una historia familiar, una canción sembrada en el recuerdo de los abuelos.
Boyacá, segundo productor de papa en Colombia después de Cundinamarca, no es solo cifras ni hectáreas sembradas; es memoria viva en cada tubérculo que brota de su suelo fértil.
Sin embargo, mientras los jóvenes se acercan cada vez más al campo y al saber ancestral, como nunca antes lo habían hecho, y buscan reinventar las políticas del Biomuseo para mantenerse estable, el lugar también lucha por no convertirse en un relicario del olvido.
Así lo explicó Judy Briceño, una de las voces guardianas del Biomuseo y cofundadora, quien con entusiasmo y una sonrisa siempre presente, le contó a EL TIEMPO detalles sobre lo que siembra.
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Con paciencia y pasión, Briceño narró que, a pesar de las dificultades, gracias al esfuerzo colectivo de campesinos, comunidades, saberes ancestrales y, por supuesto, de su padre, Pedro Briceño, el fundador de este proyecto, algunas variedades de papa han logrado regresar.
Han vuelto a germinar no solo en la tierra, sino también en la memoria y en la conciencia de un país que empieza a entender que la soberanía alimentaria se cultiva desde la raíz.
Judy Briceño, cofundadora del Biomuseo y su padre, Pedro Briceño, el fundador. Foto:Cortesía Judy Briceño
‘Hay papas que ahora son más resistentes a enfermedades’, dice Judy Briceño sobre las variedades de este tubérculo
En lo más profundo del campo colombiano, donde la tierra huele a pasado y las manos campesinas aún siembran con fe, se libra una batalla silenciosa.
Es una lucha por la memoria, por el sabor, por los colores que alguna vez vistieron los platos de nuestros abuelos. Es la lucha por no olvidar nuestras papas nativas.
Según cifras de Agrosavia, Colombia posee cerca de 2.900 variedades de papa registradas en el inventario nacional. Pero ese número, que suena a abundancia, esconde una dolorosa verdad: menos de 160 siguen vivas en el campo. Apenas unas 60 se cultivan en distintas zonas rurales del país, y cerca de 100 más en los suelos fríos de Nariño. El resto, miles de variedades, han sido empujadas al borde del olvido.
La causa: el avance imparable de las variedades mejoradas. Papas más resistentes, más rentables, más adaptadas a las exigencias de una agroindustria que prioriza cantidad sobre identidad.
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En esa lógica de eficiencia, las papas ancestrales han ido perdiendo terreno. Con ellas, también se van sus sabores únicos, sus formas caprichosas, sus tonos morados, rojos, azules; se va la historia milenaria de los pueblos que las cultivaron y las honraron.
En cuanto a tamaño y forma, los campesinos de este sector del país las conocen y clasifican en tres grandes grupos: las purejas, las andígenas y las chauchas. Cada una tiene su encanto particular. Algunas son alargadas, otras más ovaladas, y hay incluso variedades que pueden alcanzar hasta 50 centímetros de longitud. No hay una igual a la otra. Cada curva, cada textura, es una huella viva del territorio donde nacieron y de las manos que las sembraron.
En Colombia, cultivar una papa nativa no siempre ha sido sinónimo de orgullo. Foto:Cortesía July Briceño
La papa que fue hecha a la medida
En algún momento, alguien tomó una decisión que cambiaría para siempre la relación entre el campo y la mesa: “Necesitamos una papa especial para la agroindustria”. No una que hablara de montañas ni de saberes ancestrales, sino una que encajara perfectamente en las exigencias del mercado: que frite bien, que rinda más, que sea fácil de procesar.
Así nació la R12, una papa diseñada con un propósito claro: ser la reina de la fritura. Perfecta para bastones, para papas a la francesa, para llenar empaques industriales y freidoras rápidas. La textura ideal, el color dorado, la forma uniforme. Una papa pensada no para la tierra, sino para la máquina.
Pero con esa estandarización, se fue perdiendo algo esencial: el sabor profundo, los colores vivos, la historia milenaria de nuestras montañas. Frente a esta realidad, un grupo de investigadores decidió en 2008 volver a las raíces. Campesinos entre 60 y 90 años que aún conservaban las semillas de papa nativa. Así nació la idea de rescatar esas variedades olvidadasy crear un banco de conservación.
La papa R12 esta capacitada para ser freída, a comparación de otras papas. Foto:iStock Images
‘Los jóvenes comenzaron a apostarle a la tierra’
Pero el reto no era solo guardar las semillas, sino revivir un mercado desde cero. Había que convencer a los campesinos de que cultivar papa nativa podía ser rentable. Y lo lograron: junto a chefs, trazaron un modelo de comercio justo, donde se paga al productor un precio digno, muy por encima del que ofrece el mercado para la papa convencional.
Mientras la papa blanca se vende hoy en algunas regiones entre $ 20.000 y $ 40.000 el bulto, los cultivos nativos llegan a valer hasta cinco veces más, explicó Judy de forma detallada. Y no es un capricho: es el reconocimiento al trabajo de hasta ocho meses de siembra, fertilización, cuidado y cosecha. Detrás de una papa nativa hay esfuerzo, inversión y tradición.
En medio de las crisis del campo, como la vivida en 2013 con el paro agrario, surgió la pregunta: ¿y si innovamos desde lo ancestral? Así, empezaron a sensibilizar a campesinos y jóvenes, ofreciéndoles semillas y un mercado estable. “Tú pones la tierra y el abono, nosotros garantizamos la venta”, les decían.
Hay jóvenes apostándole a la tierra y campesinos que vuelven a creer. Foto:Cortesía Judy Briceño
Hoy, esa red existe. Hay jóvenes apostándole a la tierra y campesinos que vuelven a creer. Porque la papa nativa no solo da buen precio, da dignidad. Y en cada bulto que se cultiva y se vende, también se cosecha esperanza.
Sin embargo, no todo ha sido color rosa. En Colombia, cultivar una papa nativa no siempre ha sido sinónimo de orgullo. Durante años, estas semillas, las mismas que alimentaron generaciones enteras, fueron vistas con recelo. Perseguidas por normativas, ignoradas por las políticas agrícolas, arrinconadas por la agroindustria. Pero en medio de ese panorama, un movimiento silencioso y obstinado comenzó a tomar fuerza.
Hay distintas variedades de papa nativa. Foto:Cortesía Judy Briceño
Las papas que resisten: de la semilla perseguida al Biomuseo de la esperanza
Frente a los desafíos políticos e institucionales, un grupo de guardianes de la biodiversidad, al que pertenecía Judy, decidió no quedarse quieto. “Fuimos astutos”, dijo con seguridad. Y lo fueron. Buscaron alianzas estratégicas, tocaron puertas, se acercaron a universidades, a Colciencias, a centros de investigación. Desde allí impulsaron proyectos que demostraran las bondades y el valor de las especies autóctonas, que hoy se consideran en peligro de extinción.
Limpiaron genéticamente semillas, escribieron libros, grabaron documentales, y poco a poco le dieron visibilidad a algo que nunca debió ser invisible: la importancia de las semillas nativas para la soberanía alimentaria del país.
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Pero no se quedaron solo en la teoría. En 2008, empezaron a rescatar papas directamente desde las fincas, hablando con campesinos entre 60 y 90 años que aún guardaban las semillas como un tesoro. Las sembraron, las transformaron e innovaron. Convirtieron papas en snacks, en productos derivados, en cultura viva.
Y luego dieron un paso más allá: crearon el Biomuseo de la Papa Nativa, un espacio único, nacido en plena pandemia, cuando todo el mundo se encerraba, pero ellos decidieron abrir las puertas de la tierra. Con recursos propios, recuperaron una finca familiar caída en el abandono, levantaron paredes, tejieron sueños y sembraron esperanza.
El Biomuseo de la Papa, ubicado en Boyacá. Foto:Cortesía Judy Briceño
Hoy, el Biomuseo no es solo un lugar para ver papas: es un museo vivo, abierto, construido sobre el barro y la memoria, donde visitantes de todo el país y del extranjero pueden conectarse con la semilla, con la tierra, con la cultura campesina. Allí se realizan talleres, recorridos educativos, encuentros con jóvenes, mujeres rurales y familias enteras del municipio de Toca, Boyacá.
“El desafío era creer cuando nadie creía”, dijo Judy. Y creyeron. A pesar de las leyes, de la falta de apoyo, del escepticismo y de la falta de presupuesto. Creyeron en que el campo podía ser innovación, en que la semilla perseguida podía ser símbolo de futuro.
Y lo lograron: transformaron la papa en una experiencia, y la resistencia, en un museo.
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Rescate ancestral: cuando la papa nativa volvió a hablar con la tierra
Cada 20 días, sin descanso, se siembra. Más de 50 familias campesinas hacen parte de esta red viva de cultivo y preservación, que no solo cuida la tierra, sino también la historia, la identidad y el futuro alimentario de Colombia.
Entre las variedades que hoy crecen nuevamente están joyas como:
La papa andina
Borrega mora
Alca rosa
Quincha
Balvanera
Bandera
Criolla manzana
Sangre de toro
Papita colombiana
Ratona
Panqueba
Nombres que evocan territorios, sabores y tradiciones que por siglos nutrieron a las comunidades del altiplano.
Se han aliado con mujeres rurales, jóvenes, comunidades enteras y han aplicado su red. Foto:Cortesía Judy Briceño
Pero el trabajo del Biomuseo no se queda solo en el cultivo. Es un acto de soberanía alimentaria. “Sin semillas no hay alimento, no hay vida”, dijeron sus custodios. Y tenían razón. Proteger las papas nativas no es un simple ejercicio agrícola: es una forma de asegurar que las futuras generaciones tengan comida sana y propia en su plato.
Este proyecto es también herencia: quien lidera hoy el Biomuseo es la quinta generación, a la que pertenece Judy, que cuida estas semillas como un legado sagrado. Y en esa defensa, no están solos. Se han aliado con mujeres rurales, jóvenes, comunidades enteras, y han ampliado su red para proteger no solo papas, sino también fríjoles, maíz y tubérculos andinos.
En un país con una de las mayores diversidades agrícolas del mundo, el Biomuseo es más que un espacio educativo: es un bastión de resistencia cultural, ecológica y alimentaria. Un recordatorio de que la verdadera riqueza de Colombia nace bajo tierra, pero florece cuando se cuida en comunidad.
Las papas nativas son moradas, amarillas o rojas y con formas variadas. Foto:Cortesía Judy Briceño
El asombro del mundo ante las papas nativas de Colombia
Lo que para muchos campesinos colombianos era parte del día a día, una papa morada, una criolla de sabor dulce, una variedad con nombre ancestral, se ha convertido en motivo de asombro y admiración para visitantes de todo el mundo. Desde Holanda, Francia, Alemania y España, los turistas llegan a Boyacá con curiosidad, pero se van con maravilla y respeto.
«Nosotros nos creemos expertos en papas, pero estas variedades no existen en nuestros países», le dicen extranjeros constantemente a Judy cuando visitan el lugar. Y es que las papas nativas que custodian el Biomuseo no solo se ven distintas: huelen, saben y se sienten distintas. Son papas que no llegaron a cruzar el Atlántico, variedades únicas que han resistido en los Andes gracias al cuidado de generaciones campesinas.
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El impacto va más allá de lo visual. Dentro del recorrido del Biomuseo, los visitantes viven una experiencia sensorial completa: tocan y prueban las papas. Muchos quedan sorprendidos por sus sabores dulces o terrosos, y por su intensidad natural, sin aditivos, sin artificios.
Pero también hay espacio para el arte. De los pigmentos naturales que dan color a las papas, el equipo del Biomuseo ha creado acuarelas extraídas directamente de las variedades nativas. Una visitante alemana, artista plástica, no lo podía creer: “¿Pigmentos hechos de papa?” Y se llevó un kit completo, emocionada de poder pintar con los colores de la tierra colombiana, relató Judy.
La reacción extranjera es casi unánime: admiración por el trabajo, respeto por el conocimiento ancestral, y cariño profundo por el país. Muchos aseguran que no cambiarían Colombia por nada, no solo por su biodiversidad, sino por su calidez humana y la riqueza cultural que representa cada papa, cada semilla, cada plato servido en medio del campo.
El Biomuseo ha creado acuarelas extraídas directamente de las variedades nativas. Foto:Cortesía Judy Briceño
Lo que comenzó como un acto de resistencia, hoy se ha convertido en una ventana de Colombia al mundo. Una donde el color, el sabor y la historia de la papa nativa hablan más fuerte que cualquier discurso institucional.
Mientras el mercado impone uniformidad, aquí florece la diversidad; mientras otros arrancan lo que no entienden, aquí se cuida como sagrado lo que se heredó. Porque proteger una semilla nativa es defender la vida misma. Y si el futuro tiene sabor, color y dignidad, sin duda brotará desde estas montañas, donde aún se cultiva lo que el mundo ha dejado de ver.